Lunes, 23 Octubre, 2017

            

La importancia de los grupos no mixtos

Este texto está escrito por una mujer. Es importante decirlo.



image_print

Curiosamente  al leer un texto en primera persona, la tendencia mayoritaria (comprobadlo, es sorprendente) es asumir que se trata de un sujeto masculino. La primera vez que fui consciente de este hecho fue en una clase de literatura hispanoamericana. La profesora había propuesto el siguiente microrrelato de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. “, y tras un periodo de reflexiones varias, lanzó la pregunta:

– Y bien -dijo- ¿De quién habla el relato?

Tras el inevitable silencio de cortesía, algún/a valiente respondió:

– Bueno, no lo sabemos.

Y era cierto. Nadie podía saber de quién se trataba, sin embargo todas las personas asistentes al curso teníamos ya una imagen mental de la escena. La profesora lanzó con éxito la reflexión y a mi me caló los huesos.  Y una vez más me di de bruces contra la gran paradoja: la estructura estaba dentro de mi.

De la misma manera que este mecanismo tan sutil, del que podemos “escapar” mediante la lógica (como el alumno o la alumna aventajada que respondió “correctamente” a la pregunta), se establecen otro sinfín de estructuras a las que estamos tan habituadas que ni si quiera reparamos en que podríamos ver la realidad de otra manera.

Nuestra mente, nuestros comportamientos y actitudes, están marcados por automatismos que obviamente nos son grandes aliados para muchas cuestiones, pero para otras pueden ser enormes enemigos.

Decía que este texto está escrito por una mujer y que es importante decirlo, o que lo sepáis, también para situar lo que cuento. No es lo mismo ser sociabilizada como mujer que como hombre. Y dentro de esta afirmación se abre un campo amplísimo de posibilidades en las que personalmente hemos vivido el hecho de ser sociabilizadas como uno u otro género, pero estaréis de acuerdo conmigo en que a día de hoy, el binarismo de género es la única opción considerada en nuestra sociedad.

La primera vez que asistí a un grupo no mixto de mujeres (un grupo oficial,  no la cocina de la casa de mi tía en Noche Buena) salí de allí con tal alboroto de sensaciones que sólo pensaba en volver. Me di cuenta de que aquello que me ocurría era común en otras mujeres, o que aquello otro era más infrecuente de lo que me pensaba.

Pero sobre todo me sentí escuchada arropada y comprendida. No significa esto que no me haya sentido así en compañía de hombres. He participado en grupos mixtos en los que me he sentido igual de respetada, incluso he participado en grupos no mixtos en los que para nada me he sentido acompañada.

No se trata tanto del hecho de ser mujeres las que compongan el grupo (a las que puedes sentirte más o menos afín), sino de la hermandad que se crea en un colectivo que posiblemente ha experimentado vivencias muy similares.

En Color Carne también los hombres se han animado a construir un espacio donde compartir desde la conciencia de haber sido sociabilizados como hombres, de haber asumido en gran parte patrones de comportamiento de los que de alguna forma quieren desprenderse. Y desde entonces, los jueves a las 19.30 horas Color Carne nunca está vacía.

Un artículo de Color Carne

Comments

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *