Sábado, 21 Abril, 2018

            

Apagando el alma

Imagen ilustrativa | Fuente: Gabinete
Juan Pablo Luque Martín


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El fondo del alma sonreirá un día al pasado y recordaremos lo que sólo hoy despreciamos. El fondo del alma amanecerá un día, vacío de miserias, como si estos años se hubieran enterrado en la nada. Y nacerá la paz de aquellos momentos y, con ella, volverá el olvido, que desterrará la miseria; y la fuerza, que se bastará para apagar la mezquindad; y el sosiego, que nos recordará que nunca estuvimos solos.

Y estaremos. Seguro Dani. Estaremos. Porque, a pesar del daño involuntario, os hemos querido con ese mismo alma. Devolveremos lo que hoy, sin apenas daros cuenta, os arrebatamos disfrazados de falsa protección. Qué paradoja. Lo que os anula, lo que posterga y llena de vacío una vida, también vacía, que no siente ni siquiera el deseo de amar, de sufrir, de sonreír en el mismo día, de luchar por lo que deseas, de ser uno mismo y no en lo que quisimos o quisieron moldearte. Basta de ir de la mano. Basta de crear una sociedad artificial que os envuelve en una falsa adulación para después embrionaros en nuestras miserias cuando os consideren mayores. ¿Qué seréis? ¿Qué habréis aprendido a ser? ¿A quién miraréis para pedir explicaciones?

Nosotros en cambio procuraremos estar. Como siempre. Es lo que nos enseñaron, lo que entendimos como obligación paterna y materna. Estuvimos y siempre trataremos de estar. Aunque tendremos que solicitar y obtener el derecho de vivir lo que nos reste con vuestro perdón. Entregaros lo que aún quede bueno de lo nuestro, el provecho de un buen consejo, las migajas que sirvan para vuestro norte, para construir vuestra tardía historia…

– No logro entenderte, papá. Me aburro.

Mucho por rectificar a estas alturas.  Cómo hacerles comprender que lo que hoy engaña el relleno de sus vidas, no les sirve para crecer. Que lo que arrulla las horas como cantos de sirena, es sólo una droga que narcotiza su voluntad. Que les hace planos y sin contenido. Que les adjudica el valor de fuera de servicio. Cómo entender que la vida sólo recoge y apunta respuestas cuando la llenas de inquietudes propias y esperanzas compartidas. Aunque uno pueda equivocarse. Cómo amanecer creyendo que el día tiene valor porque tú, sólo tú, lo llenas de lo que le pertenece, y que sólo por eso, aunque a veces te haga llorar y apague el alma, sólo por eso, merece la pena vivirlo, hace que merezca la pena vivirlo…

– Ufff, papá, sigo sin entender nada… y estoy casi dormido. ¿No lo podemos dejar para otro día?

Mientras sueño con que llegará algún día que nos devolverá aquéllos, tú te ves abocado a llenar tu historia de silencios, a dar por acabada y perdida la batalla de lo cotidiano. Doblegados por el cansancio por la inoportunidad, por no saber qué más ofrecer ni qué dejarles para cuando las olas del desvarío alcancen la orilla en que os dejamos escondidos sin que nada os pudiera causar daño.

Hoy me toca devolver a Dani a la orilla de lo cotidiano. Espero haber aprendido. De equivocarse también aprende uno. Nuestra obligación como padres, la del alma en vilo, la de la rabia contenida, la del corazón en un puño, la de educarlos dejándolos ir para siempre, la de la cuerda invisible, la de la referencia solo cuando más lo necesiten, la de enseñarles a vivir en la lucha para obtener lo que desean, la que les abona al esfuerzo, a la justa recompensa, al trabajo, a ser cada uno responsables de uno mismo…

A estas alturas, Dani ya se había dormido. Profundamente dormido…

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