Viernes, 17 Agosto, 2018

            

Macron cumple su primer año en el Elíseo a medio camino entre la ambición y el pragmatismo

Los expertos coinciden en que no ha habido revoluciones y fijan la reforma europea como una de sus primeras grandes pruebas

Imagen de archivo de Macron | Foto: Archivo GD
E.P.


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Emmanuel Macron llegó al Elíseo en medio de una tormenta perfecta, aupado por quienes buscaban una respuesta moderada al declive de los partidos tradicionales y temían el abismo que representaba Marine Le Pen. Un año después, trata de conjugar ambición y pragmatismo para acometer una batería de reformas con las que quiere dejar huella tanto en Francia como en el resto de Europa.

La Francia de Macron ha cambiado con respecto a la de François Hollande, o al menos así lo perciben el 58 por ciento de los ciudadanos, según un sondeo de BVA para ‘Le Nouvel Obsevateur’. Un 26 por ciento, sin embargo, admite que el cambio ha sido menor al esperado, quizás frustrados porque el “nuevo mundo” prometido por el presidente en campaña no ha sido tal.

La Francia actual es más ambiciosa, dinámica y relevante en términos internacionales, pero en cambio es menos justa, igualitaria, democrática y segura, según el mismo sondeo, que sin embargo no dibuja un escenario preocupante para un Macron que parece seguir gozando del beneficio de la duda. Su nivel de popularidad, del 33 por ciento en abril –según YouGov–, de momento no preocupa en el Elíseo.

“No está en una crisis de popularidad como (François) Hollande”, explica a Europa Press el investigador del CIDOB Pol Morillas, que ve prematuro juzgar los posibles efectos políticos de un Macron que llegó a la cúspide política de Francia “con muy poco arraigo”, sin haber sido votado nunca en unas elecciones y con la cartera de Economía como gran estandarte en su currículum.

Tampoco tenía una base detrás, sino un movimiento –¡En Marcha!– que reconvirtió en partido –La República en Marcha– solo después de salir vencedor de las elecciones del 7 de mayo de 2017. Su carrera y sus reformas “empezaron por el tejado”, por lo que ahora le toca “consolidar” un poder que al menos sí ha logrado sustentar con una mayoría amplia en la Asamblea Nacional.

Macron llegó, vio y venció en un terreno de arenas movedizas, en el que las formaciones que tradicionalmente se habían disputado la gobernanza política en Francia –Partido Socialista y Los Republicanos– estaban de capa caída y la ultraderecha de Marine Le Pen soñaba con cuotas de poder impensables hace solo unos años.

El investigador Salvador Llaudes, del Real Instituto Elcano, reconoce el mérito de quien supo convencer al electorado de que “se podían hacer las cosas de una manera distinta”, presentando una alternativa liberal y europeista que supusiese también “una ruptura con el pasado”. Sus posicionamientos centristas, capaces de coquetear con conservadores y socialistas, y el “miedo” a Le Pen completaron el cuadro.

Morillas también coincide en esta “conjunción de factores”, gracias a la cual Macron supo incluso apropiarse de un discurso que durante años había estado en boca de las fuerzas populistas: el de la soberanía. “Habla de soberanía, pero ya no francesa, sino europea”, señala.

LA REFORMA PAUSADA

Un año después, ¿qué queda de ese Macron? “Empezó con una ambición muy fuerte y probablemente la siga teniendo, pero se ha dado cuenta de que es mucho más difícil”, advierte Llaudes, en la medida en que la sociedad francesa no se ha vuelto de la noche a la mañana “ni muy europeista, ni muy reformista, ni muy liberal”, independientemente de la “carta blanca” que los electores parecieron dar a Macron tanto en las elecciones presidenciales como en las parlamentarias.

Los expertos coinciden en que, al menos a nivel interno, y pese a las dificultades, la reacción de la calle no ha sido todo lo adversa que podía esperarse en un país habituado a las grandes movilizaciones y donde los sindicatos mantienen una capacidad de convocatoria masiva. Llaudes llama, no obstante, a seguir de cerca la movilización de los ferroviarios por la revisión de su estatuto, en la medida en que podría ser “un catalizador de más presión en las calles”.

Las caídas del paro y del déficit público dan también una tregua a Macron, si bien los analistas no lo atribuyen tanto al actual Gobierno como al arrastre de políticas y tendencias anteriores. “Muchas reformas, pocas revoluciones”, sentencia ‘Les Echos’ en un artículo en el que resume un último año donde básicamente se han marcado las directrices de unos cambios aún por llegar y que el propio Macron prefiere examinar en el marco de todo el quinquenio.

A nivel europeo, la ambición reformista de Macron se ha topado con el golpe electoral a su teórica socia, Angela Merkel, y con un escenario donde varios países de la UE han optado por plegarse a nivel interno. Llaudes describe el escenario como “manifiestamente complejo” y advierte de que ni siquiera Berlín comparte todas las ideas de París.

En este sentido, Morillas apunta que es en Europa donde puede estar “la tragedia de Macron”, ya que “los grandes cambios se acometen por consenso” y la actual configuración política del continente no juega a favor del mandatario galo. “Ha medido un poco mal las batallas a las que se presentaba”, sentencia el investigador del CIDOB.

El Parlamento Europeo ya ha tumbado las listas transnacionales que planteaba Macron para las elecciones de 2018 y el refuerzo de la eurozona, la unión bancaria o la creación de un fondo monetario europeo parecen todavía más lejanas. El presidente corre el riesgo de tener que conformarse con cambios en materia de energía, seguridad y defensa, o con cuestiones más sociales.

Macron tiene un año de margen, el que resta hasta la celebración de las próximas elecciones europeas, cuando se renovarán todas las instituciones y el contador volverá a ponerse a cero. En dichos comicios, Le Pen intentará repetir como primera fuerza de Francia –ya lo logró en las elecciones de 2014– y devolverle a Macron el golpe de 2017.

Pese a esta posibilidad, Llaudes afirma que una hipotética victoria de la ultraderecha “no supondría un desgaste enorme” para el actual Ejecutivo de Francia, ya que “es más difícil para un partido que está en el Gobierno movilizar a sus electores”.

LA ALIANZA CON TRUMP

El pragmatismo de Macron le ha llevado también a estrechar lazos con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y a lograr ser invitado a una simbólica visita de Estado al país norteamericano. Las discrepancias por el cumplimiento del Acuerdo de París contra el cambio climático se han tornado en alianzas cuando se trata de conflictos de primer nivel como el de Siria.

Morillas describe a Macron como el “contrapeso” europeo de Trump, ante el que parece extender la idea de “Francia potencia”. Para el investigador del CIDOB, tanto con Trump como con el Brexit la premisa pasa por asumir que ambos son “condicionantes de la agenda internacional” ante los que solo cabe el pragmatismo y el diálogo.

La ministra de Asuntos Europeos francesa, Nathalie Loiseau, que esta semana ha estado en Madrid, ha negado que exista una reconversión en los mensajes de Macron, alegando que la visión del presidente francés en lo que se refiere a su plan para Europa siempre ha sido “muy pragmática” y nada “ideológica”, basada en todo momento en un análisis de las “necesidades” ciudadanas.

Quizás la adaptación sea la única forma con la que Macron pueda sortear las adversidades que están por venir en los cuatro años que teóricamente le restan de mandato. Cinco años pueden hacerse largos, como le ocurrió a Hollande, de quien Macron precisamente ha recibido uno de los consejos más tajantes y gráficos para que no se acomode: “Quienes dicen que la gente está buscando un nuevo rey no deberían olvidar que están en un país en el que a un monarca se le cortó la cabeza”.

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