El gasto público…hasta el infinito y más allá

DINERO SUELDO SALARIO
Imagen ilustrativa de dinero | Foto: GD
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Esta semana he tenido ocasión de escuchar (con tristeza) cómo un famoso político que ejerce su profesión en nuestro país, se jactaba y vanagloriaba de ser “un día histórico en España porque muere la austeridad con la aprobación en el Consejo de Ministros de un nuevo techo de gasto inédito”. A ver, como para dar saltos de alegría no es. Esta simpleza sólo se le puede ocurrir a alguien que no conoce cómo funciona el sistema financiero y mucho menos cuáles son las consecuencias de tal decisión.

Empecemos por el principio: los gobiernos utilizan los presupuestos para controlar las cuestiones fiscales. Los presupuestos muestran para un periodo concreto los gastos e ingresos previstos. Los gastos se componen de una serie de programa específicos como son educación, sanidad, política territorial, igualdad, y así hasta tantos ministerios como el gobierno de turno tenga constituidos en ese momento. Por lo que respecta a los ingresos, estos salen de nuestros bolsillos en forma de impuestos tal que IRPF, Impuesto sobre Sociedades, IVA, y un largo etcétera que va a parar a las arcas públicas cada año.

En un año cualquiera, el Estado presenta superávit cuando los ingresos (impuestos fundamentalmente) son superiores al gasto público. En caso contrario, incurre en déficit, que como bien pueden ustedes imaginarse es lo que suele ocurrir un año sí y otro también. Además, los déficit tienden a aumentar en las recesiones, pero no a disminuir en las épocas de bonanza económica, por lo que se produce una espiral en la que los déficit son cada vez mayores.

El caso es que, en economía, lo que no son cuentas, son cuentos, o como decía el bueno de Adam Smith (considerado como uno de los padres de la economía): “El único presupuesto bueno es el presupuesto equilibrado”. De tal manera que para que la ecuación nos cuadre, si el gasto público aumenta hasta alcanzar cotas nunca vistas anteriormente, inevitablemente se debe incrementar la partida de los ingresos y ya suben ustedes los ingresos de dónde salen. ¿Adivinan?…efectivamente, toca subir los impuestos.

Ahora bien, cuando el Estado incurre en déficit público porque no tiene margen para subir los impuestos, debe imprimir dinero o pedir préstamos para pagar sus facturas. La cantidad de préstamos acumulada se llama deuda pública o del Estado. Esta consiste, en su mayor parte, en títulos a corto, medio o largo plazo, que lógicamente, devengan intereses (menos mal que la prima de riesgo española está baja). Seguro que alguna vez han oído hablar de los pagarés, bonos u obligaciones del Tesoro. Pues no son más que los títulos (de renta fija) en los que se emite la deuda del Estado. ¿Y quién compra la deuda del Estado?… Pues los pequeños ahorradores, entidades de crédito y el BCE, que ya posee aproximadamente el 20% de la deuda española.

Pues bien, ese nuevo techo de gasto que a nuestro político le parece el “maná” y que erróneamente se achaca a la pandemia, (sólo la parte que es cíclica, la otra, la estructural, es independiente de la actual situación provocada por el Covid-19) sitúa nuestra deuda pública en más del 110% del Producto Interior Bruto (PIB) tras crecer otros 100.000 millones en el último año y situarse en la nada despreciable cifra de 1,29 billones de euros.

El lector me dirá (y no le falta razón) que el gasto público es necesario para que el Estado pueda desarrollar sus actividades de distribuir la riqueza, mejorar el acceso a la salud de los ciudadanos, asegurar la justicia, mejorar el empleo, fomentar el crecimiento económico, salvaguardar el medio ambiente, permitir el acceso a la educación, garantizar una vida digna, o mantener las fuerzas armadas. Desgraciadamente, no siempre es así, demasiadas veces los gobiernos tienen que pagar peajes a sus socios y las prioridades del país pasan a un segundo plano en detrimento de las alianzas y pactos políticos.

Por cierto, nada he oído decir todavía a este político del desplome del PIB nacional, que ya anda por un -13%, duplicando el experimentado por el conjunto de países desarrollados (-5,8%) y es casi tres veces más profundo que el sufrido por la economía global (-4,4%). Tampoco le he oído pronunciarse acerca de la tasa de desempleo, cercana al 17% y que nos posiciona como la peor economía de toda la Unión Europea. Que más da, mientras que sigan llegando fondos europeos, aquí se seguirá debatiendo de qué color se pintan los buzones de correos, aspecto crucial para el plan de recuperación que España necesita. En fin, seguiremos atentos a la espera.

Nos vemos dentro de veinte días, saludos.







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