Oliver Delicatessen: 170 años de historia en el centro de Granada

Rafael Rodríguez ha logrado mantener con éxito uno de los negocios más míticos de la capital

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Tienda Oliver Delicatessen | Foto: Carlos Gijón
Mayte Ruiz
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“Buenos días, Antonio, ¿qué tal tu hijo?”, “¡Hola, Mercedes! ¿Te pongo lo de siempre?”, “Pasa, José, ¡cuánto tiempo! ¿Habéis estado de vacaciones?”. Entre bolsas de frutos secos, conservas gourmet y botellas de vino se puede apreciar un intenso olor a familia, historia y amor por la comida. 

Un señor de origen cubano abrió un colmado en la Plaza de la Trinidad en 1850. Años después, la familia Oliver, la que le da nombre al local, compró el negocio. Son numerosas las historias que rodean el establecimiento: sitio de paso para intelectuales granadinos de principios de siglo, ultramarinos de confianza de García Lorca… Las estanterías de madera barnizada, desde su aspecto cuidado, quieren engañar al ojo del visitante, pero parecen guardar más de un secreto.

Un agitado siglo XX no fue capaz de derribar estas paredes de exóticos aromas, ni siquiera la jubilación de Baldomero Oliver en la década de 1990. En ella vio una oportunidad Flora Rodelas, que vio marchar hacia el servicio militar a un joven Rafael, y quiso asegurarle un futuro comprando el negocio. En 1996, y por la pronta muerte de su madre, tuvo que hacerse cargo de la tienda. 

“Baldomero, yo quiero ser como tú de mayor”. Rafael admite que su sueño, desde pequeño, era trabajar allí. “La tienda para mí era un sitio mágico. El dueño me dejaba entrar, coger lo que quisiera y yo era feliz”, comenta. El tendero nació en la calle Fábrica Vieja, por lo que Oliver Delicatessen es parte de su cotidianidad desde que era niño.

“La familia Oliver impuso el fruto seco como producto estrella y así sigue siendo”, explica el actual dueño. Una amplia variedad de frutos secos decora el mostrador, para su venta a granel. “Es raro encontrar tiendas en las que poder comprar frutos secos al peso y eso nos diferencia”, añade. Con su incorporación al negocio, nuevos productos invadieron el establecimiento: productos gourmet, vinos, chocolates, y conservas. “Actualmente no nos planteamos ampliar la oferta, pero porque no cabe nada más”, ríe Rafael. 

Un punto de inflexión para todos los establecimientos fue el decreto del estado de alarma a nivel nacional en marzo de 2020. Rafael continuó abriendo cada mañana su tienda por ser servicio esencial y para cumplir la demanda del momento e implementó el reparto a domicilio. “La gran diferencia con la vida antes de la pandemia es que nuestros productos deben estar cerrados. Aunque parezca una tontería, el cliente compra con la mirada y las bolsas de frutos secos abiertas llaman a todo el que se acerca, cerradas no”, argumenta Rafael. El dependiente comenta que “la fidelidad del cliente local ha sido clave para su mantenimiento en estos últimos tiempos”. 

Desde que él comenzó a regentar Oliver Delicatessen, el panorama comercial ha fluctuado: nuevas grandes cadenas han tomado los primeros puestos de ventas y luchan entre ellas por seguir en el ranking. Pero al tendero de Oliver no le preocupa: “Ellos no tienen lo que nosotros tenemos”. Se refiere a la cercanía, el contacto directo con el cliente, la continua adaptación a la demanda y el cuidado y el respeto a la materia prima y a su conservación son sus puntos fuertes. “El modelo de negocio tradicional de calidad no peligra en un entorno lleno de grandes superficies. Aquí los clientes no son un número, aquí tienen nombre y apellido”, concluye Rafael.

El goteo de personas es incesante. Desde las diez, cada mañana Oliver Delicatessen se convierte en una pasarela de granadinos amantes del buen comer. “Buenos días”, una sonrisa y materia prima de calidad: ese es el secreto de la longevidad para un negocio que no se cansa de endulzar las calles de Granada.