Lunes, 12 de Noviembre de 2018

            

Una “buena vida” bien merece una “buena muerte”. La dignidad de una buena muerte

Joan Carles March | @joancmarch


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Hablar de la muerte no es fácil. Hablar de la vida, seguramente algo más.
A todo el mundo nos cuesta acercarnos a ver la muerte como un momento que toda las personas viviremos. Quizás lo único seguro que todos y todas haremos. Y mientras esta visión es cierta, también lo es el hecho de que afrontar y enfrentar la muerte (de una forma DIGNA) se convierte en una experiencia de personas sorprendentemente positivas, mientras que para otras el proceso de duelo es duro, complicado y difícil.
Por otra parte, vivir es elegir y elegir es descartar. Quienes saben decir “no” a cosas, no se centran en lo que pierden, sino en lo que ganan con la opción elegida. Elegir supone cerrar etapas, echar de menos y sufrir en muchas ocasiones. Aunque haya razones que el corazón no entiende, elegir es muchas veces, renacer.
Ante esa visión, apartar la vista de la muerte (importante que sea DIGNA) es consustancial a las sociedades modernas. La muerte se esconde, se hace invisible. Y es que el concepto abstracto de la muerte parece ser más aterrador que la propia realidad de la muerte. Además, a veces, la muerte no avisa. Incluso, lo que imaginamos de lo que es morir suele ser muy diferente de la vida que conocemos normalmente. Pero en realidad, para alguna gente, la muerte (que debe ser cada vez más DIGNA) es parte de la vida, y tal vez no necesitamos temerla tanto.
Por todo ello, hablar de la muerte no nos es fácil. Cuando hablamos de ello, buscamos situaciones y/o casos que nos permitan acercarnos al tema, sin tener que hablar directamente de élla. La pérdida de un ser querido es uno de los momentos más complicados que todo ser humano debe afrontar alguna vez en su vida. La muerte de un allegado provoca un impacto importante en todas las áreas vitales de las personas del entorno. A nivel emocional se van a ver alteradas sus emociones y estarán afectadas durante unos días la atención, la concentración, la forma de pensar… Y el rendimiento académico o laboral pueden disminuir. Son fases por las que podemos pasar todas y cada una de las personas.
hablamos de la vida y de la muerte después del día de los difuntos y de todos los santos. La muerte y la vida son espacios de la propia vida, en un entorno donde el fallecimiento sigue siendo un gran tabú, ya que nos falta información sobre lo inevitable. Tener esa información nos ayudaría a afrontar mejor el fin en un contexto donde la muerte está menos presente que hace años. La realidad es que hace un siglo, cuando alguien cumplía los 30 años ya había visto morir a varios familiares en su casa. Su abuela, quizá su padre, muchas veces a uno de sus hermanos. Esa experiencia preparaba a las personas para afrontar ese temido momento. Sin embargo, en los últimos 40 años, es muy raro que alguien tenga ese conocimiento, sobre todo en las ciudades. Conforme ha avanzado la atención sanitaria, hemos pasado a morir en los hospitales, buscando siempre una posible solución a la enfermedad que en la mayoría de casos no conduce a nada.
Em ese entorno de poca cercanía a la muerte, es preciso tener claro que el duelo facilita asumir progresivamente la pérdida y adaptarse a una vida sin la persona querida. Además, posibilita que se vayan retomando las responsabilidades familiares y profesionales y que se fijen nuevos objetivos e ilusiones que normalicen el día a día. Cada persona vive su propio duelo y depende de distintos factores (si la persona ya se ha enfrentado previamente a una pérdida o no, si tiene una red de apoyo familiar o amistades o está sola, si es una persona muy dependiente, si se ve más o menos afectada en su economía, si el fallecimiento era o no esperado o la manera de morir) como uno lo vive.
Puede ser normal y comenzar tras el fallecimiento, se siente mucha aflicción y tristeza; poco a poco se asume la pérdida, se convive con el dolor y se va retomando sin esa persona. Mientras que ante una enfermedad terminal, se puede tener un duelo anticipatorio, desgaste emocional y pensamientos sobre cómo será todo después de la pérdida. Tras la defunción se irá asumiendo poco a poco. También existe un temor intenso a la separación y no se perciben capaces para asumir todas las responsabilidades que antes tenían delegadas. El proceso de duelo va a ser muy intenso, duradero y provocará muchas limitaciones a la persona doliente.
Así, la pérdida se irá asumiendo paulatinamente y los primeros síntomas de ansiedad aparecerán ante lo irreversible de la situación. La incertidumbre sobre lo que va a pasar durante los primeros días. Los pensamientos repetitivos y los recuerdos sobre la persona fallecida. Es probable que haya también alteraciones físicas y problemas para dormir. Con el paso de los días se entra en “un proceso de asimilación, aceptación y adaptación. Se siente dolor y tristeza mientras se inicia una vida más normalizada y se retoman las responsabilidades en todas las áreas vitales”.

La muerte es inevitable, pero el miedo no lo es.

Y esa aversión es costosa. Normalmente, la muerte (DIGNA) es una de esas cosas que hemos desalojado de nuestras vidas, algo que nos paraliza al enfrentarnos a ella; que nos lleva, ante ella, con frecuencia, a que no sabemos qué decir. Además, el tiempo emocional no tiene nada que ver con el tiempo cronológico. Todo el mundo necesita un tiempo de asimilación y se necesita comprensión, empatía y apoyo dependiendo de sus necesidades. Debemos autorizarnos a nosotros mismos a estar tristes, a expresar lo que sentimos, a echar de menos y pensar en quien ya no está, a tener lloros espontáneos… Tenemos que convivir con nuestro dolor y asumir que la persona ya no está pero nos ha aportado muchas cosas útiles e interesantes que siempre nos van a acompañar.
Y hay que retomar el pulso del día a día poco a poco. Sentirnos mejor no es olvidar, simplemente es vivir. Algo que se logrará poco a poco, estableciendo objetivos diarios y haciendo todo lo posible para alcanzarlos, retomando los estudios o el trabajo, rodeándonos de personas queridas y recuperando las relaciones sociales y todo aquello que nos gusta hacer.
Hay diversas razones que pueden justificar el abordaje de la muerte desde el mejor punto de vista, por el hecho inevitable de que la muerte representa un problema sin solución, de que, sin duda, vamos a morir en cualquier caso. Y ante este hecho, las sociedades pre-modernas optaron por intentar domesticar la muerte, mientras que las modernas eligen la evitación de la muerte y ante ello, trabajamos para mantenernos en forma, hacer ejercicio, llevar una dieta equilibrada, alejarnos de los fumadores o de la contaminación del agua, ante los que cabe hacer algo. Así, todas las estrategias de salud se centran en la enfermedad, sin incorporar la muerte en sus intervenciones.
En estos tiempos, no estaría mal aceptar que quizá el primer requisito saludable es reconocer que la muerte existe, hacerla visible y ayudar a la gente a enfrentarse a ella. Y es que entender la muerte (DIGNA) como el último (e inevitable) escalón en cualquier pirámide, nos facilitaría el poder vivir mejor.
Las leyes que han tratado el tema de la MUERTE DIGNA han incorporado como objetivo, garantizar una atención adecuada durante el proceso final de la vida, evitando el sufrimiento y respetando la dignidad y la libre decisión de cada paciente. Pero morir dignamente, implica garantizar el acceso a los cuidados paliativos y al tratamiento del dolor, implica establecer el derecho a la atención sanitaria en domicilio en la etapa final, implica prohibir la obstinación terapéutica y regula la aplicación de la toma de decisiones de las personas en las situaciones terminales.
También se establece la potestad del ciudadano para rechazar o paralizar cualquier tratamiento o intervención aunque ello pueda poner en peligro su vida.
Por tanto, en el paraguas del concepto muerte digna se incluyen diversas acciones para tratar de rebajar el sufrimiento físico en los momentos finales de la vida.
Cuidados paliativos, eutanasia, suicidio asistido… son cosas diferentes. Así, los paliativos se enfocan hacia “mejorar la vida de los pacientes y familiares cuando se enfrentan a enfermedades que amenazan la vida”. Abarcan desde la mejora del confort “mediante el tratamiento del dolor” hasta considerar la muerte “un proceso natural que no debe ser retrasado”. Que el final llegue con el menor sufrimiento. Es una práctica con amparo legal.
La eutanasia es otra aproximación a ese concepto de muerte digna: poner fin a la vida cuando ese bien “está desprovisto de dignidad” y “el titular la rechaza”.
En las ocasiones en las que los sujetos todavía están en condiciones para realizar las acciones que acerquen su tramo final, la ayuda técnica para que eso se produzca sin sufrimientos físicos es lo que se entiende por suicidio asistido.
En este entorno, aparece la compasión, literalmente «sufrir juntos», «tratar con emociones …», simpatía) como sentimiento humano que se manifiesta a partir y comprendiendo el sufrimiento de otro ser. Más intensa que la empatía, la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar, reducir o eliminar por completo tal sufrimiento. La compasión es un proceso que se desenvuelve en respuesta al sufrimiento y comienza con el reconocimiento del sufrimiento, el cual da pie a pensamientos y sentimientos de empatía y preocupación por el bienestar de quien sufre. A su vez, esto motiva a la acción que alivia el sufrimiento.
En definitiva, la muerte digna designa la actuación correcta ante la muerte por parte de quienes atienden al que sufre una enfermedad incurable o en fase terminal. Por extensión se entiende como el derecho del paciente a morir dignamente, sin el empleo de medios desproporcionados y extraordinarios para mantener la vida. La muerte digna es el derecho que ostenta un/a paciente (o sus familiares, si está imposibilitado), que padece una enfermedad irreversible y cuyo estado de salud es terminal, de decidir y manifestar su deseo de rechazar procedimientos invasivos a su cuerpo.
La muerte digna, reconocido por el Consejo de Europaes la muerte que, deseada por una persona, se produce asistida de todos los alivios y cuidados paliativos adecuados, así como con todos los consuelos humanos posibles. Una muerte digna es el hecho y derecho a finalizar la vida voluntariamente sin sufrimiento, cuando la ciencia nada puede hacer para la curación de una enfermedad mortal. Y tal como apuntaba, el avance de los medios técnicos, la obsesión por la salud y la prolongación de la expectativa de vida en las sociedades modernas conllevan en la práctica la negación del dolor y de la muerte misma, lo que provoca, mas o menos directamente, que el concepto de Muerte Digna, o el más clásico de Eutanasia, estén de absoluta actualidad, discusión y debate.
Y para mi, una muerte feliz fundamenta el derecho a la eutanasia: “Me gustaría morir consciente y despedirme digna y humanamente de mis seres queridos. Morir feliz para mí significa una muerte sin dolor, sino una muerte en conformidad y con paz interior. Quiero morir con la dignidad que he vivido y sin verme reducido a una existencia vegetativa”.
Una “buena vida” bien merece una “buena muerte”.
PD: este artículo se basa en el articulo Muerte digna: buscando la dignidad de una buena muerte de @richardcanabate en 

 


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