Un ‘café para todos’ muy cargado

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Palacio de San Telmo, sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía | Foto: Archivo
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Cuarenta años después del 28-F creo que hay poco que celebrar más allá de la respuesta digna de los andaluces al menosprecio con el que el Gobierno de la época, de UCD, planteó el referéndum. Una respuesta que emanó del pueblo “en el sentido más descriptivo de la palabra”, entrecomillado con el que el profesor José Cazorla evocaba aquellas fechas y el mitin de Plaza Bib Rambla que en el cierre de campaña decantó Granada para el ‘sí’ a la autonomía. Cazorla, junto a Jerónimo Páez, Nicolás López Calera, la sociedad civil no partidista, como intervinientes junto a Manuel Clavero, que veinte días antes había renunciado con dignidad al Gobierno del que formaba parte: “Es más importante ser andaluz que ser ministro”.

Clavero y Rafael Escuredo, el presidente socialista de la preautonomía andaluza, pusieron rostro a aquel referéndum y sus resultados en un contexto de aspiración autonómica en el que poco más de dos años atrás las manifestaciones masivas y multitudinarias del 4 de diciembre de 1977, el 4-D, la respuesta de los andaluces había superado a los propios partidos de la época. Todo era de estreno, era inaugural en aquellos primeros tiempos de la democracia y las libertades y, dentro de ellas, la autonomía, una bandera nueva…

Pero en ese escenario que va del 4-D del 77 al 28-F del 80 el panorama político había evolucionado del consenso a la confrontación. Y en la torpeza y el menosprecio del Gobierno ante el referéndum de Andalucía el PSOE vio una oportunidad de desgaste contra UCD y Adolfo Suárez, el presidente debilitado por las presiones internas dentro de su propio partido. Una pregunta que era un jeroglífico, un censo no actualizado en el que contaban los muertos, un listón casi imposible de superar porque todas las provincias debían votar por el ‘sí’ en mayoría absoluta no de los votantes sino del censo y una campaña por la abstención que rayaba el insulto… Así planteó el referéndum la UCD y el Gobierno, con la complicidad de todo el espectro político que acampaba a su derecha. En los socialistas, entre tanto, también había voces muy significadas -Peces Barba y hasta Alfonso Guerra- partidarias de reconducir el proceso autonómico, después de Cataluña, País Vasco y Galicia, derivando por la vía lenta del artículo 144 de la Constitución, al resto de las regiones, como contemplaba la propia Constitución.

En ese escenario, el PSOE jugó fuerte en su cálculo de unos resultados que en tales condiciones hacían imposible el ‘sí’ -como auguraban las encuestas, que solo aseguraban la victoria del voto afirmativo en Sevilla- pero llevarían a UCD, Gobierno y Suárez, puestos en evidencia ante toda Andalucía y España entera, a una derrota política y un callejón sin salida. Lo que ocurre es que la respuesta de los andaluces superó todos los cálculos, el referéndum se ganó en siete de las ocho provincias y el descuelgue de Almería empujó a una solución política que finalmente fue consensuada mediante un prolongado diálogo y aprobada el 20 de octubre de 1981 en un segundo referéndum.

Aquella solución arrastró como resultante el actual mapa de diecisiete parlamentos y diecisiete gobiernos y, por el camino, sentó las bases para una clase política que fue ‘inventando’ la autonomía en función de los intereses o acomodándolos al partido gobernante, en Andalucía el PSOE, y siempre orientada como muleta del Gobierno central cuando coincidían las siglas o como auténtica oposición cuando era de distinto color el inquilino de la Moncloa. Bastaría con echar un vistazo a los ejecutivos que se sucedieron en la Junta para apreciar cómo siempre reflejaban el delicado equilibrio de poderes e influencias en el seno y entramado de las ejecutivas provinciales del PSOE. Para justificar el ‘desmadre’ con el que muchos nos referimos a este diseño solo hay que contemplar el exagerado despliegue de las delegaciones provinciales, lo menor de lo menor que se despacha en el mercado de la intrascendencia política. Para analizar hasta qué punto se acomodaban intereses pensemos en tantos organismos inútiles creados ad hoc para ‘colocar’ a algún alcalde que perdió la alcaldía. Y si queremos ejemplificar los excesos del despliegue autonómico miremos a la Agencia Andaluza del Agua, heredera por transferencia de la Confederación Hidrográfica del Sur: donde antes presidía un funcionario de carrera de alto nivel hoy existe un delegado por cada una de las cuatro provincias que abarca más otro residenciado en Sevilla -¡claro!-, cinco cargos políticos donde antes había un técnico…

En definitiva una formidable máquina burocrática donde medran políticos sin otro currículum que sus cargos políticos en un escenario que tiene su minuto uno en aquel 28-F de cuarenta años atrás. ¿Era esto lo que ilusionadamente quería el pueblo “en el sentido más descriptivo de la palabra” cuando votó con su ‘sí’ en 1980? Creo que no. Y hablo como votante. Para empezar con otro ejemplo palmario, vayamos al proyecto de reforma agraria, el verdadero ‘tótem’ de aquella aspiración autonómica, que por sí sola justificaba los anhelos, el bálsamo que iba a sacar a Andalucía de su atraso secular e inmediatamente arrumbada y abandonada, paradójicamente arrumbada y abandonada tan pronto como hubo un Gobierno plenamente autonómico, en un episodio que dibuja la realidad de aquel proceso de primeros de los 80: cumplido el objetivo de la toma del poder por los socialistas, personajes reivindicativos como Escuredo ya no interesaban en el partido. Escuredo cayó con dignidad, concepto muy pocas veces utilizado en los años que siguieron.

Hoy, cuando la foto fija de 1980 comparada con la de este 2020 ofrece una panorámica de indiscutibles mejoras y avances, la pregunta sería: ¿era necesaria la autonomía para llegar a este balance de hospitales, institutos, carreteras, equipamientos, infraestructura…? Yo digo que no, que sin autonomía habríamos llegado más o menos a los mismos parámetros -es mi opinión personal- y, en todo caso, cuarenta años de autonomía no han reducido los índices de convergencia con las demás regiones ni nos ha sacado de la cola en los indicadores de riqueza y bienestar social. Evocar aquí lemas y leyendas como ‘la California de Europa’ o ‘Andalucía imparable’ suena a sarcasmo.

En cuanto al lamento de Granada, aun cuando el balance es negativo a todos los niveles en cuanto a presencia, protagonismo e influencia en el antes y el después del mapa autonómico, y en el panorama del ‘boabdilismo’ perenne de llorar como mujer lo que no supimos defender como hombres -con perdón por la cita en estos tiempos de feminismo potente-, no añoro esa nostalgia de lo no vivido -la autonomía de Andalucía Oriental- porque genera melancolía. Es un debate que en la transición apenas tuvo eco aunque también pienso que de haber sido las autonomías lo que debieron ser, una descentralización administrativa, hubiera sido mejor solución las dos comunidades autónomas que esta artificial de los 40 años vividos, porque Andalucía, más allá de una demarcación geográfica o una calificación administrativa, no existe, dicho en el sentido de que aquí hay muchos granadinos, muchos sevillanos, muchos cordobeses, muchos malagueños… y muy pocos andaluces. Pensar ahora en dos autonomías donde solo hay una -como aprietan ahora en Castilla y León en pro de la separación- sería otro artificio con otro parlamento, otro gobierno, más delegados provinciales, más asesores, más… Nada induce a pensar que no se repetirían los esquemas viciados que han caracterizado estos cuarenta años en todas las autonomías del mapa español. Un café para todos que ha resultado muy cargado y nos sigue produciendo dolor de cabeza cuarenta años después.

¡Ay!, si todos los recursos y esfuerzos malgastados en este diseño de ahora se hubieran canalizado hacia los ayuntamientos, hacia el poder municipal, la verdadera esencia, la joya de la corona de cualquier democracia… Pero ya lo decíamos en párrafos anteriores: la nostalgia de lo no vivido genera melancolía.





Comentarios

Un comentario en “Un ‘café para todos’ muy cargado

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    Jose Prados Osuna

    Coincidiendo en lo esencial con lo expuesto por Ramón, mi sentir difiere en cuanto a lo que pudo haber sido y no fue. Quise doctorarme en la UGR y mi trabajo de doctorado elegido se titulo: La provincializacion del presupuesto Andaluz y sus efectos sobre el nivel de desarrollo. Nadie quiso dirigir mi tesis, sobre todo porque eran tiempos en los que mandaba Páez y tal osadía era terriblemente peligrosa. Después vino la agresion del POTA, el Campus de la Salud, la Sierra, La Alhambra, la política urbanística y medioambiental para la contención de la ciudad de Granada que creó el caos que vivimos, la marginación universitaria de Granada, la presa de Rules, las obras publicas, la vergüenza del diseño y ejecución del AVE, el olvido del Área Logística de Granada, la Segunda circunvalación, el intento de fusión hospitalaria, la única provincia de Andalucía sin Centros Tecnologicos, los intentos de llevar a Sevilla la gestión del Parque de las Ciencias y la ESP y … Eso mismo hubiera sido tal cual si se hubiera respetado el significado del Reino de Granada y no se nos hubiera mentido tan descaradamente? Suficientes argumentos y contundentes razonamientos para que nos vayamos olvidando de la entelequia Andaluza. Un simple engaño como otro cualquiera

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