Personas “cobardes”

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Un hombre se cubre el rostro con una bolsa | Foto: Remitida
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El miedo es una emoción compartida por todos, sin embargo, la cobardía es una actitud: la posición que adoptamos frente a ese miedo. Es algo lógico y humano. Y en ese entorno, se habla de personas cobardes como pusilánimes, sin valor ni espíritu para afrontar situaciones peligrosas o arriesgadas. Así, una persona cobarde es aquella que abandona en situaciones difíciles o que se niega a dar la cara a las consecuencias de sus actos. Similarmente, las acciones llevadas a cabo de manera artera, traicionera, también pueden ser catalogadas de cobardes. El no hacer nada, el no tomar acciones es la forma más conocida y visible de cobardía. Son personas que adoptan una posición pasiva en la mayor parte de los ámbitos de su vida.

Probablemente necesitamos más personas cobardes en determinadas situaciones. Así lo explica Miguel Lorente, una de las personas que más sabe y que mejor escribe sobre violencia de género, sobre hombres y mujeres, que decía el pasado 19 de mayo que una de las palabras que más se ha utilizado para condenar el atentado contra el primer ministro eslovaco, Roberto Fico, ha sido “cobarde”.

Y añade que recurrir a la referencia de la cobardía para condenar la violencia busca más la crítica a la persona que la realiza que la reprobación de los hechos, pues estos serían igual de condenables si quien los hiciera fuera un valiente. Al llamar cobarde al autor lo que se busca significar es que actúa en unas circunstancias con una desproporción de fuerzas respecto a la víctima que minimiza las posibles consecuencias negativas sobre él, lo cual genera ese rechazo sobre los elementos. Por lo tanto, cada vez que se dan estos elementos en otras violencias también se recurre a la palabra cobarde, como sucede con frecuencia en la violencia contra las mujeres y contra los niños y niñas.

Sigue explicando que al decir de un agresor que es un cobarde, lo que se pretende es aumentar el rechazo social hacia los hechos a través de la crítica al autor. Pero al hacerlo en realidad se producen unas consecuencias diferentes, al reducir el cuestionamiento del acto violento a la persona “cobarde” que lo realiza. Bajo ese planteamiento se producen dos consecuencias. Por un lado se crea la idea de que el problema relacionado con los hechos se limita a la persona que los protagoniza, sin pararse a pensar que, con independencia de que haya actuado solo, hay posiciones sociales, ideológicas, políticas… que de una forma u otra están de acuerdo con esa violencia y respaldan o justifican los hechos. Y por otro, si el cuestionamiento es sobre la “violencia cobarde”, de alguna manera se refuerza la idea androcéntrica de la violencia “entre valientes”. Esa es la razón que hace que sea una expresión usada fundamentalmente en violencias cometidas por hombres, porque llamar cobarde a un hombre es atacar uno de los pilares de su identidad, como es el valor. Pocas veces se dice de una mujer violenta que sea una cobarde, porque el sentido es distinto.

Explica Miguel que la palabra cobarde, según el Diccionario de la Lengua Española, significa “pusilánime, sin valor ni espíritu para afrontar situaciones peligrosas o arriesgadas”. Por lo tanto, un “agresor cobarde” no es cuestionado tanto por su conducta violenta como por sus características personales, que lo llevan a cometer la agresión desde una superioridad de medios y fuerzas que le impiden o dificultan sufrir consecuencias negativas. Esa es la razón por la que, en verdad, la crítica se dirige más al agresor que a la propia violencia, tal y como hemos apuntado.

Y termina diciendo que cada vez que se habla de agresores y asesinos como monstruos, cobardes, locos… se esconde el componente racional de una masculinidad androcéntrica que entiende que usar la violencia es “cosa de hombres” cargados de determinación y valor, dispuestos a impedir que toda aquella persona considerada contraria se pueda “salir con la suya”.

Juan Miguel Garrido, de la asociación de hombres por la igualdad de Andalucía habla de hombres cobardes, que no utilizan ni maltratan a las mujeres, respetuosos con las personas, que no desean quedar por encima de nadie, ni salen en los anuncios de Martini. Hombres que acompañan, que son vilipendiados y despreciados por un sistema que no los valora porque que ve en ellos la antítesis de su modelo de masculinidad, hombres que manifiestan los temores que otros esconden y que todos los seres humanos llevamos dentro.

Y termina su artículo diciendo que “Soy un hombre cobarde, que se emociona en el cine, al que de pequeño le daban miedo los indios de las películas del oeste, y que todavía cierra los ojos cuando hay sangre en la televisión. Un hombre que acompaña y cuida a una mujer valiente y poderosa como solo ella sabe serlo, de la que me siento orgulloso en ser su segundo. Creo que en el mundo necesitamos más hombres, no digo ya como yo, pero si cobardes. La realidad quizás sería otra muy diferente de la que es”.

Y cómo explica la mente es maravillosa, la cobardía es una de las características esenciales del ser humano. Es muy compartida, etiquetada en otros, pero muy poco reconocida. Sin embargo, y aquí quizás sea sorprendente, en determinados casos sigue siendo una estrategia adaptativa para nosotros. La cobardía va de la mano del miedo y del conformismo. Son inseparables. Si no hay miedo detrás, no es cobardía; quizás comodidad o vagancia, pero no cobardía. Se puede ser cobarde en varias dimensiones de esta actitud. A nivel emocional, a nivel de comportamiento o incluso a nivel de pensamiento.

Existen varias formas de demostrar cobardía. La más evidente que se plasma en comportamientos. Más allá de lo que podamos sentir o pensar hay momentos en los que la situación nos pide actuar y no lo hacemos. Es un reflejo de “no reacción” por paralización, por inseguridad… podemos poner mil justificaciones.

Esta es la forma más conocida y visible de cobardía. Podemos reconocer en los demás o en nosotros varios momentos en los que no dijimos un “te quiero”, “déjame en paz”, “no, ese es tu trabajo, hazlo tú”…

Junto a ello, está el cobarde emocional. No sentir para no sufrir. Huir de las emociones es la solución para muchas personas. Entienden una emoción como una complicación. Aquellas personas que se dejan llevar no los entienden.

Pero quienes huyen de las sensaciones de miedo, tristeza, cariño, enfado tienen sus motivos. Estos pueden estar relaciones con dificultad de reconocimiento, expresión y empatía en la infancia o adolescencia, malas experiencias de adultos e incluso el miedo a perder el control de los impulsos.

No son cobardes, tampoco valientes. Son violentos y asesinos.