Martes, 18 de Diciembre de 2018

            

Víctor del Árbol

Foto: Web oficial de Víctor del Árbol
Carmen Salinas | @MenMarias


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«Tenía todo el sentido que tiene el azar, que es una forma de justicia.»

Hace unos meses comentábamos una condena de Dostoyevski que venía a decir: «si yo hubiese sido más justo, tal vez no tendría delante de mí a un criminal». El autor que hoy nos ocupa se derrama en ella empapándose como el vino en un mantel de hilo y nos acaricia en cada texto con lo que muchos aún se empeñan en llamar «novelas muy duras», pero que no es más que la vida como obra del ser humano.

Conocí a Víctor del Árbol con el título «La víspera de casi todo» (2016), un Premio Nadal más que necesario. A la semana ya había quemado «Respirar por la herida» y «La tristeza del samurái». Digo esto para que, en caso de no haber leído aún a este autor, no se dejen llevar por la zozobra (si son capaces): Víctor del Árbol afecta así, como un hueco en la dentadura, una muela extraída donde no podemos parar de meter la lengua. Pero su obra merece domar el ansia por conocerla toda ahora mismo; calma, mucha calma, esa calma del humo del cigarrillo fundiéndose con el ambiente. Y esto así porque en ella vamos a encontrar respuestas.

Pero prepárense para romperse

¿Romperse es malo? Hoy día parece que sí. Uno de los principales productos para el catarro se anuncia bajo el eslogan «frena rápidamente los síntomas del resfriado y la gripe. ¡Qué un resfriado no te deje en casa!» y así un señor con fiebre que necesita sudor y cama sale al río con su gorro y sus hijos. No estamos dispuestos a admitir la mínima gota de malestar para curarnos y, por supuesto, no nos curamos. Tan solo damos un codazo al fantasma. Pero el fantasma sigue ahí. Y vuelve a acercarse sigilosamente despacio. En cada novela de Víctor del Árbol encontramos personajes en esta situación que la mayoría de los mortales vivimos con frecuencia. Y en un momento histórico como este en que el arte está mayoritariamente encuadrado en el ocio y no en el desarrollo personal, lo que hace el autor, como todo revolucionario, es un milagroso acto de heroicidad. Sus novelas son más reales que si hubieran sucedido, y es que en ellas viven personas con la mirada muerta. Personas a las que la vida les arrebató la vida. Pero personas que no se rinden, que pasan la existencia luchando por sanar, a veces hasta el último aliento; peleando por perdonarse, por ser quienes son y no quienes les han impuesto ser. Y ahí el genio del autor: dicen que no hay nada más humano que sobrevivir, pero sí lo hay: el deseo de vivir. El ansia de vida aun cuando esta se ha apagado.

Y en sus obras, nosotros. Quizás no hayamos pasado exactamente por lo mismo, o, desafortunadamente, sí, pero los temas tratados por Víctor del Árbol son tan universales que, de una forma u otra, nos habitan a todos. Los textos están escritos con tal maestría y respeto (respeto por el lector, por la literatura, por la vida) que, en un preciso momento, un momento en el que ya no hay vuelta atrás, los confundimos con nuestras propias realidades. Verán, cuando uno contempla cómo un padre viola a su hija y, después de conocer su historia, su pasado, por quien siente verdadera pena es por él, entiende lo fácil que es que todo se rompa. Lo frágiles que son los esqueletos en los que vivimos. La gran mentira del maniqueísmo en la que nos sentimos a salvo. Porque, si somos capaces de comprender (jamás justificar, por supuesto) tal atrocidad a través del dolor como principal vía de transformación humana, ¿cómo no vamos a comprendernos a nosotros mismos? ¿Cómo no vamos a comprender a otros? Y lo más importante, ¿cómo no vamos a perdonar(nos)? Leer a Víctor del Árbol nos hace conscientes de los crueles que somos, muchas veces, con el ser a quien más deberíamos amar y respetar: nosotros. Y se sufre, claro que se sufre (para perdonarse hay que cambiar) pero en aras de la sanación, al igual que el pescador que debe pasar unos días en cama con fiebre para levantarse mucho más fuerte en lugar de silenciar los síntomas de su enfermedad. Este es el objetivo de cualquier artista: desenredar la realidad que a todos nos perfora, pero no comprendemos. Hay pocos, muy pocos, poquísimos, que lo hayan conseguido como Víctor del Árbol, que nos hayan reforzado de tal forma, y es que cuando llega la comprensión huye el miedo.

Pero, por si fuera poco, esto no es todo. Los hay que encuadran al autor en la novela negra. Y ya quisiera la novela negra. Sus obras son como un jarrón de porcelana que toma entre sus manos, estalla contra el suelo y recompone pedacito a pedacito siendo el resultado una pieza infinitamente más hermosa que el jarrón y que nada tiene que ver con él. Hay gotas de poesía espolvoreadas en sus páginas, música, suavidad, pasión. Encuentra la belleza y la ternura que se acurrucan en el dolor y la miseria y las potencia hasta llegar a nosotros en forma de adrenalina recorriéndonos el cuerpo.

Si no han experimentado aún a este autor, cualquiera de sus novelas (aunque, personalmente, «Un millón de gotas» me sobrepasa) se están perdiendo una delicia. Y, oigan, para tres días que estamos aquí, vamos a mimarnos un poco.


Comments

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  1. Mira me parece un poco surrealista (un poco eh) lo que dices respecto a una violacion, me dan igual las causas el pasado o las historias de la gente. Me gusta mucho tu columna y la leia toda las semanas porque te consideraba comprometida con la lucha feminista pero esta claro que al final siempre os vendeis al mejor postor. Venga, que te va a volver a leer quién yo te diga