Los días pasan rápido

Noto el paso de los años cuando veo debutar en primera a los hijos de futbolistas que vi jugar y con el cese de actividad de algunos comercios

Tamudo La Parra
José Quesada no volverá a tomarse un Tamudo en La Parra | Foto: José Quesada
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La semana pasada estuve hablando con un grupo de amigos sobre las señales del paso del tiempo. Canas, problemas de vista, dolores de espalda… Había hasta quién auto diagnosticaba afecciones de oído. Todos rebasaban los 40 y a mí me dio vergüenza decir que si, que yo también noto el paso de los años en mis rodillas. Pero que cuando realmente lo siento caer sobre mi espalda como una losa, es cuando veo debutar en primera a los hijos de futbolistas que vi jugar. Eso y el cierre paulatino de los bares que frecuentaba no hace mucho.

Es imposible no sentirte un poquito más viejo cuando compruebas el cese de actividad de algunos comercios. Cuando ves que cierran uno tras otro los locales que te vieron crecer. Los salones recreativos, las tiendas de ropa, alguna papelería, numerosos pubs y discotecas y muchísimos bares. Bares que te dejan con el recuerdo de las cañas bien tiradas, del sabor de las buenas tapas y de las conversaciones sobre la barra. Nunca me sabrá igual una cerveza desde que cerraron el bar de Los Uruguayos de la Plaza de Toros y los uruguayos se fueron de Granada, dejando sitio para más cervezas y otras tapas, pero dejando huérfanos de su alegría y simpatía al barrio del albero. Sería una lista interminable el recuerdo para aquellos lugares que chaparon por una razón u otra, más aún con el fuerte pisotón al acelerador de la pandemia del coronavirus. El último, Los Diamantes, el original, donde para degustar una cerveza y una tapa de pescaíto frito había que ser un buen granaíno y tirar de malafollá. Eso me hace viejo, lo sé. Al igual que me lo hace sentir cuando veo jugar al hijo de Kluivert, al de Hagi o al de Paco Llorente.

Un acelerón en el tiempo que, a decir verdad, me hace tener que pensar durante unos segundos los años que tengo y los que voy cumpliendo. Y si no lo pienso detenidamente y mi mujer no anda cerca para chivarme, suelo errar. 35, 36, 37… Qué más da, suelo pensar a veces, si no volveré a ver jugar a Zidane ni a tomarme una porción de pizza sentado en el escalón de Los 6 duros.

De un tiempo a esta parte, casualmente coincidiendo con el poblamiento de canas sobre mi pelo, me he percatado de una nueva constatación para el paso del tiempo: los cumpleaños de mis hijas. El jueves pasado Paula cumplió 6 y por la noche, mientras repasaba los mejores momentos de su fiesta y yo la arropaba para dormirse, con apenas dos frases y una simpleza descollante me derrumbó. “Los días pasan rápido que no veas” soltó, como quien sirve un pase de la muerte en el área chica esperando un remate imparable. No tardó en hacerlo: “Han pasado tan rápido que te has hecho viejo”. ¡Ay! –pensé para mis adentros- ¡si ella supiera que yo vi jugar al padre de Busquets y fuera consciente de que jamás se tomará un Tamudo en La Parra!







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