Martes, 18 de Diciembre de 2018

            

Cadena Criminal

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Carmen Salinas | @MenMarias


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«Si yo hubiera sido más justo, tal vez no tendría delante de mí a un criminal»

La pasada Navidad me regalaron una exquisitez que no he degustado hasta ahora: Los hermanos Karamázov, de Dostoievski. Y no cualquier edición, sino una de las mejores que pueden encontrarse a día de hoy, de Alba Editorial, colección Clásica Maior. Ha sido difícil tenerla seis meses mirándome con hambre, pero solo leo a Dostoievski en verano. Manías.

Dice el stárets Zosima (un stárets es un consejero espiritual en los monasterios ortodoxos):

«Sobre todo recuerda que no puedes ser juez de nadie. Pues no puede haber sobre la tierra un juez para los criminales antes de que este mismo juez se reconozca tan criminal como el que tiene delante de él y admita que, antes que nadie, es culpable por el crimen del que tiene delante. Si yo hubiera sido justo, tal vez no tendría delante de mí a un criminal.»

Al leer esta sentencia adiviné una especie de grito rebotando contra las paredes de mi cerebro. Un grito que me dejaba sorda, que me apretaba la cabeza, que me mordía. Con la majestuosidad a la que Dostoievski nos tiene acostumbrados, plantea una justificación a la maldad humana consistente en una cadena imparable de malas acciones que corrompen a las buenas personas convirtiéndolas en malas. Estos nuevos seres contaminados, a su vez, actuarán de igual forma con los que aún son virtuosos de manera que la cadena siga girando como un virus que infecta de maldad a todo ser bueno. Sin embargo y como plantea el autor, juzgamos a los criminales, hemos creado incluso la figura del juez o la jueza, la persona responsable de esta tarea. Todo ello así, la cuestión es clara: ¿somos todos y cada uno de nosotros responsables, como afirma Dostoievski, de la existencia de «criminales»? ¿Los creamos nosotros mismos con nuestras malas acciones para después juzgarlos? Para mí, la respuesta es un rotundo sí. Y quisiera, para justificarme, hacer referencia a la infancia, momento en el que se gesta la personalidad.

Una niña o un niño es una caja vacía. Así venimos al mundo. Esa caja va llenándose desde nuestro primer día de vida; desde antes, incluso. Cualquiera conoce las consecuencias de llenar una caja con basura y de llenarla con pétalos de rosa. Desconozco si siguen emitiendo el programa «Hermano mayor», pero pocos insultos a la inteligencia he presenciado como ese. En él, una especie de tipo duro y a la vez sensible se enfrentaba a adolescentes con un nivel de ira tan alto que atentaban contra la integridad física de sus padres. La función del «hermano mayor» consistía en hacerles ver que sus padres no merecen semejante trato. Hasta ahí de acuerdo, por supuesto, la violencia es injustificable. No obstante, la rabia de estos chavales que se prestaban al experimento no quedaba gestionada. Todo lo contrario, la solución era hacerles sentir culpables por su comportamiento, pedir perdón y prometer cambiar. O lo que es lo mismo: intercambiar la posición de víctima y verdugo. Literalmente, darle la vuelta.

Hace poco vi en un programa a una madre enseñando a la periodista la orden de alejamiento que había solicitado contra su hijo por las amenazas de muerte que este le dedicaba. Decía sentir auténtico miedo. Hasta ahí lamentable, por supuesto. Pero estaba segura de que había más, y efectivamente. Esta señora comentaba, de pasada, sin ninguna importancia, que cuando su hijo tenía 4-5 años, era politoxicómana. Que lo abandonó en numerosas ocasiones. Que varias parejas que tenía por aquella época maltrataban al chaval. Pero oigan, es que mi hijo me amenaza de muerte, y yo no entiendo por qué el niño –que, por cierto, es un auténtico delincuente– se comporta así si yo ya estoy bien.

Podría regalarles mil ejemplos como estos, pero no creo que sea necesario. La rabia, la ira, son sentimientos con cualidades evolutivas, por eso los sentimos absolutamente todas y todos. ¿Recuerdan al rebelde sin causa? Claro que tenía causa, siempre la tiene, aunque en apariencia no podamos explicarla. No seré yo quien justifique la violencia, por supuesto, pero sí los sentimientos que en determinadas ocasiones nos llevan a ella. Aprender a gestionar las emociones no es fácil. Principalmente por dos motivos: para reconocer que uno está equivocado hay que ser muy valiente, y de eso no es capaz cualquiera. Además, es caro. Muy caro. Sesenta euros a la semana, aproximadamente, cantidad de dinero que no todo el mundo puede ofrecerle a un psicólogo. Cuando uno es tan afortunado de aprender gestión emocional entiende que el primer paso es alejarse del foco tóxico. Hay determinadas heridas que solo sanan con reposo, mucho reposo. Pero cuando no es así nuestra guía es el instinto, porque de racionales nada, somos seres completa y absolutamente emocionales. ¿Qué nos dice el instinto? Venganza. ¿Y cómo concibe la mayor parte de las venganzas nuestra sociedad? Como delitos. Y ahí los criminales. Los criminales que hemos creado nosotros y ahora vamos a juzgar.

Los adolescentes de Hermano mayor son víctimas. El chico de las amenazas de muerte es una víctima. Son monstruos que sus padres han creado y de los que ahora no saben cómo defenderse. Pero es que esos padres, muy probablemente, a su vez son víctimas de los suyos o de otras personas o circunstancias que los han llevado a la marginalidad, a la droga, a la violencia. Esos verdugos también fueron personas buenas a las que alguien o algo corrompió. Y lo peor de todo es que si estos chavales no consiguen aprender a gestionar la ira que sienten, se reproducirán y tratarán a sus hijos como ellos han sido tratados. Y ahí la cadena de la que habla Dostoievski: si yo hubiera sido más justo, tal vez no tendría delante de mí a un criminal.

El cerebro no trabaja con obviedades. Cuando vemos a nuestro padre prohibir a nuestra madre salir con sus amigas sabemos que no está bien. Lo sabemos todos. Pero si es lo que hemos visto, salvo que hagamos un trabajo increíblemente agotador y caro a nivel psicológico, reproduciremos el comportamiento, porque nos ha generado una estructura mental. Con nuestras acciones modelamos el mundo, qué decir si somos padres. Hay que ser muy valiente para darse cuenta de ello, porque lo peor es que no lo comprendemos, tendemos a pensar que todo lo hacemos bien y los niños nos salen malos como los jamones. Mala suerte. Pero no es así. Un niño jamás tiene la culpa de nada. Jamás. Es una caja vacía que otro u otra ha llenado. No olvidemos nunca cuando tengamos delante a un «malo», que no ha de ser tan solo un asesino, puede ser el impresentable de nuestro jefe que nos trata como si fuéramos basura, que «si yo hubiera sido más justo, tal vez no tendría delante de mí a un criminal», y contribuyamos entre todos a que esta cadena pare.


Comments

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  1. Uff totalmente de acuerdo. Yo tb pensaba eso cuando echaban hermano mayor, ¿porque no explicaban como era la vida del niño cuando era pequeño? Totalmente de acuerdo, un niño no tiene la culpa de nada jamás. Es como dices, creamos monstruos y ahora no sabemos defendernos de ellos. Bien por decir las cosas claritas, que últimamente le damos la vuelta a todo.

  2. Estoy de acuerdo, quizás no existan las personas malas, sino las personas que no han recibido una educación o una formación. No obstante creo que debe castigarse un comportamiento violento o agresivo, pues el resto no podemos pagar el pato.

    Un abrazo