Miércoles, 25 Abril, 2018

            

‘Master’ and titulitis

RAMÓN RAMOS


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Había elecciones al Rectorado. Había asociaciones estudiantiles. Las asociaciones estudiantiles decidían la elección final. Un dirigente de una de ellas tenía una asignatura pendiente en junio que aprobó en septiembre. Dos semanas después, era profesor de esa misma asignatura… Pasando por encima de otros aspirantes, a quienes sorprendentemente adelantó en el cómputo final de méritos, ahí empezó y ahí sigue. Han pasado muchos años de este caso que tiene nombre y apellidos -aquí, piadosamente los obvio-, estuvo en la prensa y fue devorado por otros asuntos de la actualidad hasta hundirse en el olvido.

Sucedió en Granada y a veces me pregunto qué fue del denunciante de aquel caso cuya mayor desgracia fue no contar con apellidos de rancio abolengo en una estructura endogámica como es la Universidad: cátedras que se heredan de padres a hijos, asignaturas que se crean ‘ad hoc’ para colocar a determinado profesor, hermanos, nueras y cuñados en nómina… En los años por los que ocurrió el episodio un catedrático era cosa seria: ‘Más serio que u magistrado…’, hubiera podido escribir Antonio Burgos. Márquez Reviriego, por aquella época, escribía una rememoración de sus años universitarios: “Catedráticos, catedráticos… lo que se dice catedráticos, ¡los de Granada!”

En la ciudad provinciana a caballo entre los 60 y los 70, el peso social que ejercían en su individualidad y estampa era digno de estudio. Otra cosa es que se implicasen en la problemática social. Ahí, no. Preferían -la mayoría- mirar desde su atalaya. Para la batalla estaban los PNN, profesores no numerarios, que por una miseria impartían las clases por las que difícilmente se veía a un catedrático. No habían pasado ningún filtro de calidad, salvo acaso un buen expediente académico que en otros ni eso. Cuando en alguna de aquellas interminables asambleas de Facultad -en las que aún viven instalados los de Podemos- se suscitaba el tema de los ‘penenes’ y se pedía solidaridad con sus cíclicas huelgas, indefectiblemente alguien levantaba la mano: “¿Solidaridad con quienes en su mayoría han entrado por enchufe?” Y se armaba la marimorena.

Han pasado algunas décadas de aquello. A aquella universidad apenas iba el diez por ciento de jóvenes de familia obrera. Después, se masificó. Todo el mundo iba a la Universidad, que gozaba de un prestigio social tal vez exagerado si se mide en relación con la verdadera utilidad sus títulos emitidos y la etiqueta tal vez desproporcionada de ‘fábrica de parados’ por su escasa conexión con la sociedad real. Para mantener las diferencias sociales se inventó esto de los ‘masters’ tan de actualidad ahora. Con unas tarifas prohibitivas para el común de los mortales en tiempos de crisis, he aquí una fórmula que marca distancias.

Para engordar currículum. Que es lo que debió pretender cierta presidenta de comunidad autónoma, transida estos días muy a su pesar por los dardos de la actualidad, que cada día arrojan un nuevo sobresalto. Lo ha dicho ella: ya era funcionaria, no necesitaba del ‘master’. Y digo yo: entonces, ¿para qué lo quería? Para engordar el currículum y decorar la pared… No se me ocurre otra. En cualquier país de Europa ya habría dimitido. Aquí, se resiste pero caerá, como caen al estilo ‘Tancredo’ tan querido por Rajoy. Es decir, dejar que la situación se pudra y el protagonista a su pesar caiga como fruta estropeada y víctima del clima social negativo que se extiende a su alrededor. Cristina Cifuentes, que un día se barajó como sucesora de Rajoy, desaparecerá de la escena pública, víctima de un ‘master’ fallido que no necesitaba, víctima de una ‘titulitis’ sin forma definida.

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