Domingo, 19 Agosto, 2018

            

Trump cumple un año en la Casa Blanca tras romper moldes a golpe de polémicas y tuits

El país intenta acostumbrarse a un presidente capaz de marcar la agenda del día con tuits

Imagen de archivo de Donald Trump | Foto: Archivo GD
E.P.


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Donald Trump no fue un candidato al uso y su Presidencia está siendo de todo menos ordinaria. Un año después de su llegada al Despacho Oval, nadie es ya indiferente ante un líder que ha roto moldes tanto dentro como fuera de las fronteras de Estados Unidos.

El país intenta acostumbrarse a un presidente capaz de marcar la agenda del día con tuits y que, lejos de rehuir las polémicas, entra de lleno y no duda en abrir frentes con todo tipo de personas y colectivos, desde el dirigente norcoreano, Kim Jong Un, hasta la liga de fútbol pasando por la viuda de un militar abatido en combate.

Todo ha cambiado en la era Trump. El empresario ‘celebrity’ reconvertido a presidente ha introducido un discurso proteccionista en lo económico, conservador en lo social e irreverente en lo político con el que ha contentado a sus bases al mismo ritmo que ha espantado a sus detractores, incapaces siquiera de darle una oportunidad.

Trump arrancó con suspenso unos sondeos que ahora le otorgan una popularidad inferior al 40 por ciento –según Gallup–, hasta el punto de llegar a unos niveles inéditos en comparación con sus predecesores. Lejos de amedrentarse, ha desoído las críticas y ha cargado contra los medios y firmas que difunden noticias falsas –‘fake news’– para desacreditarle.

“Ninguna Administración ha hecho lo que hemos hecho nosotros”, proclamó la semana pasada ante su Gobierno, en un intento por defender un legado que, al menos en lo económico, le reporta buenas cifras. La mejora del contexto financiero, el crecimiento constante del mercado búrsatil y la reducción de la tasa de desempleo –en su nivel más bajo desde hace 17 años– le han servido para presumir de logros, aunque a nivel legislativo su principal hito no llegó hasta diciembre con una ambiciosa reforma fiscal.

Trump hizo del “Estados Unidos, primero” su principal lema de campaña y ahora intenta aplicarlo al terreno económico, a golpe de decretos con los que ha eliminado las restricciones que, a su juicio, lastraban el desarrollo empresarial o la creación de empleo. Ha recurrido a este argumento tanto para introducir límites en materia migratoria como para eliminar protecciones medioambientales, lo que ha generado no poco estupor.

El Acuerdo del Clima de París es ya papel mojado para Trump, que ha puesto igualmente en su punto de mira el tratado nuclear suscrito en 2015 con Irán –una “vergüenza”–. El presidente norteamericano ha ordenado renegociar el acuerdo iraní porque, en contra de lo que dicen las agencias internacionales, considera que Teherán incumple los compromisos y la amenaza persiste.

Trump también ha cargado con dureza contra el régimen de Corea del Norte y contra Kim Jong Un, el “hombre cohete”, hasta el punto de amenazar con atacar el país asiático con “fuego y furia nunca vistos”. El acercamiento entre Pyongyang y Seúl ha aplacado las tensiones, si bien Trump, que llegó a presumir de “botón nuclear”, no da nada por descartado.

El presidente no ha abierto nuevos frentes militares pero sí ha dejado su impronta en los que ha encontrado establecidos, con bombardeos en Siria contra objetivos del régimen de Bashar al Assad tras un ataque químico y con el lanzamiento en Afganistán de la conocida como ‘madre de todas las bombas’ contra Estado Islámico.

A nivel internacional, uno de los grandes hitos llegó el 6 de diciembre de 2017, cuando Trump reconoció Jerusalén como capital de Israel y rompió con ello el consenso internacional estipulado por la ONU sobre el tratamiento de la Ciudad Santa. El espaldarazo al Gobierno israelí ha sido duramente contestado por los palestinos, movilizados en las calles.

A CONTRACORRIENTE

La de Trump está siendo una Presidencia a contracorriente, pero a él no parece importarle. Su propia campaña estuvo marcada por todo tipo de promesas polémicas y, una vez en el Despacho Oval, no ha renunciado a ellas, a pesar de que el Congreso no siempre le ha acompañado.

La derogación de la reforma sanitaria impulsada por su predecesor, Barack Obama, estaba llamada a ser el principal logro de su primer año, pero ha quedado aparcada por la falta de consenso en el seno del Partido Republicano y por la oposición frontal del Demócrata.

Trump ha tirado de decretos y ha firmado varias órdenes ejecutivas para impedir la entrada de ciudadanos de países de mayoría musulmana: a la tercera, ha logrado aplicar límites a los viajes desde Siria, Libia, Irán, Yemen, Somalia y Chad, así como reducciones en la acogida de refugiados. La construcción del muro en la frontera con México sigue siendo, de momento, una promesa intangible.

Donde sí ha dejado ya su marca es en el sistema judicial estadounidense, que ha llegado a tachar de “injusto” tras la reciente moratoria ordenada para mantener la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por su sigla en inglés) –de la que dependen 800.000 personas–. Trump ha sacado adelante nombramientos de jueces conservadores y, de entre todos ellos, destaca el de Neil Gorsuch, un magistrado de 50 años que ya tiene asiento vitalicio en el Tribunal Supremo.

DE AMIGOS A ENEMIGOS

A Trump no le ha temblado la mano a la hora de incorporar a personas de su familia a su equipo, hasta el punto de que su hija, Ivanka Trump, ha asumido tareas de asesora y representado al Gobierno en actos oficiales, y el marido de ésta, Jared Kushner, ejerce de asesor y lleva las riendas del aún desconocido plan de paz para Oriente Próximo.

El mandatario también ha salido en defensa de su hijo mayor, principal protagonista de una polémica reunión organizada en plena campaña electoral en la Torre Trump con una abogada rusa que prometió información comprometida sobre Hillary Clinton. La sombra rusa, que intentan despejar varias investigaciones del Congreso y de una fiscalía especial, se ha cernido de forma recurrente sobre Trump a golpe de filtraciones y titulares.

Sin embargo, el presidente no siempre ha salido en defensa de sus aliados y no ha dejado de contar bajas en su equipo prácticamente desde que llegó a la Casa Blanca.

A mediados de febrero prescindió del asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, tras destaparse las conversaciones de éste con el embajador ruso. En julio, cesó a su jefe de Gabinete, Reince Priebus, y a su recién estrenado director de comunicaciones, Anthony Scaramucci, y en agosto terminó de romper con su estratega político Steve Bannon, a quien ahora acusa de “perder la cabeza” por las declaraciones del libro ‘Fuego y Furia’, que precisamente pretende reflejar la visión de gente cercana a Trump.

El actual inquilino de la Casa Blanca ha actuado con dureza contra altos cargos que heredó de la anterior Administración y, así, a finales de enero cesó a la fiscal general en funciones, Sally Yates, por tachar de inconstitucional su veto migratorio, y a principios de mayo fulminó al director del FBI, James Comey, por no investigar de forma adecuada a Clinton. En este último caso, no obstante, la medida se volvió en contra de Trump después de que saliesen a la luz supuestas presiones contra Comey.

El magnate, curtido en los medios a los que ahora no duda en reprobar públicamente por mala praxis –en particular las informaciones basadas en fuentes anónimas en las que no sale bien parado–, supo sacar partido de su imagen para ir tumbando, uno por uno, a todos los que intentaron pararle los pies en las primarias.

Twitter fue entonces su principal altavoz y lo ha seguido siendo después del 20 de enero de 2017: solo ha dado una rueda de prensa en su primer año. Acumula 46,9 millones de seguidores en su cuenta personal –más del doble que en la oficial– y son recurrentes sus valoraciones informativas a golpe de ‘tuits’ o sus mensajes con amenazas y desprecios a cualquier potencial enemigo que le salga al paso.

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