Cita en Barcelona: cruzando los dedos

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Los Mossos contienen a un grupo de manifestantes en Paral·lel al intentar superar el cordón policial | EP
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Una veintena de carreteras cortadas y las primeras cargas policiales es el balance provisional de este día en Cataluña que se acaba de iniciar con el Consejo de Ministros reunido en Barcelona. Escribiendo en estos albores de la jornada, el saldo final nos dará a todos la justa medida de los incidentes, mientras cruzamos los dedos a la espera de que no suceda algo que etiquetar como grave cuyas consecuencias se proyecten -en su caso- durante los próximos días, semanas o meses…

Al margen del balance final, cabe decir que hasta el momento los acontecimientos se desarrollan en el escenario soñado por un independentista. Bastaría ponerse en la piel de cualquiera de esos radicalizados grupos radicales para saber que las cámaras de todas las televisiones están hoy en Barcelona, que cualquier exceso por pequeño que sea por parte de cualquiera, uno solo, del más de un millar de agentes desplazados va a ser multiplicado en los telediarios de toda Europa para que en la batalla de la imagen vuelvan a apoderarse de un contenido simbólico que es el que buscan desde que se inició este malhadado ‘procés’. Si aquel maldito 1-O de 2017 los convocantes de la farsa de referéndum se contentaban con la imagen de un policía llevándose una urna, el Gobierno de entonces les regaló esa imagen y también la de las cargas policiales… Nuevamente se deja en manos de Policía y Guardia Civil la imagen del momento final, el resumen también simbólico de lo que en cualquier caso es un problema, político y no político, que deberían resolver o haber resuelto los políticos. En ese escenario, los independentistas juegan con ventaja porque cuanta más tensión más salen ganando.

Bastaría con echar la vista atrás a lo que ha sido esta semana, cuando las hojas del calendario fueron acercándose a esta fecha del 21 de diciembre, para contemplar que la posibilidad de incidentes, la incertidumbre sobre los reales planes de esos radicales y el alcance de su protesta, ocultó la importancia y calado de otras cuestiones que el Consejo de Ministros pueda decidir este viernes en Barcelona. Y el mero hecho de que para reunirse en Barcelona sea necesario desplegar un dispositivo que implica la movilización de más de un millar de agentes, del Estado y autonómicos da pie a pensar en que cualquier ciudadano europeo al que le llegue este dato puede creer, no sin razón, que si para dar seguridad a la reunión de un gobierno son necesarios mil agentes, el grado de desafección entre los ciudadanos de una zona concreta de España y sus ministros ha desbordado el nivel de lo tolerable.

Admitiendo así, desde mi personal punto de vista, la inoportunidad de este desplazamiento a Barcelona, entiendo también, y a continuación, que todos estamos de acuerdo -al menos del Ebro para abajo del mapa- en que es necesaria una mayor presencia del Estado en Cataluña, donde desde primera hora de la transición democrática los sucesivos gobiernos fueron estirando el vacío de su visibilidad, una dejación paulatina que fue ocupando el catalanismo hasta llegar a su versión más radicalizada.

Sería sensato, por tanto, apagar también desde estas filas unionistas la llama de esas declaraciones altisonantes, donde palabras despojadas de contenido, del nivel de ‘traidor’ por ejemplo, se lanzan con toda su carga contra la cara del Gobierno. Mucho me temo que tan solo buscan el desgaste del Ejecutivo de Pedro Sánchez rebuscando votos a corto plazo a este lado del Ebro sin pararse a meditar en los efectos que a largo plazo pueda tener en un conflicto en el que poco avanzaremos si la desunión se apodera de quienes estamos a favor de la unidad de España.

Una de las medidas que el Consejo de Ministros aprobará este viernes es la de bautizar el Aeropuerto de El Prat, el aeropuerto de Barcelona, con el nombre de Josep Tarradellas. Buen momento para evocar los nombres de aquellos políticos de la transición con visión de Estado, con sensatez y sentido de la responsabilidad para saber hasta dónde se podía tensar la cuerda. Cuentan en sus memorias quienes estuvieron en primera fila en aquellos días de 1977 que en la primera reunión que mantuvieron Adolfo Suárez y el entonces presidente de la Generalitat en el exilio, pocos días después de las elecciones del 15 de junio, los dos dirigentes mantuvieron un encuentro tenso en el que no faltaron alusiones al pasado falangista del jefe del Ejecutivo o la entelequia de una institución que pervivía más como ‘fantasmagoría’ sin presencia ni función real o sensible en el día a día de los catalanes. Pero cuentan también esos que fueron testigos en primera fila que a la salida de la reunión Tarradellas, que apenas llevaba en España unas horas, se expresó ante los periodistas con declaraciones de distensión, con elogios a la figura de Suárez y reconocimiento al propio hecho de haber sido recibido en la Moncloa. Suárez -dicen- quedó gratamente impresionado ante el sentido de responsabilidad que mostraban aquellas declaraciones, alejadas de la altisonancia y tensión que hoy es costumbre en nuestra clase política. Y al día siguiente, en la segunda reunión, todo fueron avances y posturas de comprensión mutua.

El presidente del Gobierno democrático de una monarquía parlamentaria recibía en su despacho oficial a un presidente exiliado. Toda la arquitectura de la transición se había hecho sobre la base de un axioma instalado en el Gobierno de Adolfo Suárez que precedió a aquellas elecciones del bendito junio del 77: ‘ir de la ley a la ley’. Es decir, transitar por los resquicios que se abrían en el ‘corpus’ jurídico del franquismo para desactivarlo y posibilitar el juego democrático de los partidos y las instituciones. De todas ellas, solo una institución fue rescatada desde la legalidad republicana trágicamente disuelta entre 1936 y 1939: la Generalitat de Cataluña, que -por tanto- no vino ‘de la ley a la ley’.

Soluciones de entonces para problemas de entonces. Hoy, cuando el panorama difícilmente ofrece perspectivas de distensión y el conflicto lamentablemente se ha multiplicado por la postura supremacista de unos y la dejación de otros, resulta esperanzador evocar a Tarradellas y la decisión valiente y arriesgada de Suárez: soluciones de ahora para problemas de ahora.