Martes, 25 Julio, 2017

            

Por un utopismo realista

Foto: Archivo
Pedro Vaquero del Pozo


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Las dos Españas que han de helarnos el corazón según Machado se presentan en esta campaña electoral disfrazadas de cuatripartito. Pero es solo un disfraz. Lo cierto es que desde la convergencia de IU con Podemos y Equo, todas las posibilidades postelecctorales se reducen a dos: o gobierno de progreso Unidos Podemos-PSOE, o todos (PP, PSOE, C’s) contra Unidos Podemos.

Ya nadie duda de que las variaciones de voto entre el 20-D y el 26-J van a ser escasas: dicen las encuestas que PP gana las elecciones, pero sube unas insuficientes décimas para gobernar en solitario o con el voto de C’s; que PSOE baja un punto y algo, lo que junto al dato de la unión de votos Podemos-IU se convierte en el único dato relevante del 26-J, y es que por primera vez en la historia el PSOE deja de ser el primer partido de la izquierda en España, y pasa a la segunda posición. Es el sorpasso buscado por Anguita literalmente hasta el infarto.

La duda es cómo se fraguará la unidad gubernamental entre esos tres partidos del sistema (procapitalistas, proatlantistas, euristas, conservadores en suma), que ya se han conjurado para que no haya unas terceras elecciones en un año, esto es, unirse pese a sus diferencias con tal de que no gobierne Unidos Podemos. El sistema –encarnado por la Comisión Europea- se ha encargado de apretarles las clavijas a esos partidos, y de intentar comernos el coco a los electores españoles, lanzando una campaña mediática donde se nos hace observar lo malo que sería que no hubiese un gobierno después del 26 de junio, o lo malo que sería que en ese gobierno entrasen los “antisistema” de Unidos Podemos.

Para evitar este pacto previsto de los partidos del no-cambio, Unidos Podemos se ofrece a llegar a acuerdos con el PSOE. Pero incluso si esta vez no existiera el veto apriorístico del comité federal socialista para pactar con Podemos, el acuerdo progresista se daría a costa de la renuncia de Unidos Podemos a muchos de sus puntos programáticos fuertes: la rebelión contra la política europea de ajuste del déficit se reducirá a negociar con la CE un simbólico retraso de los recortes futuros; la ruptura con el constitucionalismo del 78 se convertirá en una reforma de la Constitución más a la defensiva que otra cosa; de salida de la OTAN nada; la banca pública será si acaso una especie de ICO (véase la experiencia andaluza); la reforma fiscal revisará el IRPF de las rentas de más de 100.000 euros, y si acaso implantará un nuevo impuesto de grandes fortunas que sería más propagandístico que eficaz en su aspecto recaudatorio; la laicización se reducirá a meros roces con la autoridad eclesiástica; etc. El programa y la actitud de los gobernantes del PSOE le echarían agua al vino. Y a todo esto el acuerdo se toparía con el escollo de consensuar los protagonistas de ese minicambio, sobre todo, el presidente del gobierno progresista. El balance de un período de gobierno a la izquierda sería decepcionante para muchos votantes que apuestan por un auténtico cambio.

¿Significa esto que debemos resignarnos a que gobierne el bloque de los conservadores? No, faltaría más… Lo primero, porque en época electoral hay que salir a ganar, esto es, a quitarle el voto mayoritario al PP. Lo segundo porque aunque todas esas cosas señaladas antes se produjesen, con un gobierno meramente progresista siempre podríamos avanzar en eficiencia social del gasto público (programas de fomento del empleo y de ayudas sociales) y de avance cultural (en el ámbito de la participación, de los derechos civiles y de la mentalidad democrática), y sobre todo podríamos evitar las políticas de represión de la libertad de expresión, de privatización y externalización que se generarían con un gobierno del bloque conservador.

Necesitamos tener una actitud de utopismo realista. La contradicción entre el utopismo y el ejercicio del gobierno en un sistema democrático será siempre una constante con la que contar. Nuestro pueblo, -como todos-, es ambivalente, quiere a veces una cosa y la contraria, según la convivencia de intereses contrapuestos de los distintos segmentos sociales en que nos ha dividido astutamente el sistema. Contradicción que se articula en torno a dos ejes: la más profunda lección del franquismo de hacernos concebir la política como algo malo; segundo, la poderosa acción del cuarto poder travestido en el digeridor oficial y autorizado de los aconteceres sociales. Ambos fenómenos nos convierten en espectariado, esto es, en un colectivo disuadido de participar militantemente en la política, resignados a vivir como zombis o meros espectadores de la cosa pública.

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