Viernes, 20 Julio, 2018

            

Cuando la palabra político deje de ser (casi) un insulto

Marisa Chacón


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Las generalizaciones nunca son buenas. En todas las profesiones ‘cuecen habas’ y se encuentran grandes trabajadores, trabajadores del montón, trabajadores mediocres y verdaderos sinvergüenzas.

Sin embargo, la palabra ‘político’ va peligrosamente camino de cambiar su definición en la RAE por “dícese de aquella persona que habla mucho, hace poco y llega a ser un estorbo social”.

La palabra político ha tomado un color peyorativo. Hay quienes lo relacionan con “esos parásitos sociales que trabajan dos días a la semana y, a cambio, reciben pensiones vitalicias”. Hay quienes lo asocian con “ese atajo de mangantes que cogen todo lo que pueden mientras pueden”. Hay quienes directamente piensan que todos son unos mentirosos que solo buscan “arrimar el ascua a su sardina”.

Y es que, de ser los gestores de esta sociedad, los protectores de los derechos y los verdaderos activistas del sentido común, los políticos de nuestro país han degenerado de una forma abrumadoramente llamativa y, por qué no decirlo, peligrosa.

La casta política, esa a la que pertenecen todos los políticos de este país (incluso los que tanto han criticado a la casta), no solo se ha alejado de la vida y los problemas reales, además parece que vive en los mundos de Yupi… Y no me extraña ¡solo hay que ver los precios de los menús del economato del Congreso! ¡Ángelicos!

Y este es un grave problema. Ya no existe la confianza. Ya no existe el respeto y la admiración. Solo existen los cargos ‘a dedo’, los corruptos, los que adornan sus currículos para que no estén completamente vacíos y (lo que faltaba por ver) los que roban cremas en un supermercado…

Existen cargos que están siendo investigados por pederastia o condenados por trapichear con drogas, y ahí siguen. Rizando el rizo.

Hoy en día, ser político es un verdadero suicidio social. Porque si alguien dice que se dedica a la política va al saco directamente y sin preguntas. Da igual su preparación o sus buenas intenciones, automáticamente se convierte en alguien que no es muy de fiar.

Es una pena y es indignante. Porque un buen profesional, que encima es buena persona, es una bendición en un cargo público.

Pero hay algo más perturbador aún. En un entorno semejante, ¿se ‘dejaría hacer’ a alguien que de verdad valiese la pena? Yo creo que le sería muy difícil.

El Congreso se ha convertido en un gallinero donde se intercambian insultos y reproches a gogó. Soluciones… pocas y poco eficientes. Pero si hablamos a niveles municipales… madre mía, mejor callarse.

Pienso en nuestra Granada, en el enorme potencial de nuestra provincia no solo a nivel turístico, sino en investigación científica o como productor de bienes y servicios.

Sin embargo, nos tenemos que conformar con turistas que vienen de paso y dejan su consumo en ciudades vecinas, porque no tenemos infraestructuras ni buenas comunicaciones.

Nos tenemos que conformar con pequeñas empresas productoras, la mayoría de ellas asfixiadas, que hacen todo el trabajo a pulmón y cuyos grandes (grandísimos) productos llegan solo hasta donde ellas pueden llegar.

Tenemos que sufrir el cierre constante de empresas de investigación y la constante fuga de capital humano, porque aquí no hay futuro para ellos.

¿Sabéis que tenemos el Festival Internacional de Tango más antiguo y prestigioso de Europa?

¿Sabéis que nuestra Universidad es una de las más potentes de España en producción de investigaciones científicas de relevancia?

¿Sabéis que nuestra Semana Santa es una de las más antiguas y peculiares de España?

¿Sabéis que los vinos tintos de nuestra provincia son tan buenos – y a veces mejores – que los de DO como Rioja o Ribera?

¿Sabéis que contamos con la Cabalgata de Reyes más antigua, aunque sea también de las más cutres del país?

Si no lo sabemos ni nosotros… mal vamos.

Existen iniciativas públicas, claro, pero iniciativas cutres y poco eficaces. Mientras tanto, ciudades que no tienen nuestro patrimonio histórico, nuestra riqueza cultural, una universidad de nuestra categoría o nuestro potencial empresarial, prosperan y nos toman la delantera en absolutamente todo.

¿La diferencia? Que en la administración no se ha suscitado un interés real por nuestra provincia y que las iniciativas son llevadas por personas que no saben muy bien cómo gestionar los presupuestos para que salgan bien las cosas…

¿Seguimos encadenando despropósitos? Creo que no hay que añadir más a lo que todos sabemos.

Por eso os digo algo, si el día de mañana mi hijo me dice que quiere ser político… mucho tendrá que cambiar todo para que no me lleve un berrinche de los gordos.

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