Domingo, 16 de Diciembre de 2018

            

Llanto por las virtudes y coplas a la muerte de la LAC

Ramón Ramos


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Fue una mañana de festivo y el verano sonreía. Irrumpió la LAC en el paisaje ciudadano y su silueta recortada expulsó del centro aquellas cadenas-trenecito de autobuses rojos que estresaban la vista en su continuo lento paso retenido por Reyes Católicos y Gran Vía. El ‘gratis total’ con que se estrenó y mantuvo durante sus primeras semanas de existencia ayudaron a un primer éxito de implantación, que tapaba los problemas que subsidiariamente estaba produciendo en los barrios y su aproximación al centro. Pasó aquella primera fase gratuita y con el pago emergió de las entretelas del bolsillo la palabra maldita, hasta entonces soterrada en un runrún todavía tímido: los trasbordos.

Confieso que a mí me ha gustado de siempre llevar la contraria. Tal vez por eso, cuando las críticas a la LAC comenzaron a arreciar yo la defendía a capa y espada. Me quedo con el concepto: una lanzadera circular, continua, frecuente… que conecte con los autobuses que llegan de los barrios. Su implantación generó disfunciones, sí. Se corrigieron las principales, empezando por crear más versiones de las SN que en principio solo eran dos y han terminado siendo cinco. Y se permitió su paso por el eje Reyes Católicos-Gran Vía.
Pero todo chocó con la palabra maldita: los trasbordos. Granada no es ciudad, por tamaño y número de habitantes, que se preste a ese tránsito de un autobús a otro, con correspondiente espera en parada. Algo habitual en otras capitales más habitadas aquí se rebeló inoportuno. No era la primera vez que pasaba. En tiempos del concejal Jesús Quero, hacia 1984, se intentó un sistema radial que acabase con el transversal hasta entonces implantado. También hubo que rectificar a las pocas semanas. Los hábitos ciudadanos son lo que son y no ha habido concejal capaz de doblarle el pulso a la opinión contraria.

Ahora que la LAC tiene fecha de caducidad marcada, ya sabemos mucho más de lo que supimos aquella luminosa mañana del gratis total en que empezó su rodadura: desmedida inversión, no del todo justificada por el ahorro medioambiental que se pretendía, pérdida de usuarios, informes contrarios que se ignoraron… Sí, yo también pienso que una LAC sin esos autobusacos de estreno y paradas de diseño podría haber tenido mejor acogida y paciencia entre los usuarios pese a sus defectos funcionales. Creo también que los grupos de izquierda -en aquel momento, la única oposición al gobierno local del PP trataron desde el primer momento de minar la idea, celosos, hasta envidiosos de que fuera una derecha que presuponen insensible a los problemas medioambientales la que implantase ese sistema que -repito- defiendo como concepto.

Con el cambio de gobierno municipal, la LAC entraba en la cuenta atrás. Yo sí lamento su supresión. Seguiré manteniendo contra viento y marea que el concepto podría haber sido reconducido funcionalmente y puesto que ya todos, a derecha e izquierda, conocen los sinsabores de gestionar un tráfico infernal en la ciudad estrecha, mantengan formas de colaboración que hagan comprensibles los errores cuando su comisión viene aconsejada por las buenas intenciones.

Por lo demás, el nuevo plan traslada el muelle de autobuses de los comedores universitarios al Triunfo, aunque se diga que de las cinco líneas que tienen allí cabecera solo dos harán una parada completa y los otros tres se limitarán a pasar. Vuelve el ’33’ y también el ‘4’ como el tradicional de La Chana (Puerta Real-Angustias-Chana allá por 1959, cuando se implantó), pero no el ‘8’, identificado con el Zaidín.

Y ya puestos, mantengamos como herencia de la LAC una de sus aportaciones: la de la validación del billete en la parada o en el interior sin pasar por el conductor. Vayamos orillando con prisas y sin pausas ese demencial sistema que obliga al conductor al cobro del billete, simultanenando la conducción y la devolución de monedas. Que vaya desapareciendo la estampa que nunca falta, esa que lleva el bono-bús caducado y mientras abre el bolso, busca el monedero, expurga monedas, cuenta hasta alcanzar la tarifa del billete… se pierde el tiempo en la parada mientras afuera arrecia la cola de aspirantes a entrar en el autobús.


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