Tensando las cuerdas de la realidad

Esta pandemia dejará, sin duda, huella en la memoria de nuestra generación, como la de 1918 la dejó en varias generaciones posteriores

Ciudadania en Granada
En nuestra mano está el no dejarnos vencer por la adversidad | Foto: Antonio L. Juárez / Archivo GD

Continuamos inmersos en una burbuja de pseudo normalidad que nos precipita a aceptar lo extraordinario que acontece como algo habitual. Con restricciones en acordeón, de extremas a lasas, seguimos avanzando con la firme convicción de que todo este drama tiene punto y final.

En el verano de 1920 la mal llamada gripe española desapareció tal y como había llegado dos años y medio antes, allá por el mes de enero de 1918. Dejó tras de sí en nuestro país un rastro de desamparo y muerte como el que solo nos dejaron las peores guerras, con la diferencia de que en éstas se destruyeron, además de vidas, instalaciones, infraestructuras y servicios básicos.

A veces, necesitamos mirar el pasado para comprender el presente, aunque las medidas que se adoptaron hace 100 años no supongan soluciones vigentes. En estos meses, he escudriñado en la historia con la sana finalidad de buscar similitudes que tranquilicen la incertidumbre que crece con el paso de los días… ya son demasiados los meses.

Me ha llamado la atención que, a pesar de la precariedad de los medios sanitarios con que se contaban entonces, básicos, ínfimos… casi irrisorios, nunca se cuestionó un cierre de la actividad económica a pesar de la gravedad de aquella pandemia. Por más que busco información sobre este particular, las publicaciones consultadas coinciden en que las medidas que se adoptaron por los diferentes países –en España, muy tardías– con el fin de reducir la propagación de la epidemia fueron el cierre de los colegios, la desinfección e higiene de locales y vías públicas, la suspensión de fiestas populares y el control de fronteras. En nuestro país, además, “se limitaron las asistencias a entierros y se aconsejó encalar casas y lugares habitados”.

A pesar de todo, mascarillas de tela incluidas que las había aunque muy alejadas de nuestras FFP2, y a salvo de que lo publicado de aquella tragedia haya omitido referencias a mi búsqueda, las empresas siguieron su curso. A fin de cuentas, el trabajo no sólo dignifica, es también una cuestión de supervivencia para millones de familias.

Esta pandemia dejará, sin duda, huella en la memoria de nuestra generación, como la de 1918 la dejó en varias generaciones posteriores. No es momento de cuestionar, de criticar o de oponerse, por muy legítimo que sea el “derecho al pataleo” en el ser humano, pues carecemos de la perspectiva que nos da el tiempo para cuestionar las decisiones de nuestros mandatarios.

Lo que sí está en nuestra mano, en serio, es el poder que tenemos para no dejarnos vencer por la adversidad. Es momento de poner nuestras miras en la salida, en el final del túnel de la desesperanza y prepararnos para salir airosos de este mal sueño, que debe dejar de parecernos una pseudo realidad.

Puede no advertirse por mis palabras, pero encierran una dosis de ánimo y positividad. La que nos da fuerza en los peores momentos: la empatía. Y, desde el inicio, en HispaColex, nos sentimos vinculados más que nunca a quienes ahora necesitan de nuestro consejo para seguir adelante, porque ya saben que, aunque tardemos en salir de esta, aunque nos tensen las cuerdas y se cierre o coarte la actividad productiva, bien asesorados, tenemos todo un futuro por delante. Al fin de cuentas, la historia, si algo nos demuestra, es que pocas cosas son eternas salvo nuestra integridad.







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