Temblores

Gente en la calle por miedo a los terremotos en Granada
Ciudadanos en una calle de Granada por miedo a los terremotos | Foto: Antonio L. Juárez
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Hay días en los que los temblores y las sonrisas se me entremezclan. Días en los que los nervios toman el control de mi cuerpo. Como esa mañana en la que preparé una maleta repleta de pañales de la talla cero, patucos, manoplas y gorritos a juego. Es lo único que tenía que hacer pero no podía faltar nada y, sobre todo, no podía fallar nada. Temblaba por todo lo que se me venía encima, por comprobar si sería capaz de dar la talla, pero no podía parar de sonreír mientras pensaba que en unas horas conocería a mi hija. O como aquella otra tarde, varios años antes, en la que salí de casa con un par de latas de cerveza en los bolsillos y la bufanda del Granada. No necesitaba mayores preparativos, sabía que no me faltaba nada pero tampoco quería que fallase nada… ¿Quién nos iba a decir que después de tanto lamento en Los Cármenes veríamos ascender al Granada en el Palacio de Deportes? Me pasé temblando los 90 minutos, allí, donde con un temple sobrenatural Joe Ingles encestaba un triple tras otro. Temía que se me esfumara otra vez ese viejo sueño niñez de entre las manos, pero a la vez se me escapaba la sonrisa. Cada vez estábamos más cerca de ascender a Segunda.

Son momentos en los que tiemblas y sonríes porque estás temeroso y a la vez feliz de encarar un momento decisivo. Y la emoción y el miedo se debaten dentro de ti, haciendo imposible calibrar la balanza emocional. Es la misma sensación de poner la última carta en un castillo de naipes: o finalizas con éxito tu mejor obra arquitectónica o te pasas la tarde recogiendo cartas por todo el salón. Sentir el ahora o nunca... Momentos de temblores y sonrisas.

Pero también los hay de sonrisas y temblores, que parece lo mismo pero no tiene nada que ver. Momentos en los que tiemblas por dentro y sonríes por fuera para que no se te note. Como el día que me expulsaron del instituto. Sonreía. Sonreía de chulería para el graderío, pero temblaba por dentro temiendo llegar a casa. O aquella vez en la que se me escaparon algunas lágrimas en público y entones sonreí para demostrar que en el fondo era un tipo duro y que yo también me avergonzaba de mí mismo.

La otra noche, cuando fue el suelo el que nos hizo temblar, se me volvieron a entremezclar las sonrisas. Desde la ventana observaba a todo el vecindario salir a la calle y sentarse en la acera. Entonces empecé a comerme la cabeza, pensando en si quedarme atrás podría ser fruto más de la imprudencia que de la solvencia. Y sonreí. Sonreí al subirme en una silla para cortar el agua y el gas, mientras temblaba por dentro. Sonreí para que me viera mi mujer y mi hija de cinco años. Sonreí mientras bajábamos a toda prisa por las escaleras con mi hija pequeña en brazos. Sonreía y temblaba.
Tiemblas y sonríes. Sonríes y tiemblas. Así es la vida… Así es la tierra.