Sopas frías y noches a oscuras: la cruda realidad de la zona Norte

Los vecinos del distrito claman contra los cortes de luz diarios que sufren y detallan cómo es su vida con intermitencia energética

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Los vecinos de una de las urbanizaciones del barrio de Nueva Cartuja han envuelto su plazoleta de pancartas de protesta | Foto y vídeo: Víctor Philipps
Mariona Gallardo I Bergés
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Alrededor de las seis y media de la tarde, el frío ya se nota y empieza a oscurecer en Granada. Para muchos, este momento tan típico de los meses de invierno que se repite diariamente es una señal para irse a casa, darse una ducha, ver la televisión un rato y, con más o menos ganas, empezar a hacer la cena. Así terminan los días de trabajo y estudio miles de personas en la ciudad. Sin embargo, esta no es la realidad con la que se encuentran los vecinos de la zona Norte al llegar a sus hogares.

Desde hace más de 15 años, los habitantes del barrio de Nueva Cartuja viven con una angustia permanente, esperando cada día el momento en que la luz se vaya de sus casas. En cuestión de segundos, las cocinas se quedan sin vitrocerámicas que usar, los dibujos animados desaparecen de las televisiones de los niños y las personas mayores pasan a sentirse indefensas dentro de sus propios hogares. "Buenas tardes, se nos acaba de ir la luz". Esta es la frase que Rosa y muchos otros vecinos repiten casi de forma automática cada día al llamar a Endesa en cuanto el apagón ocurre. "No me sale ninguna afectación en la red", responden al otro lado de la línea. Los vecinos de la zona Norte se sienten desesperados, impotentes y olvidados.

Aunque estas incidencias llevan ocurriendo desde hace más de una década, cuentan varias vecinas que los cortes se han intensificado en las últimas semanas. Han pasado a ser diarios y siempre a la misma hora. Explican que "esto ya había ocurrido hace un año y medio", y que la situación que se vivió en aquel entonces fue tan inhumana como la actual. Una diferencia respecto a la última vez es que la nueva tesitura incluso ha provocado la intervención del defensor del pueblo, quien ha pedido encontrar una solución con urgencia.

Las cenas calientes se han sustituido por bocadillos o platos fríos que comen sin ganas. Los braseros eléctricos han dejado lugar a las gruesas mantas. Y los momentos familiares de después de cenar se han visto intercambiados por más horas de sueño, la única escapatoria de las bajas temperaturas y la oscuridad. Estos eventos que para la mayoría de la población son esporádicos o inexistentes se han vuelto para esta comunidad una parte más de su día a día, la peor.

Rosa, como presidenta de la Asociación de Vecinos Nueva Cartuja, ha reunido en el patio central del edificio a muchos de los vecinos afectados para que cuenten a GranadaDigital cómo viven esta situación que parece no tener final. Les rodean pancartas en las que se puede leer "sin luz no hay salud", "tener luz es un derecho" o "¡Endesa! Queremos la luz que pagamos". Directas manifestaciones que van dirigidas a aquellos que les están robando, progresivamente, sus derechos y su calidad de vida.

Los bloques que envuelven la pequeña plazoleta relatan cómo es un día a día sin luz y con una sensación de miedo constante. Historias de gente trabajadora y humilde que solo pide poder vivir tranquila y sacar adelante su vida y la de sus familias. Allí se reúnen padres que se van a trabajar a las seis de la mañana, niños que atemorizados al ver que pasarán otra tarde a oscuras y estudiantes universitarios que le temen enormemente a las clases online. Hay mujeres que vuelven exhaustas de su jornada laboral y que esa noche tampoco podrán lavarse el pelo y gente mayor que siente que les están robando los últimos años de sus vidas.

Historias de luz en la oscuridad

Entre ellos, Isabel, vecina de Nueva Cartuja e hija de Clemencia, una señora de 97 años con electrodependencia permanente. "Esto no es una forma de vida", comenta intranquila. "Mi madre lo lleva fatal, se pone muy nerviosa y es un suplicio para ella", sostiene. Las mismas sensaciones las comparte Beatriz, que explica casi a oscuras que lleva 51 años en el barrio y que "la situación nunca ha sido tan grave". Se queja de que no se está mirando por las personas mayores, quienes dependen de la luz, y que ella misma se ve afectada en todo: "Ni me puedo bañar en condiciones, ni puedo guisar. Para cenar me tuve que hacer una sopa de lechuga fría". Condiciones que parecen sacadas de escenarios del siglo pasado.

Los vecinos, aún reunidos, detallan que, si bien ya se sentían unidos antes, los cortes de luz han hecho que este vínculo les convirtiera en una familia. Se conocen entre todos, hablan cada día y, sobre todo, se ayudan. Algunas vecinas bajan a calentar la cena a pisos de otras a las que el corte no les ha afectado, porque va por fases. Los jóvenes se mantienen atentos a las necesidades de los más mayores de la comunidad. Ofrecen sus casas a los demás para que estudien o trabajen en condiciones. Verdaderas pruebas de que la unión y la empatía son los mejores aliados en momentos tan duros como estos.

Encarnación se acerca de repente al corrillo y comenta que vive sola, que no tiene a ningún familiar al que acudir si le pasa algo. "Dependo de esto", explica refiriéndose a la luz. "Cuando se va la luz, me acuesto pidiéndole a Dios que no me pase nada", expone. Relata que muchas noches se va a dormir con "un vaso de leche fresquita", ya que no tiene manera de calentarla, y que pasa mucho frío durante las horas de sueño. Con mucha impotencia, pues lleva toda una vida en el barrio, pide a Endesa que "tenga un poco de humanidad", sobre todo con la gente mayor.

Se une a la conversación el abuelo Pepe, como le gusta que le llamen, con un único deseo: "Solo pido justicia". Para él y para sus vecinos, con la emoción a flor de piel y una impotencia explícita. A su grito se une Alhambra, que vive con sus tres hijos y su marido. Afectada por la situación, señala que siente una preocupación muy grande por cómo estos hechos están influyendo en la infancia de sus hijos y argumenta que ellos están pagando por un servicio que no se les está dando.

La última en hablar es Manuela, cansada de estas condiciones. "Ya no sabemos ni que decir", esgrime. Como todos sus vecinos, apunta que las facturas de luz siguen llegando, pero que es el suministro lo que no reciben. La salud mental, admite, se está viendo muy afectada por la situación, y que tan solo piden una solución definitiva. Tiene un perro como animal de compañía y sacarlo a pasear a oscuras también le provoca angustia, ya que las luces interiores del patio también se van.

La noche ya ha llegado del todo y la oscuridad ya reina definitivamente en el barrio. Los vecinos empiezan a irse a sus casas a prepararse para pasarla. Una velada que constará, como cada día, de una cena fría, unas cuantas mantas y muchas horas de sueño que serán, de alguna forma, el remedio contra la falta de luz.