Miércoles, 19 de Diciembre de 2018

            

Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar

Marisa Chacón


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Leí el otro día que, según varios estudios psicológicos, las personas más generosas y que más se dan en todo son, paradójicamente, las que se sienten más solas.

Y tiene mucha lógica porque (y me da igual si hablamos de ámbito laboral, de pareja o familiar) cuando das y no se valora, pero, aún así, sigues dando, desequilibras directamente la balanza en tu contra y la tónica será que tú pongas todo mientras los demás se relajan y disfrutan de la situación, por lo que al final te sientes solo y completamente infravalorado.

Se me ocurren mil ejemplos de este tipo de situaciones.

Un día el jefe dice que hay una tarea que hay que realizar y tú la haces, aunque no te competa, porque entiendes que es necesario. Automáticamente esa tarea pasa a ser tu responsabilidad, la has asumido sin darte cuenta y sin que nadie te vaya a recompensar jamás por ello.

Tu compañero de trabajo te pide un día que le cambies el turno y, como puedes, le haces el favor. Al tiempo te lo vuelve a pedir y, como puedes, lo haces. Pasa el tiempo y te lo pide de nuevo, pero esta vez tú no puedes. Tu compañero te pone mala cara, asumió que siempre le harías el favor, lo convirtió en tu responsabilidad en lugar de agradecerte el gesto que tuviste la primera vez.

Y qué me decís de la típica amiga que te ha tenido entretenida con sus problemas durante horas, esa amiga a la que le has dado los mejores consejos y a la que has consolado siempre, pero que cuando ha llegado el momento de desahogarte con ella te ha dedicado apenas diez minutos y además te ha dicho que te agobias por nada…

En casa te desvives por tu familia. Ahí si es verdad que das el todo por el todo y no esperas nada a cambio. Pero llega un día en el que por cansancio, por tener otras tareas o por cualquier motivo, hay algo que no puedes hacer y pides ayuda. Seguro que os ha pasado que vuestra pareja lo asume como que te está haciendo un favor en lugar de pensar que está compartiendo contigo una responsabilidad.

Todos nos hemos visto en este tipo de situaciones y lo peor es que, de repente y casi sin darte cuenta, te ves en una espiral de dar, dar y dar hasta que llegas al punto de convertirte en ese saco de boxeo al que todo el mundo recurre porque jamás dices no. Te sientes obligada a dar el todo por el todo, porque si no lo haces, no estás satisfecho. Sientes que si no lo haces decepcionas a los demás y, lo peor, que te decepcionas a ti mismo.

Cuando eres de esa condición es muy difícil evitarlo, pero hay que ser conscientes de que a toda acción debe seguir una reacción y que, por lo tanto, tienes que saber poner fin a esas situaciones que tanto dañan, para no convertirte en el felpudo de la humanidad.

Decir no es sano, muy sano. Y también complicado. La clave está en saber discernir cuando vale la pena entregarse y cuando no. Y eso no quiere decir que empieces a pasar de todo y a no asumir responsabilidades, tan solo es que hagas lo que tienes que hacer lo mejor posible y que aprendas a priorizar.

También puedes seguir dando todo siempre y en todo momento. Y eso también es muy sano, pero en ese caso debes concienciarte de que no se puede esperar nada a cambio. El mundo es egoísta y está lleno de personas necias que no saben apreciar lo que realmente es valioso, por tanto, no esperes nada de los demás. Da lo mejor de ti en cada momento y en cada situación solo por el placer de saber que lo has hecho lo mejor que podías y no pienses que nadie lo va a valorar, porque lo importante es que lo valoras tú.

Al final la vida tiene una clave fundamental: dale un lugar a cada cosa y pon cada cosa en su lugar.


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