Martes, 11 de Diciembre de 2018

            

Julio Verne

Estatua dedicada a Julio Verne en el puerto de Vigo
Carmen Salinas | @menmarias


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No hay obstáculos imposibles; hay voluntades más fuertes y más débiles.

La lectura es asimilable a cualquier proceso o actividad humana. Ello así por su nivel de vida. Un texto —un mal y un buen texto— está tan vivo como usted y como yo. Late, respira, se alimenta, duerme, llora, ríe, muere. Es mejor o peor persona. Más cariñoso o arisco. Mediocre o brillante. Nos causa placer hasta sentir culpa. Verdadera repugnancia. Una tenaza pinzándonos el estómago. Una ternura casi dolorosa. La lectura tiene un nivel de vida similar a un árbol o a un bebé. Y, como asunto comparable a cualquier actividad, la lectura también es como la comida.

Hace mucho que dejamos de comer solo para alimentarnos. A veces nos apetece algo exótico, algo muy lejano y característico de determinada cultura. Un buen sushi, por ejemplo. La última vez que se me antojó algo así «tomé» El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki. Otras veces anhelamos algo más picante —ustedes también, no mientan—. Porque sí, porque somos humanos, porque el picante quema calorías, mejora la circulación y el estado de ánimo y combate el resfriado. Chile, por ejemplo. No te escondo nada, de Silvia Day, es un buen plato al respecto —más o menos—. Algo dulce, algo muy dulce como un buen chocolate con leche con helado de vainilla. Cuando tengo estos antojos suelo tomar una buena ración de La Regenta o Anna Karenina —ya sé lo que están pensando, pero el chocolate y el amor son ideas que nunca terminan bien—. Comida sana. La mejor. La que nos hace sentir plenos, la que no implica acabar con la vida de ningún ser vivo. Un pastel de Dostoyevski, por ejemplo. Un pastel de cinco kilos y entero. O su opuesto. A todos en un momento dado nos apetece un McDonalds. Un Big Mac repleto de patatas fritas sudando sal, queso fundido y Coca-Cola. Intento cuidarme, pero a veces caigo. La última vez fue Shari Lapena, La pareja de al lado. Todavía no me he depurado del todo.

Y, además de todo esto, hay ocasiones en las que lo único que queremos es comida casera. Esta semana he estado de viaje y era lo único en lo que pensaba. A veces, por muy bien que lo estemos pasando, echamos de menos nuestro hogar. Esa paella de domingo. Esa fabada. Ese arroz con leche. Pues bien, como hace unos días entré en un nivel de nostalgia de mi casita, mi marido y mi gato que rozaba la histeria, me planté en una librería para buscar alimento y fui directa hacia Julio Verne. Porque lo único que quería era un buen plato de cuchara para no estar sola.

Julio Verne es «casa». Ese lugar al que tantos volvemos cuando necesitamos algo familiar y conocido. Algo que nos haga sentir a salvo. Soy incapaz de discriminar entre sus obras. Todas. Todas y cada una de ellas son igual de buenas. Igual de mágicas. Igual de reconfortables.

Julio Verne (1828) es el rey de la novela de aventuras. La verdadera novela de aventuras; esa que plantea un viaje peligroso y arriesgado repleto de obstáculos para nuestros héroes, los cuales crecerán por el camino, superarán sus miedos y se enfrentarán a los más terribles monstruos y a las mayores maravillas de la naturaleza y la fantasía. Julio Verne fue un gran estudioso de la ciencia y la tecnología de su época, pero también de otras posteriores, ya que este genio iba muy por delante de su tiempo. Submarinos, ascensores, muñecas parlantes y helicópteros ya poblaban su mente.

Si bien es cierto que hay un cambio considerable a partir de una edad y que el autor se muestra más frío y serio en obras como El eterno Adán o El volcán de oro, esto solo responde a un proceso normal de maduración. De desencanto, dicen algunos. Quizás la palabra sea cansancio, ya que su vida no fue un camino de rosas. Sin embargo, desde la primera a la última novela hay verdad. Esa verdad que solo procede del apasionamiento, de la vehemencia con la que ciertos autores conciben la escritura y la vida y la relación entre ambas.

Su obra más conocida es Veinte mil leguas de viaje submarino. Desde luego en el podium con Viaje al centro de la tierra, otra de las más famosas. Hay autores con textos tan maravillosos como desconocidos que han tomado la fama por otros de los que ni siquiera estaban muy orgullosos. No es el caso de Julio Verne, estas dos obras son perfectas, no merecen otro adjetivo. Las descripciones tan minuciosas de los paisajes y la ingeniería de la que se valen los protagonistas, personalmente, me genera una angustia muy morbosa, como una historia de terror que no queremos oír, pero de la que ya no podemos escapar. Uno siente verdadera zozobra cuando se sumerge en el Mediterráneo, la Polinesia o el Mar rojo. Cuando mira abajo desde un volcán islandés que conduce al centro del globo. Los monstruos marinos, las setas gigantes, los ríos de lava solidificados, las terroríficas escafandras y los gigantescos cetáceos (o narvales). Por no hablar de la profundidad del capitán Nemo, en el que Julio Verne se veía a sí mismo. Se trata de uno de los grandes personajes de la historia de la literatura, con una oscuridad bíblica. Épica.

No hay nada como Julio Verne para sentirse en casa. No se lo pierdan. Una y otra vez. Y aliméntense.


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