Los deseos no se cumplen

Granada CF FC Barcelona
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Durante los últimos meses mi hija de 5 años se ha hecho bastante futbolera. En este tiempo le ha dado tiempo a discernir que Machis y Suárez son los mejores y que el Granada tiene dos porteros, uno bastante mejor que otro. También le dio tiempo a comprender (tras el 0-4 del partido de liga) que el Barcelona es un equipo muy bueno y que tiene un jugador que es “casi como hacer trampas”.

Quizá por ello, el miércoles pasado se vio obligada a ser ella quien trazara el plan perfecto para que su Granada “ganara la Copa del Rey”. Mirando al cielo pidió el deseo de “que el Granada le ganara al Barcelona” y lo dijo “muy muy flojito para que nadie lo escuchara”, aseverando de esta forma que había cumplido a rajatabla todos los elementos de la ecuación y que, por tanto, ese debía ser un hecho irrefutable. Yo, por el contrario, intenté hacer ver a esos ojitos brillantes que las cosas no son así de simples, que los deseos no siempre se cumplen. Pero nada, no había manera, no había quien la bajara del burro. Lo había deseado y punto.

El partido comenzó y como acostumbra, se sentó a mi lado. Imitaba mis aspavientos nerviosos tras alguna decisión arbitral y reía con una seguridad arrolladora mientras yo resoplaba. Muy tranquila, una y otra vez me repetía lo mismo: “¿es que se te ha olvidado que he pedido el deseo de que gane el Granada?”. No sé si fue de tanto escucharlo, pero cuando el Barcelona acumuló un fallo tras otro, cuando se sucedieron los tiros al poste, cuando el Granada se puso con dos goles de ventaja, cumpliendo un porcentaje de acierto casi del 100%; cuando Aarón se vistió con el traje del mejor portero del planeta, cuando los minutos iban acumulándose en el marcador…

Entonces empecé a creérmelo. Lo hice muy flojito, con mucho cuidado, tal y como lo había deseado mi hija… Pero justo en ese momento, en apenas un instante, el deseo nos explotó en la cara. A ella y a mí.

Al cumplirse los 90 minutos reglamentarios la mandé a la cama, mientras cortaba con monosílabos sus angustiosas preguntas de “que no podían terminar empatados, que no podía ser, que entonces a quien le iban a dar la copa”. Pero el colegio y los horarios mandan y ya era muy tarde para que siguiera en pie.

De esta forma, después de lavarnos los dientes y arroparla me fui a hurtadillas a sufrir la prórroga en solitario. Tras el quinto gol del Barcelona me vi ridículo, sólo, de cuclillas delante de una tele casi sin voz y aunque soy de ver los partidos hasta el final vayan como vayan, quizá en un ritual estúpido de intentar digerir la típica desolación granadinista o posiblemente con la absurda esperanza de presenciar una remontada milagrosa, decidí marcharme a dar mil vueltas a la cama.

Pero tengo que deciros la verdad. Por la mañana lo primero que hice fue mirar el resultado final y mientras lo comprobaba recordé el brillo en los ojos de mi hija y hubo una parte de mí que pensó que porque no… que a lo mejor… Pero no. Simplemente volví a comprobar que los deseos no siempre se cumplen.







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