Martes, 28 Marzo, 2017

La cena de los idiotas

“Todo lo que puedo decirle es que en una sola noche se ha vengado por todos los idiotas invitados a todas las cenas de idiotas a lo largo  de todos los tiempos”.

Cineptos Zinescrúpulos | @cineptos


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Hay un refrán, creo que judío, que dice algo así como “No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás, y a un tonto por ningún lado”. Se ve que nuestro protagonista no conocía el refrán. Tampoco le hubiera hecho caso, de todos modos.

Pierre Brochant es un yuppie encantado de haberse conocido con una curiosa afición que comparte con sus amigos: las cenas de idiotas, que vienen a ser algo así como una competición entre varios individuos, que deben aportar cada uno de ellos un “idiota” a dichas cenas. Y que gane el mejor.

Los idiotas, desconocedores de su condición, van engañados a la cita, y disertan sin parar sobre alguna afición pintoresca como el boomerang o el fascinante mundo de los cucharones. Finalmente se decide cuál de todos es el más tonto, y aquél que lo haya invitado gana el juego. A todo esto, las víctimas de este entretenimiento tan mezquino nunca se llegan a enterar de que se están riendo de ellas, y quedan encantados y en las mejores relaciones con sus anfitriones.

Cualquier persona, sin importar su edad o condición puede ser una posible víctima de este juego; el grupo de Brochant es muy democrático en este aspecto. Al comienzo de la película,  Pierre Brochant empieza a impacientarse, ya que la cena está próxima y él aún no tiene su idiota, pero el mismo amigo que le había acusado un rato antes de querer engatusar a su padre para una cena de idiotas, deja su resquemor aparte y le presenta uno de primera categoría: François Pignon, aficionado a las obras de ingeniería a pequeña escala y con cerillas.

En parte se puede entender el “favor” que le hace a Brochant como venganza contra Pignon por el tremendo suplicio que debe haberle supuesto coincidir con él como compañero de tren. Alabados sean  los audífonos, que  hacen tanto por nosotros.

Inesperadamente Brochant sufre una lumbalgia que le incapacita temporalmente, pero ya ha entrado el señor Pignon en su salón, de donde no volverá a salir en lo que queda de película. En este aspecto se aprecia el origen teatral de la película: pocos personajes, mucho diálogo, y prácticamente se desarrolla por entero en un único espacio.

Para colmo de males, su esposa discute con él, le reprocha entre otras cosas su odiosa manera de divertirse, y para castigarlo acude a una cita con un seductor de tres al cuarto que en un principio había pensado ignorar.

Y ese es sólo el comienzo de los problemas de Brochant, pues Pignon, en su afán por ayudarlo, no hace más que empeorar cada vez más las cosas, llegando a hacer venir a casa de Brochant a la amante de éste, a su ex amigo y anterior pareja de su mujer, y a un inspector de hacienda. Y cuando parece que por fin ha tenido una ocurrencia brillante, es nada más que para volver a meter la pata estrepitosamente momentos después, dejando al descubierto sin pretenderlo todas las mentiras y miserias del hasta entonces exitoso e impune Brochant.

“En menos de una hora un idiota empuja a tu mujer a cometer adulterio, y a ti a las garras del fisco”

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La comedia funciona muy bien a pesar de ser unos personajes un poco planos. Como dice Brochant en tono irónico al final de la obra “el malvado señor Brochant y el bonachón señor Pignon”. Mientras que uno es cínico y cruel, pero encantador e inteligente, el otro es todo lo contrario; es torpe, pero quiere ser útil, y siente sincera compasión por Brochant, incluso cuando no la merece. En la vida real es muy raro encontrarse con caracteres tan nítidos, sin medias tintas. Pero las situaciones ridículas y embarazosas se suceden tan deprisa que no da tiempo a pensar nada de esto.

Por cierto, todas mis simpatías están con Pignon, pero que no se siente a mi lado en el autobús. Si no, habrá que usar los audífonos a tiempo, o bajar tres paradas antes. Otra cosa que me dicen que funciona muy bien es fingir que hablas sola, pero le veo demasiadas complicaciones al tema, aunque lo dejo apuntado por si alguien se anima a hacer una comedia sobre ello.

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Un artículo de Cineptos Zinescrúpulos escrito por Belén Martín de Villodres

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