Y que, pese a todo, brindemos

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En casa de mis padres, la que será siempre también la mía, la Navidad empezaba en este puente que hemos dejado atrás.

Cada año, cuando llegaba el día 6 de diciembre, nos juntábamos los cuatro para poner el árbol y decorar el resto de la casa.

Mi hermano solía hacer acto de presencia y después se iba a su templo, a su cuarto, dónde pasaba horas y horas escuchando una música completamente distinta a la que escuchaban los chicos de su edad.

Las cajas del árbol y la decoración estaban en una estantería gigante de metal que hay en el garaje. Tiene 5 baldas y siempre guardaban lo importante en la última para que yo no pudiera llegar. De hecho, si llegaba el puente y mis padres consideraban poner el árbol el domingo en lugar del sábado, me mosqueaba mucho y luego colgaba los adornitos a regañadientes, como si no estuviese disfrutando del momento cuando en realidad el corazón estaba apunto de petarme de felicidad e ilusión al pensar en las fechas que se acontecían. 

Pero así era yo, una niña cabezona e inmensamente irritable a veces y un pozo de felicidad y sonrisas la mayor parte del tiempo.

Algunos años mi vecina Gemma y yo nos juntábamos para pintar de dorado piñas que nuestros padres nos recogían.

 Poníamos una sábana enorme en el suelo y unos guantes que nos duraban no más de tres minutos y así podíamos tirarnos las horas muertas.

Tengo una foto en la que yo no debo tener más de seis años y ella cuatro. Salimos las dos pintando piñas con cara de estar descubriendo un mundo nuevo, con la lengua fuera demostrando que estamos concentradas y de pintura dorada hasta el pelo.

 El mío, por cierto, era liso como una tabla, así que imaginad si ha llovido desde entonces.

Luego las piñas las colgábamos en el árbol y a nosotras no podía cabernos más orgullo en el pecho.

A día de hoy no tengo apenas contacto con ella; su padre falleció el año pasado y fue cuándo me di verdaderamente cuenta de la importancia del paso de algunas personas por nuestra vida.

De que, a veces, aunque las relaciones se rompan, el amor no se acaba. La admiración no muere, aunque en ocasiones quisiésemos. Ver sufrir a esa persona te sigue haciendo sufrir a ti.

Y no sé, supongo que es una mierda y que también tiene su parte bonita.

Nosotras crecimos prácticamente juntas, pero al llegar a la adolescencia cada uno tiró por su lado. No pasó nada, la relación se fue enfriando hasta convertirnos en vecinas que se saludan al pasar.

Dudo que leas esto, Gemma, pero si lo haces, que sepas que siempre voy a tener dentro de mi un trocito con tu nombre, y que cada vez que ponga el árbol me voy a acordar de ti.

Volviendo a la Navidad y a lo de decorar la casa, creedme que era toda una aventura. Sacar esas luces de esas cajas era toda una aventura. En lo que las desenredabas te daba tiempo a montar unos 7 árboles.

Y claro, todo eran risas hasta que se sorteaba a quién le tocaba desenredarlas, que eso ya no hacía tanta gracia. Si le tocaba a mi padre mal, porque es la persona más impaciente del mundo para según qué cosas, y si le tocaba a mi madre mal también, porque se ponía de mal humor y yo no lo entendía.

A mi nunca me tocaba porque lo más probable era que nos quedásemos sin luces.

La verdad es que dejábamos la casa bastante bonita; solíamos decorarla sencillita, con luces siempre blancas, sin espumillón, y una bandeja enorme de dulces y turrones presidiendo la mesa.

Puedo recordar como si fuera ayer a mi padre comer turrón y a nosotros quejarnos del ruido que ha hecho siempre comiendo. 

Yo me empeñaba en encender el árbol desde por la mañana y mis padres no me dejaban hasta que se hiciese de noche, algo que no entendí hasta que empecé a pagar facturas.

 Ahora, cada vez que me veo cerrando puertas para que se mantenga el calor y evitando derrochar luz, me acuerdo de ellos diciéndome: “Madre mía, Claudia, de la de cosas que te vas a dar cuenta cuando seas mayor”.

Y acto seguido pienso: “Madre mía, papá y mamá, lo que daría por volver a vivir junto a vosotros algunos de esos momentos”.

La noche de Reyes dormía con mi hermano. Me ponía la radio para que me costase menos conciliar el sueño.

A las 7 de la mañana, despertábamos a nuestros padres y bajábamos al salón a ver los regalos que nos habían dejado, y cuanta menos leche hubiese en el cacharro que le habíamos puesto a los camellos más creíble era.

Ahora todo ha cambiado. Ya no vivimos juntos, y dicen que su ilusión por la Navidad se acabó en el momento que yo me fui de casa. Y la mía bueno, supongo que sigue viva porque ellos son los que más tienen que ver en ella. Y en todo. 

Mi abuela ya no puede mandarnos postales de Navidad para poner encima de la chimenea y este año tampoco cenará con nosotros.

Las calles están iluminadas, pero las sonrisas apagadas.

Y aún así vamos a brindar, claro que sí. 

Vamos a celebrar la suerte de estar sanos. Y aunque no podamos abrazarnos, lo vamos a hacer con la mirada.

No quiero regalos, quiero salud.

No quiero celebraciones, quiero una vida tranquila y sin pandemia.

Sin miedo.

Quiero dejar de echar de menos y besar de más. 

Estos son mis deseos de año nuevo. Y que la normalidad llegue, pero no la nueva, la de siempre. 

Feliz vida, amigos. Quiero pensar que, esta vez sí, todo irá bien.







Comentarios

Un comentario en “Y que, pese a todo, brindemos

  1. Buf Claudia!!….es la primera vez que te leo y me has emocionado, has hecho que mis ojos se llenen de lágrimas y de nostalgia. ¡Cómo me veo reflejado en ti!. ¡Con que dulzura y naturalidad has escrito y descrito ese sentimiento navideño y esos momentos!
    Eres brillante. Poca gente es capaz de llegar al corazón y al alma de otra a través de lo que escribe y tú eres una de ellas.
    Si lees esto, intenta conseguir a través de “Granadadigital” mi correo electrónico, tienen mi permiso para dártelo. Me gustaría enviarte un “Relato de Navidad” que escribí el año pasado. Me gustaría que lo leyeras y me dijeras qué te parece. Es un folio, se lee pronto.
    Gracias, y aunque no te conozco personalmente te puedo decir que “No cambies nunca”.
    Mil gracias, de corazón.

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