De regalo de cumpleaños, mis disculpas

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Para querer y aceptar de una manera sana a los demás primero tenemos que hacerlo con nosotros mismos | Foto: Archivo
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Tengo una toalla envuelta en la cabeza, la parte de arriba de un pijama y la de debajo de otro; algún resquicio de pintura en los ojos aún, y unas zapatillas de estar por casa que, abrigar, no abrigan mucho, pero me las regaló mi madre y eso me hace sentirme segura en cada paso que doy con ellas.
Son poco más de las ocho de la tarde y el cielo está completamente negro.
En casa ya están encendidas todas las lucecitas del salón, y la de la campana de la cocina también.
Hace frio, y creo que dentro de tres o cuatro frases me levantaré a sacar el radiador del armario e inaugurar con él el otoño como hay que hacerlo.
No es otoño hasta que no tienes que ponerte manga larga, cambiar la colcha por el edredón y la gorra por el gorro.

Pasado mañana (mañana para los que me estáis leyendo) es mi cumpleaños.
33 años.
Qué gigante me viene la velocidad a la que corre el tiempo.

El año pasado hice la broma de decir que cumplía 23 en lugar de 32.
Total, normalmente suelen echarme bastante menos edad de la que tengo.
Este año abrazo y beso a mis 33.
Estaba ansiosa porque llegaran. Muy ansiosa.
Mis 32, el 2021, ha sido un año de mierda y mentiría como una bellaca si dijera que no estoy deseando que termine ya de una vez por todas.

Iba a escribir sobre otra cosa que poco tiene que ver con el día en el que decidí llegar al mundo, pero esta mañana, cambiándome para entrar a trabajar, de repente me ha venido un pensamiento a la cabeza al que no he podido hacer caso omiso.
- “Claudia, aprovecha esta vuelta más al Sol para reconciliarte contigo misma. Convierte este 29 de octubre en un antes y un después con el que mandar al carajo todo lo que provoca en ti ese torbellino insaciable que habita en tu cabeza y que, bien lo sabes, a veces te consume. Para mandarme a mí también al carajo cuando venga a visitarte mi yo cruel”- me ha dicho mi subconsciente, esta vez mostrándome su (mi) lado más sensato.
Y es exactamente para eso por lo que voy a escribir esta columna. Para reconciliarme conmigo misma y poder hacerlo así también con mis monstruos.
Me pido perdón.
Perdón por haberme creído débil cuando algo me ha hecho daño y me he sentido, por momentos, pequeñita.
Por haberme tachado de cobarde cuando he tenido miedo y he deseado huir de todo, de mí misma también.
Por ser tan dura, tan injusta a veces.
Por llamarme torpe con ese desprecio cuando he tirado el café y le he dado una patada al cacharro del agua de los perros en la misma mañana.
Por creerme poca cosa.
Por mirarme al espejo y no apreciar lo que veo.
Por compararme y salir siempre perdiendo.
Por no entender cómo otras personas pueden ver en mí tanta luz.
Por meterme prisa, y depositar mi esperanza en las metas a corto plazo, sin querer entender que hay algunas que han de ser, si o si, a largo plazo.

Me pido perdón por no ser capaz de ver la belleza que hay detrás de esa arruguita que ya se me marca y no sólo cuando sonrío, detrás de esa estría o de ese hoyito de celulitis que se me ve según qué luz me esté dando.
Por creer ciegamente que van a ser las arañitas vasculares de mi pierna izquierda en lo que la gente va a fijarse, mucho más que en mi pelo, en mis ojos o en mis curvas, siendo todo ello cuestión de genética.
Por sentirme ridícula sólo por el mero hecho de no saber gestionar algo como me gustaría.
Por haberme sentido egocéntrica si me hago una foto y me veo guapa.
Perdón por creer merecer algunos malos momentos que nunca jamás hubiera merecido.

Por pensar que pesa más aquello que no he conseguido aún que lo que sí.
Por haberme sentido tonta olvidando que lo que soy es buena.
Por haber desconfiado hasta esos niveles de mi coraje y mi valía.

Por sentirme mal si dejo en visto eternamente un whatssap de alguna persona importante, por creer que darme el tiempo que mi cuerpo y mi mente me piden a voces pueda resultar egoísta al resto.

Escribiendo esto ya me he perdonado, abrazado y besado.
Volverá a pasarme, a sentirme así, y volveré a perdonarme.
Y no pasa nada.
¿No era la vida un aprendizaje continuo?

Pues nosotros también lo somos.

Voy a hacerme un mini burrito de pollo y queso para cenar.
No tengo para hacer salsa agria.
Hace unos meses hubiera dicho: joder, Claudia, ya podrías haber comprado ayer dos limones en vez de uno. Ahora el burrito sin salsa. Tss.

Hoy digo: bueno, no pasa nada.
Sin salsa también está rico.
Y no has tenido tiempo de ir al súper.
La próxima vez compro dos o tres limones.

Pensad un segundo en lo duros y exigentes que podemos llegar a ser con nosotros mismo.
Como todo en esta vida, deberíamos de serlo en la justa medida.
Sin traspasar la línea que nos haga olvidar todo lo que hemos construido.

Escribir en esta columna y que me leáis es una de esas cosas que nunca me veía capaz de conseguir, así que voy a disculparme por una última cosa: Claudia, tía, perdón por creer que no sirves para esto.
Para querer y aceptar de una manera sana a los demás primero tenemos que hacerlo con nosotros mismos.
Venga, querámonos mucho.
Os abrazo.