Miércoles, 18 Octubre, 2017

            

Dos ideas para un Congreso

Foto: Gabinete
Agustín Palomar


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En el mismo momento en el que se abre el IV Congreso de Ciudadanos, abro yo un hueco en el trajín de mis propios trabajos para dedicar un tiempo a la reflexión política. Todos los afiliados de Ciudadanos sabemos que este Congreso es importante para nuestro partido y, sobre todo, es importante para nuestro momento histórico. De lo que surja de este Congreso va a depender mucho el papel de Ciudadanos en los próximos años y, también, la propia marcha de nuestro país: la fractura del modelo político anterior, donde la alternancia de los partidos era la clave de bóveda de la estabilidad política, ha hecho que la suerte de la estabilidad de nuestras instituciones y, con ellas, de nuestra sociedad, esté ligada a la suerte de partidos como Ciudadanos. Por ello, entre otras cuestiones, los afiliados vemos que los resultados de este Congreso serán decisivos. Una muestra de esto ha sido la expectación, participación e ilusión que se ha puesto en la elección de los compromisarios para el Congreso y que se ha vivido internamente en el partido como si fueran unas primarias. Quienes están ahí, creo, que son muy conscientes del trabajo y de la responsabilidad que los afiliados les hemos encomendado.

Aunque es difícil evitar en todo Congreso, y más en un Congreso de carácter político, el que pueda ser entendido, por parte de algunos, como un lugar para la exhibición, para la búsqueda de oportunidades propias, o para el regusto de la propia visibilidad, lo cierto es que un Congreso es el lugar donde las ideas tendrían que ser las verdaderas protagonistas. Por ello, aunque me considero bien representado, quisiera desde el hueco que abro en esta mañana para la reflexión dejar apuntadas un par de ideas, unas ideas que ya de alguna manera estaban prefiguradas antes de comenzar el Congreso, pero unas ideas que yo creo que tendrían, finalmente, que ser claramente perfiladas, como resultado del ejercicio de la razón pública, por nuestros representantes.

La primera idea es que Ciudadanos debe comprometerse con el ejercicio de gobierno allí donde es requerido para la gobernabilidad. Aunque cada situación política, en sus diferentes niveles, haya de ser estudiada particularmente, la idea general es que Ciudadanos debe dar un paso al frente en esta responsabilidad. Yo mismo defendí, en el primero de los artículos que escribí (http://www.granadahoy.com/granada/Sentido-alcance-alianzas-politicas-Cs_0_944305989.html), que, sin mayoría, la mejor forma de estar presente en las instituciones era haciendo posible la gobernabilidad pero situándose, al mismo tiempo, en la oposición. Ahora creo que esto ha de cambiar: en primer lugar, porque, definiendo en amplios marcos de consenso el camino que debe seguir el partido mayoritariamente votado, se gana más estabilidad participando proporcionalmente en el ejercicio de gobierno y asumiendo como propias, en la acción política misma, las exigencias y responsabilidades de quien gobierna. Pero, en segundo lugar, porque solamente, de este modo, el propio partido puede madurar al tener que exponerse al acierto o desacierto de sus decisiones concretas. Nada hay que pase más factura a un partido político que se su electorado perciba que tiene un cierto miedo a gobernar por no afrontar la equivocación que puede entrañar toda decisión política. Un partido madura cuando gobierna, si es honesto, porque tiene que llevar necesariamente la exigencia que pone en el espacio público desde la oposición a sí mismo, teniendo que responder de esta exigencia, primero, ante su electorado, pero, en segundo lugar, ante todos los que representa.

La segunda idea, que es para mí la fundamental, es dejar clara –digámoslo así– la cuestión ideológica. Ha causado cierto malestar en algunos afiliados la definición de Ciudadanos como un partido liberal, porque han entendido que si un partido se define como liberal, entonces ya deja a un lado el centro, del cual suele decirse que lo ocupa la socialdemocracia. Es como si, al definirse como liberal, Ciudadanos se despreocupara de la configuración política y social del Estado de bienestar. Pero esta idea es gratuita y no se sostiene en sí misma, porque la cuestión verdaderamente importante no si hay una oposición irreconciliable entre la libertad, que se supone que es el valor del liberalismo, y la justicia social, que se supone, a su vez, que es el valor de la socialdemocracia,  sino cómo han de ser ordenados los principios que organizan un Estado y una sociedad. Nadie rechazaría hoy en nuestras democracias la exclusión de uno de esos dos valores: nadie querría vivir en una sociedad donde no hubiera libertades y nadie querría vivir en una sociedad en la que desde el poder político no se propiciara la justicia social. Pero es más, y es aquí donde quiero llegar, el liberalismo se afirma, primeramente, en la convicción de que, sin libertad, no es posible el progreso en la sociedad a medio y largo plazo –la verdadera prosperidad no es la de las élites que controlan los Estados expropiando a los individuos, sino la que disfrutan los ciudadanos– y, segundo lugar, el liberalismo se afirma en la convicción de que la libertad exige el igual trato formal de todos, esto es, la salvaguarda, en un Estado, de los derechos fundamentales. Pero, junto a esto, desde el liberalismo también se afirma que no es posible la libertad política para una sociedad democrática si en esa sociedad no se articula sobre criterios de justicia social. Sólo las sociedades más justas son también las sociedades más libres.

Ciertamente, quien conozca el actual panorama de las teorías políticas habrá advertido que esta última idea tiene su asiento en el Liberalismo político de Rawls. No es casual en modo alguno para mí: sólo me afilié a Ciudadanos cuando terminé de hacer mi propia lectura de este libro de Rawls, lectura de la que surgió la necesidad de releer  para nosotros la concepción política de la justicia y el liberalismo. Creo que no se trata una vez más –Dios nos libre de ello– de llevar principios filosóficos a la realidad, sino sencillamente de buscar en los argumentos de la tradición política de liberalismo –tradición que tiene uno de sus bastiones fundamentales en nuestra propia tradición de pensamiento político– el modo como tenemos que salir al frente de los retos políticos en este nuevo tiempo en el que nos ha tocado vivir. Dejo aquí este par de ideas, ignoro, si el hueco que he hecho en mi reflexión para que ellas se salgan a la luz, tendrá repercusión alguna. Pero me veía en la obligación, en esta mañana donde se debaten de ideas políticas en mi partido, de aclararme a mí mismo lo que sería fundamental en este Congreso. Deseo que, por el bien de todos los ciudadanos de España, se hable, se perfile, se concrete y se fortalezcan, más allá de las estrategias políticas, las ideas que definen a un partido tan necesario como el nuestro.

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