Un científico granadino estudia los efectos de la escalada en la biodiversidad

Martí March lidera un proyecto que mide en varios países los daños, a menudo involuntarios, que los deportistas causan a la flora

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Un escalador del proyecto WorldClimb, en una montaña en Pitones (Madrid) | Foto: Martí March Salas. Vídeo: Dani Bayona con fotos de wikipedia
Guillermo OrtegaGuillermo Ortega
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Martí March Salas nació en Palma de Mallorca, pero a todo el que le pregunta de dónde es, le responde que de Granada. Aquí se trasladó cuando tenía tres años, en la Universidad de Granada estudió Ciencias Ambientales e hizo un máster en Biología, que acabó en 2011, y, en definitiva, se siente más granadino que otra cosa.

Ahora, a sus 32 años, trabaja para el Centro Superior de Investigaciones Científicas y está al mando del proyecto WorldClimb, que analiza los efectos de la escalada deportiva en la biodiversidad. Su equipo, compuesto de más de veinte personas, estudiará sobre el terreno y de forma exhaustiva el impacto que, a menudo de manera involuntaria, los escaladores provocan, fundamentalmente en la flora.

WorldClimb se desarrollará en varios países que comparten una característica: su clima mediterráneo. Así que el estudio se hará en España, Australia, Chile, Suráfrica y Estados Unidos, más concretamente en California.

«Creemos que es un clima perfecto para este estudio, porque son lugares donde hace calor durante buena parte del año y por tanto se practica la escalada deportiva también casi todo el año. La vegetación, además, tiene unas características similares», explica el científico.

La idea de llevar a cabo este proyecto surgió mientras March dirigía la tesis de un estudiante de la Universidad Politécnica de Valencia, que se relacionaba con este impacto ambiental. Esa tesis se publicó en 2014 y el estudio tuvo «muy buena acogida, pero la metodología no estaba muy bien definida y su ámbito se restringía a ámbitos muy locales, a pequeña escala. Entonces se me ocurrió que podíamos hacer algo más grande», resalta.

Durante el último año y medio, los investigadores han estado, más que nada, recaudando fondos para emprender la aventura. Ahora la van a poner en marcha y estarán en ello al menos un año, aunque «si los fondos dan para ello», WorldClimb podría prolongarse cinco años.

El objetivo, además, es que los resultados vayan retroalimentándose con las aportaciones de cualquier persona que acceda a la base de datos de WorldClimb y aporte su experiencia, siempre que utilice la misma metodología de trabajo que los investigadores que ahora se ponen en marcha. «Así podremos seguir recopilando datos continuamente y no sólo ya de países de clima mediterráneo, en los que vamos a centrarnos nosotros, sino de otros muchos lugares. Ya hemos recibido mensajes de personas de Polonia, Alemania o Argentina que están dispuestos a colaborar», indica, sin disimular su entusiasmo.

Errores involuntarios

Martí March, que es hijo de Joan Carles March, colaborador de GranadaDigital, aclara que en absoluto tiene un mal concepto de los escaladores. «Todo lo contrario, creo que son en general personas que apuestan por la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente. Lo que ocurre es que, mientras escalan, pueden dañar involuntariamente», resalta.

¿Cómo? Pues de diversas manera. «A lo mejor es tan simple como poner el pie donde no se debe y pisar una planta, lo que en un sistema tan frágil significa su destrucción y aumentar el riesgo de perder una diversidad biológica única como la que tenemos».

Otro ejemplo: no pocos montañistas acostumbran a limpiar con cepillo los líquenes de las zonas por las que escalan, para facilitarles su labor. «De esa forma se produce un daño irreparable, los matan».

«De lo que se trata no es, por supuesto, de impedir a nadie practicar su deporte favorito, sino de darles toda la información y de implicarles en la defensa de esa biodiversidad. Queremos crear vínculos entre los deportistas, los investigadores y los gestores de los parques naturales y demás espacios protegidos», añade.

Con lo que Martí March no está en absoluto es con el turismo invasivo que, como muestra más extrema, ha llevado a que haya colas de personas, la mayoría de ellas inexpertas, para hacer cumbre en el el Everest. Entiende que eso es muy negativo, aunque también, en menor medida, las carreras de montaña donde participa «gente que no es responsable, que se sale de los caminos marcados, que genera basura, que invade espacios con flora protegida…», enumera.

Todo es ilusionante en este estudio. La única pega que pone su director es lo difícil que ha sido y es involucrar a instituciones públicas y privadas en su financiación. «Es una pena, pero las ayudas que nos llegan son a menudo minúsculas, sobre todo en comparación con otros países. Eso hace que algunos investigadores hasta se vean obligados a desligarse del proyecto porque no hay fondos para pagarles. Debemos hacer una apuesta mucho más decidida por este tipo de proyectos», concluye.



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