Lunes, 12 de Noviembre de 2018

            

La desconexión emocional: cuando descuidamos nuestras emociones y necesitamos reconectarlas

Joan Carles March | @joancmarch


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La desconexión emocional ocurre cuando notamos que algo nos está pasando y nos desconectamos, sin ser conscientes de ello. El ciclo emocional se interrumpe. En la desconexión puede haber represión emocional, negación, bloqueo o enganche emocional o incluso desconocimiento de nuestras emociones. 
Por tanto, la desconexión emocional es una especie de virus implacable que avanza despacio conquistando múltiples territorios. Porque la persona que lo experimenta deja de registrar internamente el cariño y el afecto como algo significativo.
Digamos que la desconexión puede llegar a englobar muchas dificultades emocionales. Nos convertimos en zombis emocionales que van en piloto automático sin percatarse de lo que sienten. Es un mecanismo de defensa que provoca problemas para conectarse emocionalmente con los demás: el individuo no llega a entablar relaciones intensas ni cercanas con nadie y reduce su grado de compromiso emocional para no sufrir ni desilusionarse. Se separan las ideas o los pensamientos de los sentimientos asociados.
Y es que las emociones son muy importantes. No se trata de vivir en la emocionalidad sino de entender que las emociones son indicadores, son como alarmas o señales de lo que nos está sucediendo internamente. Todo esto nos habla de cómo estamos enfrentando y manejando nuestra vida. Nos habla también de cómo hemos aprendido a manejarla. Aun así, necesitamos comprender que la identificación con estos aspectos de nuestra existencia humana como son: los sentimientos, pensamientos y sensaciones, nos sirve para nuestro proceso de concienciación y realización interior. El bloqueo emocional, si bien nos protege en un momento dado, también nos impide saber cómo hemos sido impactados y no nos permite saber cómo estamos por dentro. Si no lo resolvemos eso se puede guardar como algo negativo que se reflejará en algún aspecto de nuestra vida.
Sin embargo, las emociones negativas tienen fin y su propósito es permitir que el ser humano se adapte, aprenda y avance a lo largo de su evolución y su ciclo vital. El miedo o la angustia son mecanismos de supervivencia, son señales de alarma que debemos saber interpretar para poder traducirlas en respuestas adaptativas que garanticen nuestra integridad.
Las emociones negativas están en nuestra vida. Son como mecanismos de supervivencia; sin embargo, muchos de nosotros en lugar de atenderlas y entenderlas, las colocamos en el ancla de nuestros barcos mentales para sumergirlas en el vacío de la indiferencia.
 
Elegir no sentir para no sufrir no tiene sentido. No lo tiene porque el ser humano, por mucho que nos digan, no es un ordenador. Somos un cúmulo de fabulosas emociones que nos guían y que nos dan la vida para conectar los unos con los otros, para aprender después de las caídas, para llorar las penas, reír la felicidad y avanzar con el rostro alto tras sortear esos peligros de los cuales, hemos obtenido una lección.
Son los temores internos, de esos demonios personales que nos paralizan, que nos quitan el aire y que tienen, sin duda, múltiples orígenes. Ante nuestra incapacidad para gestionarlos, a menudo, optamos sencillamente por aplicar el síndrome de desconexión emocional.

Vivir conectado a nuestras emociones: un salvavidas cotidiano

La desconexión interior es un mecanismo de defensa que conlleva “enfriar” el corazón para proteger el alma de nuevos fracasos, de nuevas decepciones y de heridas que no cicatrizan. Nace de un conjunto de emociones negativas. Las emociones negativas, como el miedo o el disgusto, tienen un propósito y dan forma al “impulso homeostático”. El ser humano está diseñado para interactuar, no para quedar aislado en sus islas de insatisfacción.
En este entorno de desconexión emocional, si analizamos por un momento qué finalidad tienen nuestras emociones, nos encontramos que cada vez que se activan en el cerebro ejercen una reacción en todo nuestro ser. La repugnancia, por ejemplo, nos aleja de algo o alguien. El cariño, la ilusión, el afecto o la pasión nos conectan y nos inyectan todo un torrente de dinámicas con las cuales, ser más energéticos o creativos que nunca. El síndrome de desconexión es muy común hoy en día.
La soledad interna es una estrategia defensiva desarrollada por experiencias emocionales de importancia, que, en su gran mayoría, fueron dolorosas y dejaron huellas imborrables. En muchas ocasiones, son la copia de algún modelo familiar que ha quedado hundida en el subconsciente. Pero este síndrome no suele alcanzar para evitar el dolor: mediante la falta de conexión se sufre, ya sea de manera palpable o inconsciente.
Inmersos en esta manera de vivir, en ocasiones las personas incluso tienen dificultades para identificar y dejarse llevar por las emociones que las embargan ante diversos hechos de su vida: tal es la sensación de alejamiento (disociación) a la que se llega.
Algunos individuos intelectualizan lo que les sucede y explican el aislamiento emocional de manera racional, con lo que intentan despojarlo de importancia y de sentimientos. “No tengo amigos muy cercanos, no hace falta”, “después de lo que sufrí, nunca volveré a confiar en nadie” y demás comentarios similares son generalizaciones que obviamente excluyen toda posibilidad de abrirse a relaciones sanas.
Con bastante frecuencia, la desconexión simplemente trata de eliminar la angustia y los desencantos del pasado. En vano, se trata de enmascarar esto con actitudes que rayan con la omnipotencia: “yo puedo solo”, “me defraudaron tantas veces que, ¿para qué intentarlo?”. Esto aísla y hace que se forme una costra alrededor del individuo, que muchas personas terminan sintiendo como inexpugnable. Desde esta “fortaleza” creada, las debilidades parecen no existir. De hecho se arman sistemas de vida basados en esta premisa.
Quienes se desconectan emocionalmente de su entorno por miedo a sentir un vacío, en realidad, lo están generando. De hecho se sienten incompletos aunque estén rodeados de afecto y de cariño, ya que no los registran internamente. Perciben que algo falta en su vida, pero no se dan cuenta de qué es y, si la razón verdadera aflora a la superficie, la acallan de cualquier modo.
Encerrarse en uno mismo no es bueno. Además del malestar emocional y espiritual, este desequilibrio puede trasladarse al plano físico y originar enfermedades diversas. De hecho, hay estudios que indican que ciertas enfermedades como la depresión, sus síntomas físicos (tales como insomnio y falta de apetito o apetito desmedido) y los problemas que acarrea (entre ellos, mayor posibilidad de sufrir problemas cardíacos) se curan más rápidamente si uno goza de una vida emocional balanceada y satisfactoria. Esto implica compartir, tener relaciones de intimidad y confianza.
Solo conectarse con uno mismo tampoco es bueno. Hay gente que se preocupa desmedidamente por el bienestar propio y por el de nadie más, aunque tengan su propia familia o un círculo de amigos de larga data. Esta actitud de excesivo amor propio no es saludable e implica, en mayor o menor medida, egoísmo. Es preciso buscar el equilibrio: además de prestar atención y satisfacer las propias necesidades, es sano estar abierto y bien predispuesto a dar y recibir, a escuchar, a sentirse querido y a querer, a comprender a otros y buscar comprensión; en síntesis: al intercambio profundo con otros seres. El estado de conexión se alcanza compartiendo y ocupándose genuinamente del bienestar de otros mientras permitimos que se ocupen del nuestro
El aislamiento emocional se puede producir incluso en aquellos casos de gente que tiene relaciones estables. El síndrome de desconexión no implica, necesariamente, aislamiento social. Sufren mucho quienes tienen una vida emocional que parece satisfactoria pero que no llegan a tener una conexión interna muy profunda con este núcleo: sólo han cumplido con un mandato que la sociedad les ha impuesto, pero sus verdaderas necesidades de comprensión e intimidad no están cubiertas, todavía. Ya no hay entendimiento ni comunicación profunda.
Para alcanzar una vida emocional plena, primero nos hace falta reconocer que necesitamos a otros. Sean quienes sean. Integrar todos los aspectos de nuestra personalidad implica aceptar la importancia de la cercanía de los demás y experimentarla de la manera que mejor nos parezca y más a gusto nos haga sentir.
Cuando nuestro equilibrio interior se ve perturbado, una buena idea es aunar energías, ser creativos, valientes para recuperar esa homeostasis interna; así alcanzaremos esa plenitud emocional o ese punto perfecto donde nada duele y nada se echa falta. Es fundamental “sentir” de nuevo para conectar primero con nosotros mismos y después atrevernos a establecer contacto con quienes nos rodean.
La conexión de intimidad tan necesaria para considerarnos seres humanos completos puede entablarse con una persona (pareja, familia, amigo/a, compañero/a de trabajo), con una mascota o incluso con seres con los que relacionamos con un propósito de bien (por ejemplo, si ayudamos como voluntarios en una asociación o en un centro sanitario). Lo que importa es establecer un vínculo visceral con otro, abrirnos a esa unión, sentir felicidad en el intercambio, en permitir que nos ayuden o nos contengan y en brindar lo mismo.
Una manera de acercarse a la plenitud emocional es la interacción con un grupo. A muchas personas, por ejemplo, el practicar un deporte en equipo logra darles un grado de cercanía real, aunque no siempre verbal, con sus pares. Que después puede progresar, que permite abrirse internamente y conectarse con el otro.
Somos seres sociales, precisamos a otros para desarrollarnos, para que nos contengan, nos apoyen, nos alienten, y poder ofrecer lo mismo. Conectarnos con otra persona a nivel emocional, de la manera que podamos, y abrirnos a esta comunicación, nos permite ir más allá de los bloqueos que tengamos para llegar a confiar en esta persona.

Reconectar: generar afectos

Reconectar no es generar artificios puntuales donde la gente hace ejercicios de reconexión, es más podrían generarse afectos, pasión y no haber reconexión y la resaca después sabe peor.
Cuando estamos sin bloqueos el interior fluye hacia afuera, lo que se dice está conectado con lo que se siente, no hay miedo de ser uno mismo, se siente un sobrecogimiento total al contemplar a un picaflor extrayendo el néctar de una flor o al ver, relajado, una noche estrellada y sentirse parte de todo el universo, sintiendo esta sensación en cada célula del cuerpo. Estás desbloqueado cuando puedes mirar en tu interior con total honestidad, sin autoengaños. Estas desbloqueado cuando sientes el recorrer de la sangre por todo el cuerpo, cuando sientes la energía de la creación moverse en ti. Estas desbloqueado cuando puedes ver más allá de las apariencias, cuando escuchas una canción y tú te conviertes en sus notas musicales. Podemos tener momentos de total desbloqueo que nos dejan saber cómo se siente estar libre, pero por nuestro condicionamiento y el miedo con el que vivimos, volvemos a nuestro habitual bloqueo. El proceso de liberación va de la mano con el camino de despertar interior, con el camino del discernimiento y de la conciencia.
El cerebro tiene un botón para borrar y aquí te decimos cómo usarlo. El cerebro humano tiene un sistema natural de jardinería y limpieza que es vital para que podamos seguir aprendiendo.
En los últimos años de investigación, neurocientíficos han empezado a entender que la complejidad con la que trabaja el cerebro para aprender nuevas cosas depende también de un proceso de eliminación de conexiones poco útiles, quitando las hierbas malas, parásitos o excrecencias inservibles.
Este sistema de depuración emocional que mayormente ocurre cuando se duerme o se descansa profundamente –como puede ser durante la meditación– ha sido comparado con un botón de delete o borrar que el cerebro emplea para crear espacio como si fuera una computadora que necesita memoria.
Se suele decir que las neuronas que se encienden juntas se conectan entre sí, esto explica cómo se refuerzan y robustecen los circuitos de aprendizaje en el cerebro y, en términos más coloquiales, por qué “la práctica hace al maestro”.
Sin embargo, para verdaderamente catalizar la capacidad de aprendizaje es necesario también desaprender y eso significa de alguna manera desconectar ciertos circuitos, como si tuviéramos que desenredar cables para que fluya la energía o, para seguir con la metáfora del jardín, quitar enredaderas que plagan a las plantas. Comprender las emociones ajenas supone comprender las necesidades de un individuo y humanizarlo.
Aunque esta limpieza ocurre de manera mayormente automática en el sueño, podemos influir en este proceso de borrar material inútil de varias formas. Una de ellas es evidentemente durmiendo bien, tomando siestas o meditando (llegando a estados de profunda relajación). Todo es cuestión de intentarlo. La reconexión nos espera.

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