Domingo, 22 Octubre, 2017

            

Lo que cuesta crecer

Juan Pablo Luque Martín


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Tarde de nivel con Dani. He grabado con mi móvil más de cuatro veces cómo cantaba “Y cómo es el”. El tiempo pasa. Me cambia la autoría de Perales por la de Marc Anthony. Bueno, y al principio me decía que era de uno de los niños de La Voz Kids…

Pues eso. La vida, que nos sobrepasa. Que no concede retorno. Que toma carrerilla, que nos adelanta, por la izquierda, por la derecha, y que, por mucho que miremos nuestro ombligo, nos deja ese sabor de que, en realidad, no eres nada. Ni lo fuimos. Como nos decían de niños en catequesis, polvo eres y en polvo te has de convertir. No hay mayor verdad en este mundo.

Dani continúa con lo suyo. Pedazo de tarde…  Ahora aporrea una canción que, en realidad, no es de Nino Bravo sino de unos gemelillos que salen en la caja tonta. Todo se transforma. O si no, ellos lo transforman. Y cuanto más mayores, más nos sentimos reflejados. Miedos, vacilaciones, medias sonrisas, medias verdades… a veces lo llevamos con orgullo, ocuparán nuestro lugar… otras en cambio no les deseamos tanta desgracia. ¿Qué han hecho para merecerlo? Por mucho que me empeñe, nunca podré evitar sentir pelusa cuando dicen que tiene toda la cara del abuelo…

A este mundo le sigue faltando hablar de hijos, de familia, de relaciones humanas. Trabajar en lo cercano, en lo que convive día a día con nosotros. Decrecer. Sentirnos niños, hablar como niños, reflejarnos en ellos… Pero no. Los moldeamos, los maniatamos, decidimos por ellos… Queremos que sean el peluche principal. El Día de la Cruz, en el ‘cole’ de Regina Mundi, me lo decía Javi, un papá amigo del cole. Nuestros hijos serán lo que quieran ser. ¿Por qué decidir por ellos? ¿Por qué abocarlos al temor de que fracasen? Fracasar es humano e inevitable en ocasiones. Como lo hicimos nosotros, y estamos donde estamos… ¿Y si decidimos por ellos y nos equivocamos? ¿Tan seguros estamos de nuestras decisiones? Gracias por tu consejo, Javi…

Además, si nos equivocamos no nos quedaría vida para pagar la indemnización. Asistimos a una generación de padres sin término medio: el papá colega, que da y permite todo, que se sitúa a la altura de su hijo, y que su única intención es que su hijo interfiera lo mínimo en su proyecto de vida; y el papá autocomplaciente, el que solo ve la perfección de uno mismo y somete la labor de educar a que su hijo se asemeje a la visión que posee de lo que siempre quiso ser. En ocasiones, hasta renegamos de nosotros mismos. No prestamos un mínimo de condescendencia a cosas que, a su edad, hicimos nosotros. No solo no se las permitimos, sino que los castigamos. Es curioso, pero al menos nuestra indefinición, nuestros miedos, nuestras mezquindades nos conducen a avergonzarnos de nosotros mismos, de cómo fuimos, de cómo soñamos ser desde nuestros pupitres de infancia.

Un punto de encuentro. Debe haberlo. Estamos obligados a perseguirlo. No podemos seguir el ejemplo de una sociedad que solo sabe vociferar en bares y garitos lo malo que es el mundo y lo bueno que soy yo. Anda que si nos dejaran al mando… Anda que si aplicáramos nuestras estrategias de vida cotidiana a la paz mundial…  Traducido a la educación de nuestros hijos hace que, como en casi todo, aún andemos cazando moscas. Todos. También los que se creen dueños de la educación, que algún día deberán terminar de definir sus desencuentros como padres y como educadores. Y que nada se oscurezca: los gritos, las prisas, el ‘una y no más’ o el ‘ya está bien, a la cama’, sin la más mínima explicación, sin el más mínimo sentido en la lógica infantil, nunca serán buenos compañeros en la tarea de educar.

Sí. Un punto de encuentro, o de equilibrio, o hasta de cordura, como queráis llamarle. Primero, reconocer el riesgo de ser humanos las veinticuatro horas del día. Y que nos vamos a equivocar. Que no nos quepa duda. Pero no pasa nada. Será el momento de presentar nuevos retos, nuevas propuestas, nuevos motivos para crecer juntos. Eso es educar. Saber ejercer la autoridad sin contradicciones. Hacerles ver cuánto los queremos a pesar de tener que decir no: no al móvil a los doce años, no a faltar al respeto a un profesor, no a hablar mal de nadie, no a insultar o a tratar con desprecio, no al silencio cómplice del acosador, no a considerarse el ombligo del mundo… Eso, y no dejarles hacer cuanto quieran, eso es querer a nuestros hijos. A cambio: respetar sus decisiones. Ese sí es su mundo. Y no podemos hacerlo a nuestra imagen. No sería justo.

Mientras tanto, Dani sigue ensayando un par de canciones más. Ya hizo los deberes. Y así hasta que dé la hora de la cena. Resignación. Y un par de tapones, por supuesto.

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