Sábado, 27 Mayo, 2017

Disquisiciones en torno al silbo amoroso

Foto: Archivo


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Antes el silbido era un lenguaje. Teníamos silbidos para todo. Había uno de admiración. Otro de sorpresa. Otro si queríamos llamar a alguien. Otro de lamentación o cuando recibíamos una noticia muy triste: el que hubiéramos emitido al enterarnos de los terribles atentados de París. Y había otro que lanzábamos cuando pasaba una mujer imponente por nuestro lado. Ese silbido era genial. En un pequeño experimento que he hecho a través del ‘wasap’, muchos de mis lectores habituales me han demostrado que lo recuerdan perfectamente. Lo han grabado y me lo han enviado. Algunos me dicen que de no practicarlo ya casi se les había olvidado y otros aluden a ese temor que existe hoy día de ser tratado de machista si se piropea a una mujer con un silbido. “A mí me gustaría, pero te puedes ver en la cárcel acusado de acoso sexual”, decía mi amigo Enrique en un ‘wasap’. Las mujeres no han obviado el tema y han entrado en él como corresponde a su papel en el mismo. Mi amiga Escarlata, médica ella, dice que cuando oía un silbo de esas características dirigido a ella le gustaba. “Era halagador”, comenta. Encarna me dice que “si oía uno de aquellos silbidos me alegraba el día”.  Araceli no reprueba los silbidos de los hombres lanzados a las mujeres, aunque “prefiero una mirada”. Y una lectora llamada Ana me cuenta que ella era telefonista y que cuando iba a trabajar, todas las mañanas un joven panadero le lanzaba un silbido a modo de piropo. “Había días que pasaba a propósito para oírlo. Hoy ese panadero es mi marido. Llevamos cuarenta años casados, tenemos tres hijos y cinco nietos”.

Por todo eso me propongo iniciar una campaña para rescatar los chiflidos de nuestra infancia tras haber sido sepultados en esta sociedad tecnológica en la que los únicos silbidos que se oyen son los de los móviles que anuncian que ha entrado un wasap. Y termino con ese viejo chiste de un hombre que se encuentra con un amigo y le cuenta que desde que él y su mujer duermen separados, aunque en la misma casa, todo en el matrimonio va mejor.

-Oye… ¿y si tienes ganas de echar un ‘quiqui’? -le pregunta el amigo.

-Pues entonces silbo y mi mujer viene a mi habitación.

-¿Y si es ella la que tiene ganas?

-Pues sale al pasillo y dice: ‘Pepe… ¿has silbao?’.

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