Buen gobierno corporativo

La fusión entre integridad y alta gestión no debe ser una floritura temporal, ni la iniciativa de un mes, sino la base de la compañía

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Las empresas, tanto públicas como privadas, deben basar su estrategia sobre tres claves fundamentales: sostenibilidad, tecnología y buen gobierno | Foto: Archivo
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Para mirar hacia el futuro con optimismo, las empresas, tanto públicas como privadas, deben basar su estrategia sobre tres claves fundamentales: sostenibilidad, tecnología y buen gobierno. De las dos primeras ya les hablé en mi pasado artículo del veintitrés de junio de este mismo año. Hoy, pues, corresponde hacerlo de la tercera en discordia.

El buen gobierno corporativo pretende mostrar que las políticas éticas en la empresa no constituyen una maniobra publicitaria para aumentar ventas con humanismo hipócrita, sino que verdaderamente constituyen una estrategia que busca la efectividad en todos los ámbitos del negocio, eliminando las amenazas que resquebrajan la integridad de la compañía. La fusión entre integridad y alta gestión no debe ser una floritura temporal, ni la iniciativa de un mes, sino la base de la compañía. Por ello, la combinación de gestión competente e integridad máxima será el resultado de un desempeño complejo que exige la figura de un CEO con preparación, experiencia y mano izquierda.

Pese a que quedan desafíos por superar, la mayoría de cotizadas en España cumple con las recomendaciones establecidas en los códigos de buen gobierno y son el espejo en el que se reflejan el resto de empresas que quieren alinearse con las mejores prácticas de mercado en pro de la transparencia y mejora de su gobierno corporativo. Son, por tanto, las grandes empresas las llamadas a ejemplificar el nuevo paradigma de buen gobierno. Marcan el camino.

En este sentido, es importante recordar los cuatro ejes de la reforma del Código de Buen Gobierno aprobada por la CNMV en 2020:

1. El fomento de la presencia de mujeres en los consejos de administración.

2. La mayor relevancia de la información no financiera y la sostenibilidad.

3. La mayor atención a los riesgos reputacionales y en general no financieros.

4. La clarificación de aspectos relativos a la remuneración de consejeros.

Los beneficios que se derivan de una cultura basada en el buen gobierno, donde el CEO y su equipo directo logran implantar hábitos de gestión competente con integridad exigente, se podrían clasificar, según el ámbito de actuación, en tres: beneficios internos, beneficios en el mercado, y beneficios en la comunidad internacional.

Dentro de la propia compañía, los beneficios de una integridad alta son los siguientes:

1. Ofrece procesos transparentes que promueven la comprensión y el apoyo de los empleados.

2. Empodera a los empleados para hablar sin reservas de sus preocupaciones de gestión e integridad.

3. Contribuye poderosamente a gestionar el empleo de forma meritocrática, conectando los valores personales con los valores de la empresa, de modo que converja el “quién”, con “lo que hace”.

4. Se favorece un sistema de Recursos Humanos basado en el mérito, en vez de en la antigüedad o en la afinidad.

5. Ayuda a atraer, retener y motivar el talento dentro de la compañía.

6. Ofrece un ambiente positivo y una cultura empresarial en la que confluyen los valores personales con los valores de la compañía, mejorando de este modo la moral y el orgullo por el desempeño y por la pertenencia a la compañía.

Al mismo tiempo, el énfasis de la empresa en una cultura ética, genera beneficios que trascienden los límites de la propia organización, y afectan directamente a la comunidad nacional e incluso internacional:

1. Contribuye materialmente con la integridad, ofreciendo productos o servicios de calidad.

2. Evita o al menos reduce drásticamente los riesgos y posibilidades de sucesos catastróficos, y otro tipo de costes, como, por ejemplo, demandas o quejas de los clientes, o costes de recuperación medioambiental.

3. Reduce costes y aumenta la efectividad en los procesos de producción.

4. Ensalza la reputación de la compañía a los ojos de los accionistas, acreedores y agencias de calificación que, por razones económicas, añaden los riesgos de integridad entre sus análisis de inversión.

5. Gana la confianza de compradores y proveedores, convirtiendo a la compañía en un socio con el que se desea trabajar.

6. Diferencia la empresa de otras competidoras, menos escrupulosas con los estándares de integridad.

7. Atrae a las comunidades de inversores.

8. Encara nuevos problemas sociales, como el cambio climático, beneficiando tanto el propio negocio como su reputación.

9. Ayuda a generar confianza en todos los niveles.

10. Aumenta las posibilidades de generar en los medios de comunicación una imagen positiva sobre la reputación de la marca.

11. Ayuda a restaurar y mantener la confianza en las empresas, a la vez que actúa como antídoto contra los constantes ataques y publicidad negativa sobre las políticas empresariales.

Si usted ha sido capaz de leer este artículo hasta aquí, posiblemente se haya preguntado en más de una ocasión a lo largo del mismo donde encajan en todo esto las empresas públicas. Pues sí, he de decirle que es una magnífica reflexión, lástima que muchas de ellas no sepan ni siquiera de que va esto del buen gobierno, claro, que así les va (y nos va).

Los retos a los que se enfrenta la alta gestión empapada de máxima integridad y transparencia constituyen un desafío para la sociedad de nuestro tiempo. Alguien podría empezar, por ejemplo, explicando a que se debe la importante subida de la luz en la que, por cierto, acabamos de batir un récord histórico y de las consecuencias que va a suponer en empresas y familias.

Feliz verano a todos. Nos vemos en septiembre, saludos.