Fútbol o libertad

Granada CF - Cadiz CF
El Granada CF perdió contra el Cádiz CF en el último partido disputado en el Nuevo Los Cármenes | Foto: Antonio L. Juárez
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De igual forma que la búsqueda de la felicidad lleva a cada persona a andar un camino diferente, es curioso comprobar en qué recóndito lugar encontramos cada uno de nosotros la libertad. Y si no que se lo digan a los madrileños, que parecen que la han encontrado alrededor de la señora Ayuso. Por mi parte, yo también me he sorprendido al encontrarla esta semana pasada, aunque en mi caso ha sido muy lejos de las urnas: lo hice con la derrota del Granada frente al Cádiz. Y es que tengo que reconocer que el fútbol actúa jornada a jornada como carcelero de mi vida social.

Sí. Los giros más o menos aleatorios de esta dichosa pelotita, me han precipitado cambios de trabajo, me han cercenado amistades, me han roto planes e, incluso, me han hecho discutir alguna vez con mi paciente esposa. Me pasó en 2008, cuando me replantee mi trayectoria profesional por perderme el España-Francia del Mundial al estar trabajando perdido de la mano de Dios en un pueblo fantasma. O cuando salí a deshoras de la oficina y de camino a casa vi a la muchedumbre de un bar echarse las manos a la cabeza tras ver el maradoniano gol de Messi al Getafe, ese que yo pude presenciar ya en el telediario. O aquella otra vez que obligué a mi mujer a irnos de una boda sin pisar la pista de baile (y sin probar la barra libre) porque el Granada jugaba frente al Elche. Estos son solo algunos ejemplos que me han venido a la cabeza mientras escribo estas líneas de las tantas veces que el ir a Los Cármenes o querer ver un partido en la tele me han hecho faltar a cumpleaños, citas o compromisos varios.

Por eso, ahora que parece que voy a ver morir la temporada sin estar preso de los nervios -algo para nada habitual para los aficionados al Granada- me siento libre. Puede que tanto como los propios madrileños. O incluso más, si pienso que justo ahora las restricciones derivadas de la pandemia empiezan a aflojar. Así que imagino que debo alegrarme, aunque no vea al Granada en Europa la próxima temporada. Ahora podré degustar las comidas familiares sin los inoportunos atragantamientos al comprobar el resultado de los partidos que se juegan a la hora de comer. Podré bajar tranquilamente a la playa sin importarme la hora de vuelta y sin mosquearme si no consigo sintonizar la cadena de radio en la carretera. No me agobiaré si mis hijas y sus amigas revolotean por casa mientras padezco un partido de infarto.

¡Qué lejos parecen quedar los descuentos eternos, los goles sobre la bocina y los inoportunos penaltis! Sin duda, parece que todo son ventajas. Será cosa de la libertad.