La Royal Mail, donde está la noticia

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Una oficina de correos inglesa, un lugar donde puede pasar de todo | Foto: GD
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Los días caninos en el periodismo era cuando te presentabas en la redacción sin ningún tema entre manos. Era el drama cotidiano de los periodistas, como un Word abierto en modo Times New Roman 12 sin letras de un escritor. Ahí hacías llamadas, preguntabas por asuntos pendientes buscando la noticia y si hacía falta dar un empujón por provocarla, pues adelante que yo no miro. En esos días aciagos en Inglaterra, los periodistas tienen que ir a Correos porque allí siempre sucede algo. Debería ser su lema.

La Royal Mail, nombre algo más glamuroso que Correos en España, tiene oficinas incluidas en otros negocios, generalmente relacionados, como de librería, caso de WH Smith, pero también de otros como de comida preparada. Independientemente de su razón social, todos tienen algo en común: siempre hay una cola de gente esperando de mediana envergadura. Algo que me temo universal en los Correos de todo el mundo. Pero ya saben la propensión que existe aquí a alinearse cuando dos personas se juntan delante de un mostrador. Fuera de la cola no eres nadie.

Ese sería el contexto, la magia es cuando llega tu turno. Recuerdo mi primera vez como si fuera ayer. Tenía que mandar una simple carta certificada a Granada. He de decir que mi nivel de inglés por aquel tiempo era, digamos, algo más básico que el actual. -Por cierto, la semana pasada ya me declaré oficialmente bilingüe. ¿Tengo un título oficial que lo acredite? ¿Entiendo cada palabra de las letras de las canciones? ¿Conozco todos los verbos frasales? No, pero me apetece y creo que ha llegado el momento de dar el paso y hacerlo. Cualquier reclamación en el plazo de 30 días-.

Pues ahí iba yo con mi casi B-2 y mi carta para Granada cuando el hombre detrás del mostrador empezó aquel interrogatorio policial infinito: ¿Contenido de la carta?, ¿Peso?, ¿Primera clase o segunda?, ¿Con firma o sin firma?, ¿Con record o sin record?, ¿con track o sin track? Yo a la tercera pregunta me había perdido y dado por vencido y decía a todo que sí pensando solo en dos cosas: por favor que llegue, pero que no tenga que pedir un préstamo para pagar lo que estoy contratando. Y la mandé y llegó, y aquello me costó más de 4 libras. Caro, pero pudo ser peor.

Sorprendentemente, después de pagar el hombre me devolvió la carta con el sello con la cara de la reina ya pegado. ¿Y ahora qué?, me preguntaba abatido. Pues, tenía que echarla en un buzón que había en la calle. Aún estando en las entrañas de la Royal Mail, no puedes obviar el acto de depositarla en sus míticos postes rojos. En resumen: sello dentro, carta fuera. ¿Y no hubiera sido más fácil e incluso eficiente que ese hombre se la hubiera quedado? No más preguntas. Salí de aquella oficina con la sensación de que acababa de examinarme de una prueba de idioma avanzado – hubo listening, reading, writing y speaking- con resultados inciertos.

Otro día en el coche escuché un programa de radio cuyo locutor confesaba que a veces cuando estaba aburrido haciendo compras por el centro se colaba en una oficina de la Royal Mail solo para ver y escuchar porque sabía que la pelotera is coming. Contó la vez que llegó un señor al mostrador y depositó un ordenador de mesa con todos sus avíos (teclado, torre, ratón, cables por todos lados…) y dijo: «Para Manchester». El empleado de Correos, ya curtido en algunas guerras de este tipo, le contestó algo así como. «Hombre, pero en una caja o algo». A lo que el cliente lo zanjó con las mismas palabras: «Para Manchester». Y después de la suya, el locutor abrió el teléfono de la radio para que la gente contara sus experiencias y aquello no terminaba.

Tengo otra de tecnología en la Royal Mail vivida en primera persona. Había adquirido un móvil por internet y la batería me daba problemas (¿raro, no?). La compañía quedó en reemplazármelo pero previamente debía de enviarle el defectuoso. Así que con más experiencia fui pasando las pantallas de la Royal Mail. «Segunda clase, sin firma, sin track…» Y llegó la pregunta: «¿Contenido? Y la verdad: «Un móvil». «Pues entonces tiene que hacerle un seguro para garantizar su porte», me informó la chica. No valió las doscientas explicaciones que le di, incluido a su manager, para asegurarle que aquel móvil no tenía futuro en la vida, al menos, en la mía y, por tanto, me daba igual cómo llegara a su destino. Lo zanjaron con un incontestable: «Son las normas». ¿Resultado? Aquel móvil que compré a buen precio por internet me salió al final como medio iphone por asegurar uno roto. Mi consejo: siempre declaren algo que no necesite enchufe como calcetines. ¿Y si es incompatible con el peso? Pues que son muchos y de hilo gordo.

Cierro el capítulo de la Royal Mail y sus circunstancias con una con un final inesperado tipo Sexto Sentido. Estaba, cómo no, en la cola y había un cierto retraso porque un señor trataba de pagar con su tarjeta y el aparato no se la aceptaba. Intentó una, agua; una segunda vez, tampoco. El cliente insistía e insistía con el argumento de que acababa de pagar en otro establecimiento y el trabajador de Correos, aguantando muy bien el tipo, le contestó que hasta ese momento la maquina no le había dado ningún problema y le ofreció la opción de salir a la calle a sacar dinero de un cajero. Su contrario en ningún momento valoró esa posibilidad, que era como rebajarse. La tensión fue creciendo con el añadido como fondo de los primeros comentarios de los otros clientes impacientes y a la vez expectantes. Yo era de los expectantes.

El cliente se dirigía de vez en cuando a la cola disculpándose para ganársela y el empleado, muy profesional siempre, también le hacía guiños disputándose nuestra complicidad. En ésas que la transacción fue aceptada y el cliente, con gesto de triunfo por haberse salido con la suya, recoge su tique y se despiden ambos muy fríamente. Y aquí viene el vuelco del guión. Ese mismo cliente se dirige a una puerta cercana al mostrador donde acaba de ser atendido, toca y el mismo empleado con el que había mantenido esa tensión de película le abre por dentro. Sin cruzarse palabra, los dos, sentados uno al lado del otro, empiezan a atender a la gente de la cola. Sí, eran compañeros. La Royal Mail de nuevo me había superado.



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