Sobre el silencio y el cambio

TOQUE DE QUEDA GRANADA PRIMERA NOCHE - Dani B
Paseo de los Triste, solo en la noche | Foto: Archivo / Dani B.

Son las tres de la mañana y en la Plaza de La Caleta se oye el silencio.

El silencio que antecede los finales nunca se percibe inicialmente. Parece como si no se hubiera avisado –telediarios, políticos, profetas– que viene de uno mismo, y que desde ahí emana y lo ocupa todo. Se hace hueco en la vida. Entonces sentimos que “se ha cambiado de etapa”, que caminamos en una especie de transición, llamamos, vital, y que el pasado, siendo pasado, deberá tomar alguna forma en la memoria. Lo vivido requiere de síntesis; pensamos en cómo lo relataremos, aunque, en el fondo, reflexionamos sobre cómo queremos que este siga existiendo. Licenciosos, lo llamamos orgullo. No un orgullo victorioso, que refiera a la alegría o a la exaltación de aquellos que triunfan o consiguen algo; sino a un orgullo humano: la integridad de las cosas tal y como ocurrieron o como decidimos recordarlas, y el reconocimiento de que lo vivido es profundamente propio, y nunca de otro.

Son las tres de la mañana y en la Plaza de La Caleta se oye el silencio.

Cuatro hombres duermen en los bancos frente al parque infantil. Hace cinco minutos llegó una ambulancia. Después, el chasquido de un mechero. Hay gente en la entrada del hospital. Se ofrecen cigarrillos y vagabundean. Parecen perdidos. Sufren la exasperación de la espera, la intranquilidad de aquellos que deben aguardar un tiempo que no está determinado, y comienzan entonces a pasear en círculos, abriéndose a la introspección, tratando de esquivar el sufrimiento. La nada. Sienten el deseo – terco deseo – de que lo que esté por acontecer pase rápido, que no duela. Pasan dos, tres horas. Se oye el silencio. Arriba, dos torres andan enfrentadas. Está la Torre de San Lázaro, recinto burgués – cuadrilátero gusano –, prolijamente erguido. Guarda un sueño apático. Pocas luces hay encendidas. Estas – enigmática actividad -, esconden historias familiares. Historias que siempre tienen algo de felicidad. Esas historias que son, en mayor o menor medida, parecidas. Y cerca, el Hospital General, blanco y macizo abrazo. Escondiendo, sabemos, mil historias, esta noche no parece querer contar nada. Materia de silencio. Solemne hormiguero invertido. Mudo. Nadie atraviesa sus ventanales, ningún enfermero desciende, con injustificada prisa, las escaleras iluminadas. Abajo, una carpa, de las que elevaron para aliviar la presión hospitalaria en las olas del Covid. Vacía. Uno desea, desorientado, un movimiento que guíe su mirada. Se sorprende añorando la actividad. Entonces, se oyen pasos. Hay alguien que cruza la plaza. Una mujer. Una mujer joven. Mantiene ese andar acelerado propio de los estudiantes, que consiste en caminar con rectitud, mirando únicamente al frente, como si les esperaran con impaciencia o como si no quisieran perder algún tipo de concentración. Sin embargo, cuando la chica ya tomaba una de las bocacalles, se volvió. A lo lejos, ya era solo una figura negra. Pelo negro. Mascarilla negra. Ojos, ¿negros? Sus ojos, insinuaban esa intuición lozana, primaveral; ojos que parecen reconocer al que miran, como si ya le hubieran observado previamente y, en cierto modo, le dominaran; la mirada que precipita y parece regocijarse, esconder algo que, sabe, ocultará hasta considerar necesario y haber provocado un cambio en el otro. Eran, simplemente, unos ojos bellos que, con la oscuridad propia los recuerdos, al poco, se marcharon. Dejando, tras de sí, un viento débil y confuso. Incapaz de decidirse entre el futuro o el pasado.







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