Día de la Cruz: barras en la ciudad donde sobran bares

El Día de la Cruz, una de las festividades preferidas por los granadinos | Foto: Asun Rodríguez
La Plaza del Carmen en el Día de la Cruz | Archivo GD
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Si algo sobra en Granada son bares. ¿Por qué, entonces, reforzar la cita del Día de la Cruz con barras adicionales en la vía pública? Al autorizarlas se estaba jugando con fuego. Está demostrado que favorecen el desbordamiento de la fiesta y su deriva en ‘botellón’. O peor aun, ‘macrobotellón’.

Si los últimos años, desde que en 2007 se decidió prohibirlas, habían resultado un éxito, no se entiende la medida más que como un afán recaudatorio para las depauperadas arcas municipales, pero tampoco tiene mucha explicación porque lo ingresado no va a sacar al Ayuntamiento de las penurias que arrastra. En fin, se pusieron las barras pero afortunadamente no se registraron incidentes ni sería justo endosarles la causa principal de las concentraciones en Plaza Larga y otras zonas de Albaicín y Realejo. El dispositivo municipal de la Policía Local, bien desplegado, impidió que los focos pasasen a más.

Pero esa ausencia de incidencias graves no debe inducir a aflojar el control y engrosar el número de barras. Mejor, en todos los casos, volver al veto de los últimos años que al incremento por muy progresivamente que se imponga. El Día de la Cruz fue en sus orígenes una fiesta familiar, intimista, de barrio… que se fue desbordando en los setenta y se descontroló en los 80. Ya en los 90, a un concejal como Fernández-Píñar -por otra parte, tan añorado- se le ocurrió un día proclamar en voz alta que el Día de la Cruz podría ser algo así como una segunda Feria de Granada, aprovechando que su aparición en el calendario generalmente hace palanca para forzar el puente con el Primero de Mayo o el domingo posterior.

Fue César Díaz, uno de los mejores concejales que ha tenido el Ayuntamiento de Granada, quien empezó a meter en vereda aquel descontrol. Pero su gestión duró poco y con el ‘Tripartito’ se volvió a la guasa, a reírle la ‘grasia’ a la celebración en la calle. Y fue en aquellos años donde se gestó la fama que atrae a Granada maxiconcentraciones como la malhadada Fiesta de la Primavera que dieron a la ciudad el dudoso honor de ‘capital mundial del botellón’. No ayudaban en este campo bandazos como el de Torres Hurtado, que mientras fue delegado del Gobierno en Andalucía derivaba la responsabilidad en los ayuntamientos y en cuanto fue alcalde se le endosó… ¡a la Delegación del Gobierno!, responsable de las fuerzas de orden público y, cómo no, a la Junta, a la que arrancó una ley anti-botellón de imposible cumplimiento.

En cualquier caso, hemos llegado a este 2017 y las barras han vuelto a la vía pública. Un contrasentido en quien maneja el cierre del ‘botellódromo’ como uno de sus logros en su primer año de gestión. Pero es cierto que la fiesta no se desbordó. Bien está lo que bien acaba.