El insomnio de Carlos

Vocación
El granadino Carlos Caballero tiene el récord del mundo en jugar más horas seguidas a Fortnite

En YouTube, los jóvenes jugaban a videojuegos. Compartían sus mejores partidas. Compartían sus mejores partidas mostrando su rostro. Compartían sus mejores partidas mostrando su rostro en directo. Compartían sus mejores partidas mostrando su rostro en directo y, ocasionalmente, hacían video-blogs de sus viajes. Compartían sus mejores partidas mostrando su rostro en directo y hacían video-blogs de sus viajes y, además, umboxings (la apertura simulada y conmovedora de un paquete físico o virtual con fines de promoción).

Compartían sus mejores partidas mostrando su rostro en directo, y hacían vídeo-blogs de sus viajes, y umboxings, mostraban sus casas, y también sus coches, y el directo se alargó para durar todo el día, toda la noche.

El granadino Carlos Caballero tiene el récord del mundo en jugar más horas seguidas a Fortnite. Tenía dieciocho años y acababa de terminar selectividad. Se pasó doscientas horas. Comparte sus partidas y su rostro, y se mantuvo conectado más de ocho días. Con disciplina flaubertiana, Carlos tuvo que comer mientras jugaba, hacer sus necesidades en pausas medidas (me parece; diez minutos de descanso por hora). Supongo que no podrá enseñar su casa y su coche propio porque no lo tendrá. Debe de contar ahora diecinueve años. ¿Qué tipo de trabajo o vocación hace a un chaval introducirse en lo que consideramos virtual, como si se tratara de un ocio de verano, ocho días que se toman en concentración plena, no durmiendo y manteniéndose ávido para matar y morir y revivir si es necesario? Las evasiones de nuestro siglo no permiten, por muy logradas que sean, abolir la melancolía y el deseo; la desorientación de estar, o no, en línea. Me pregunto qué soñaría Carlos, después de jugar mañana y noche durante ocho días. Si acaso su mente le tomaría el relevo, e inventaría sus propias partidas. Si se será consciente de su papel en un proceso de gran hondura, que comenzaría con la propia red social. Porque, oigan, en Youtube y en Twitch – la plataforma donde Carlos logró el récord – no solo hay quien enseña su coche o su casa (como en la realidad, siempre son unos pocos) también están los que luchan por un nombre. Jóvenes buscavidas. El sueño de Carlos.

Su mente quimérica – el insomnio -, que no querría reposar, y le haría levantarse para tomar el mando. Se sentaría con los ojos entreabiertos, como quien no termina de despertar. Jugando, olvidaría entrar en directo. Agitado por las visitas y las reproducciones de sus videos, elevando inconscientemente la presión en los botones. Porque Carlos, allá solo, en su cuarto, sin nadie que le observe y le pida, por favor, que pare – “ya está bien, toca descansar; mañana podrás ponerte, si has descansado” –, tendría los brazos tensos como cables aplastados, la mirada ponzoñosa y los labios secos y mudos de ermitaño. Llegaría a ese estado al que solo pocos ascienden – el regocijo del victorioso, el pasado esquivo de los que fracasan – la doblez de las vocaciones obstinadas.







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