El día D

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Me da vergüenza. Cien mil vueltas en la cama (perdonen que sea del terruño), pros y contras, debates internos que rellenan la monotonía de una noche en vela, conciencias martirizadas… toda la noche. A veces sí, otras no. Y a eso de las seis y media de la mañana, el desenlace: Felicidades, papi. Dani y sus hermanos al borde de la cama. Juro que ni me acordé. Que el día del padre se celebre un día laborable, ¿no podía ser el segundo o tercer domingo de marzo? Ni desayuno en la cama, ni tiempo para regalos, ni dibujos…

Además, Dani ha dicho a su madre que no le ha dado tiempo y que lo piensa terminar en el aula matinal. Sí, el aula matinal; esa que remueve nuestra conciencia de malos padres por despertarlos y dejarlos tan temprano. Esa que nos ayuda a conciliar horarios, pero nunca remordimientos. Qué vida sin par… a pesar de entregarnos a la labor de padres, siempre pensamos (o nos hacen pensar) que en algo fallamos… qué vida… tendré que resignarme con verlos a la cena. Mientras pasa el día mi disgusto irá en aumento y terminaré poniendo una reclamación al Corte Inglés. Tienen la culpa. Esto ni es celebración, ni es ná. Que se lo digan a los Pepes: día laborable y, además, a conciliar la Misa, que para eso es precepto. No te digo…

Cómo convivir así. Es imposible. Nunca lo haremos. Además, últimamente nos empeñamos en desvestir un santo para vestir otro... Perdón por lo de santo. Y perdón por lo de desvestir. Uno no sabe ya qué poner para no molestar a nadie. Basta con no aupar a la minoría para que todo se atragante. Basta con defender por convicción un concepto tradicional para que te falten al respeto. Y en ese lenguaje, en esa falta de respeto, acepto carca, caduco, trasnochado… no me siento insultado. Pero nunca que incito al odio. Ni que soy un facha. Sobre todo, cuando facha es sinónimo de antidemocrático y son precisamente ellos quienes desde su minoría imponen, prohíben e insultan. No lo acepto. Reniego de esa modernidad. Mi padre me educó en la cultura del respeto. Mi madre también, aunque era más de no meterse camisas de once varas. Lo único en lo que la desobedecí.
Entiendo lo de respetar a la minoría, pero no acierto a comprender por qué no se respeta en este país a la mayoría, o por qué la mayoría no se hace respetar, que también tenemos a veces lo nuestro…. Creo que todo cabe. Todo puede ser razonable. Los conceptos cambian. Se añaden. Y deben funcionar si conducen a una mejora social. Desde ahí, todo cabe. Está bien. Lo que sea en interés de los menores. Decisiones maduras, pensadas, la necesidad de dar a alguien, a un pequeño, lo mejor de ti mismo, lo que siempre quisiste dar; pan, cobijo, esperanza, un mundo mejor. ¿Quién soy o quién somos para obstaculizarlo? ¿Quién para cuestionarlo?

Sin embargo, aquí, al contrario. Una minoría que cuestiona, proscribe, anula lo que aún sigue perviviendo como opción mayoritaria. ¿Por qué? ¿No es respetable mi opción? Cuando el pasado año el Observatorio de la Lgtfobia (que es de todo menos observatorio), propuso eliminar el día del Padre en los centros educativos, lo hizo con una auténtica incitación al odio y a la rebelión. Acusaba a quienes celebrábamos el día del Padre de discriminar al resto. En palabras suyas, que promocionábamos el bullying.

Y ahí estamos. Nadie ha dicho nada. Entonando un mea culpa por omisión. Y así responden los acomplejados en las riendas del poder. No diciendo nada. Haciendo fiesta de lo minoritario. Y seguimos de fiesta. Y seguiremos. Como nadie dice nada, para no aparentar que somos carcas, que no estamos entre los progres, seguimos dejando hacer. Construyendo una sociedad que alimenta sólo lo idolatrado a través de los medios, una sociedad que crece profundamente distorsionada. Dadme un micrófono y un altavoz. Cambiaré el mundo. Hasta que días después, otro lo cuestione y lo derribe. Total, qué más da. Vivimos por y para el circo…
Me sigue gustando que Dani me llame papá. Y a mi mujer mamá. Y celebrarlo juntos. Y que en el colegio les enseñen a querer a su familia, a sus papás y a sus mamás, a preocuparse por ellos, a agradecer lo bueno que le dan… y que cada año, no me regalen una afeitadora. Odio las afeitadoras. Quiero un dibujo hecho con su esfuerzo y pensando en su madre o en su padre. En mi despacho cuelgan los que cada año me regalan. Todos. Que nos agradezcan que somos lo que en realidad queremos significar para ellos con nuestra entrega: que en lo bueno y en lo malo, somos su ángel de la guarda. Esa es la legitimidad de mi opción. Invulnerable. No pasa por exigir al resto que sean como yo, que se adapten a mi decisión, que se acoplen a mí.

Quizás seamos distintos. Quizás tu concepto de familia sea diverso. Pero si crees que para tu opción es necesario acabar con el día del padre o el día de la madre, no te engañes. Ni engañes a los demás, como hace el observatorio. Quizás sea que no supiste o no encontraste momento propicio para explicarle con naturalidad lo diferente de tu opción. Y que no por ser distintos somos desiguales. Que nada justifica la desigualdad. Sólo realidades: que respondemos a un concepto distinto de familia. Pero que el cariño es el mismo. Que unos tienen unas celebraciones y otros tendrán otras. (Alguna de ella incluso con un apoyo económico de las administraciones públicas que eso sí que debería abochornarnos…). Pero como siempre pasa en la vida. Esa diferencia es la esencia en la condición humana. Tú eliges algo que yo respetaré siempre. Aunque no comparta. Aunque nos asista el derecho a disentir, no lo tengo a obligar. Entretanto, todos seguiremos compartiendo patio en el colegio. Quizá el Dia del Padre sea una buena ocasión para hablar a nuestros hijos con naturalidad.
Dani ha vuelto del colegio. Felicidades papá, ha dicho. Y me ha dado su dibujo. Por fin. El día del D. Mi día del padre.