¿Qué he hecho yo para merecer esto?

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Imagen ilustrativa de un empresario
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Hoy me quiero dirigir especialmente a los empresarios individuales (esos ”locos” autónomos) y a los propietarios de Pymes y Micro Pymes. Esos, que sumados todos, superan el 95% del producto interior bruto (PIB) español, y que en demasiadas ocasiones son los grandes damnificados de la economía.

Todos, absolutamente todos, para desempeñar su actividad toman a diario decisiones económicas, unas veces acertadas y otras no tanto. Unas y otras configuran su hoja de servicios empresarial. Por suerte o por desgracia, según el caso, esas decisiones tomadas en el pasado son en la mayoría de los casos irreversibles y sus consecuencias inciden en aspectos de rentabilidad y liquidez durante un largo periodo de tiempo, determinando su futuro económico y financiero.

Una vez la decisión ha sido tomada y el dinero ya ha salido, el problema a partir de entonces es recuperarlo con los beneficios futuros que genere el negocio (siempre inciertos), ya que, de no ser así podría colocar a la empresa o al autónomo, en una clara situación de desequilibrio, cuya causa fundamental está constituida por el coste del capital ajeno (lo que nos han prestado) y podría motivar en el futuro importantes dificultades (concurso de acreedores) o incluso su desaparición.

Cuando esto ocurre, y a partir de ahora lo vamos a ver con demasiada frecuencia, lo que sigue es inicio de negociaciones con proveedores y acreedores, preocupaciones constantes y noches interminables de insomnio que terminan en Plaza Nueva o La Caleta. Es en estos momentos de la más profunda soledad es cuando surge la preguntita de marras: ¿Pero qué he hecho yo para merecer esto?

Se puede haber sido un empresario diligente, cuidadoso al máximo en todos los aspectos de la empresa, intentando innovar y ajustar los productos o servicios a las necesidades de cada mercado, labrarse una buena reputación en su ámbito de actuación y, aun a pesar de ello, desembocar en situaciones no queridas, y mucho menos esperadas. Pero no puede uno abonarse al pesimismo, porque de lo contrario se entrará en una espiral negativa que solo generará un mayor pesimismo.

A diferencia de culturas como la anglosajona, en la que se acepta que el fracaso empresarial forma parte del tablero económico, la nuestra, la cultura latina, tiende a dejar de lado, como si de un perro rabioso se tratara, a todo aquél que no logra alcanzar sus objetivos empresariales.

En España, desde el año 2015 y precisamente, para igualarnos a lo que ocurre en los países de nuestro entorno, la Ley de segunda oportunidad (Ley 25/2015, de 28 de julio) permite a las personas físicas, particulares o empresarios, comenzar una nueva vida sin la carga deudora que les imposibilita afrontar con normalidad los pagos corrientes de su día a día.

Así pues, si se ha padecido las inclemencias de una crisis como la que nos ocupa, se puede acudir al mecanismo de la “segunda oportunidad” si se es empresario individual (autónomo) o persona física, e incluso pyme, disponiendo de un procedimiento ágil y efectivo, pero mucho menos rigorista que el concurso de acreedores que le permitirá despertar de la pesadilla vivida con un apoyo extra a su ánimo emprendedor.

Básicamente, se trata de la posibilidad de que una persona, que debe una cantidad de dinero determinada, pida la exoneración o la condonación de esa deuda. Y eso se consigue, a través de la citada Ley, bien mediante la aprobación de un plan de pagos que permita afrontar las deudas de forma ordenada o bien, si los acreedores no quieren facilitar dicho pago ordenado, mediante la eliminación de las deudas por imperativo judicial.

Como asesor en materia empresarial estimo que esta Ley otorga una ocasión única a los acreedores, siempre teniendo en cuenta, por supuesto, su buena fe, de limpiar sus deudas, de regularizar su situación económica y de encauzar y rehacer su vida sin la terrible carga que, arrastrados por la crisis económica, se ha puesto sobre las cabezas de muchos ciudadanos como auténticas espadas de Damocles.

No dejemos de perseverar en nuestros intentos de emprendimiento y creación de riqueza, ahora tan necesarios ambos, y tengamos presente aquella frase acuñada por Henry Ford en la que nos decía que el fracaso no es más que una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia.

Nos vemos dentro de quince días, saludos.





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