Denuncian el desamparo de un indigente en la capital: "Son todos ustedes un fraude"

Un lector de GranadaDigital pide a las instituciones que actúen con presteza para ayudar a un hombre que "está a pocas jornadas no de perder la poca salud que le queda, sino la vida"

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Calle Gran Vía de Granada | Foto: Archivo GD
GranadaDigital
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Jorge Estévez-Bujez, lector de GranadaDigital, ha alzado la voz este miércoles para alertar de que un hombre corre un serio peligro de muerte. Lo ha hecho a través de una carta al director de este medio, en la que muestra su indignación con las administraciones, a las que pide rapidez para prestar asistencia a un indigente al que ve cada día en Gran Vía. El estado del varón es más que preocupante, motivo por el que sostiene que está muy cerca de perder la poca salud que le queda. Así reza la carta completa:

“No podemos hacer nada”

Quienes caminen por la Gran Vía de Granada de manera habitual habrán comprobado estos días la completa inexistencia del Estado… sí, no se trata de la inexistencia de papeleras, comercios o farolas, sino de la inexistencia del Estado y de todo su descomunal aparato administrativo, en especial en lo tocante a servicios sociales y/o sanitarios. Conviene explicarse llegados a este punto: hace más de una semana que un señor, adjetivado como 'indigente', 'sintecho' o, simple y llanamente, pobre de solemnidad, sienta sus maltrechos reales a media altura de la céntrica avenida de la capital, cerca del Hotel Santa Paula.

Este señor, completamente desheredado a tenor de su aspecto, languidece en un estado de abandono más que lamentable, postrado en la mayor de las indignidades. De un vistazo más en detalle, tanto yo, como las personas que por él se han interesado, se deduce que sufre una salud muy delicada: sus manos descubren el terrible frío por el que está pasando, pues los sabañones –una palabra más propia de tiempos y sufrimientos pretéritos- son visibles sin tener que agudizar mucho la vista; hace sus necesidades más elementales sin moverse del lugar, tanto unas como otras, no moviéndose para ello siquiera del pequeño rodal que ocupa; cruzar un par de palabras con él basta para percatarse de la dificultad que tiene incluso para hablar. A su lado, la inmundicia y el hedor son mayúsculos. Apenas come, apenas bebe y, sin miedo a lanzar un análisis demasiado atrevido, diríase que no tiene pleno dominio sobre sus facultades psíquicas, más allá del necesario, eso sí, para reivindicar su libertad de no ser removido del lugar que ha elegido, probablemente para nada más que pasar los días hasta que una de estas madrugadas la parca venga a reclamarlo.

En el sacrosanto Estado del Bienestar que nos gobierna (choca que nadie hoy siga usando ese mantra), no puede por menos que considerarse un insulto a la cara de todos los ciudadanos el que todas las Instituciones Públicas a las que este servidor, y otros muchos transeúntes, han llamado para informar de esta situación, aleguen su incapacidad para hacer algo. Y así, el “no podemos hacer nada” se ha convertido en la excusa favorita de los poderes públicos para solucionar calamidades como las de este señor. "Nada puede hacerse contra su voluntad", me dicen. "Si él no quiere, no se le puede llevar a ningún centro sanitario", aducen. Y yo les digo, a todos sin excepción, que son todos ustedes un fraude, un fraude masivo, una decepción mastodóntica, un aparato ineficaz, absurdo, desproporcionado e inútil, que decide, amparado en la libertad individual, no hacer nada por la vida de un ciudadano que, cabal o no, con o sin techo, está a pocas jornadas de perder la poca salud que le queda, sino la vida.

Ya sabemos que el Estado no puede atentar contra la libertad y la libre circulación de un ciudadano, pero, en este caso, no hablamos de ningún otro derecho que el de la asistencia sanitaria, el cuidado y el amparo de un hombre desheredado por completo. Dejen de salvar el planeta, queridas y bondadosas instituciones públicas, porque dudo que consigan su propósito si no son capaces de salvar a uno sólo de sus habitantes.