Miércoles, 18 Octubre, 2017

            

Las huellas de la Fiesta de la Primavera

Foto: Archivo GD
Agustín Palomar Torralbo


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Donde quedaron, en otros años, cascos de botella, cristales, bolsas de plástico y demás inmundicias gástricas y orgánicas, han quedado en éste, colores o, mejor dicho, un colorete que ha teñido algunas calles de Granada. Y, a juzgar por los responsables de la limpieza del Ayuntamiento, ha sido costoso desmaquillar el rostro de estas calles y dejarlas limpias y puras para la Semana Santa. La Holi Run en Granada dejaba de este modo las huellas de la fiesta con la que se ha celebrado la llegada de la primavera.

Indudablemente, esta fiesta se había convertido en un problema para los vecinos de Granada que veían como cada año emergían entre las calles, como hormigas, miles de jóvenes cargando en sus cuerpos con litros de alcohol. Sea o no generalizable, lo cierto es que la imagen que se proyectaba de Granada en esta celebración era la de la una fiesta baconiana consagrada a la ingesta desmesurada de malo alcohol. Esto, que no sólo sucede aquí, debería atraer nuestra atención y hacernos reflexionar. Sin embargo, en el análisis de este fenómeno social, entra en juego, además de la cuestión de la proyección de la imagen de la ciudad, la relativa a la educación de nuestros niños y jóvenes en sus diferentes contextos. Grosso modo, puede decirse que para nuestros hijos, la familia ha dejado de ser el lugar del cuidado para ser el lugar del confort y de la sobreprotección; la escuela, por su parte, ha pasado a ser el lugar de los discursos reconfortantes en los que busca el bienestar de los alumnos al tiempo que se pretende que todo lo importante de la vida se aprenda sin disciplina y abnegación; y la propia ciudad, en muchas ocasiones, ha dejado de ser un lugar público compartido para todos para pasar a convertirse en un espacio propio en el que los intereses o los gustos de la mayoría se dejan a un lado. Así, por ejemplo, cuando suenan las trompetas que convocan al botellón, todos los poderes públicos se preparan para atender los excesos de los jóvenes: desde la policía, los servicios de urgencias en los hospitales, etc. En una ocasión, me llamó poderosamente la atención cómo la policía local detenía el tráfico de los coches para dejar pasar a grupos de jóvenes que caminaban hacia el recinto del llamado “botellódromo”  con carros de supermercados llenos de bebida.

Ciertamente, cada una de las afirmaciones anteriores tendría que ser ampliada, matizada y, a su vez, profundizada para ver qué entraña el hecho de estas convocatorias masivas para el consumo de alcohol. Y además tendría que ser tratada la cuestión fundamental en este asunto: la de esa educación para la libertad que no puede ser sino correlativamente exigencia para una responsabilidad, no sólo como deber hacia los demás sino como deber hacia uno mismo. Pero ahora quisiera simplemente hacer referencia a la cuestión de la responsabilidad que en este tema tienen los servidores públicos. Parecía que Granada tenía que conformarse con el estigma de ser conocida, cuando se entonaba el canto de la primavera, por el botellón y el Consistorio tenía que ser cuanto menos permisivo con este hecho y esperar, como esos padres que guardan al hijo hasta la madrugada, a que llegara pronto el fin de fiestas sin que nada especialmente grave sucediera. Lo que ha mostrado la Holi Run es que la política, pese a todo, sigue siendo el modo de hacer posibles cosas que antes no lo eran. Efectivamente, la razón que asiste a la actividad política es la búsqueda de alternativas que antes no eran contempladas para los problemas sociales. El político por vocación tiene que trabajar para esto sin resignarse al desaliento de los hechos ni a esa comodidad mortecina que contemporiza con lo que pasa. Otra cuestión es que luego las alternativas señaladas tengan éxito o que las cosas cambien de una vez y para siempre. Esto, sabemos, no es el caso para los problemas sociales, sin embargo, no por ello puede cejarse en el intento de hacer propuestas y buscar alternativas con la pretensión de hallar soluciones  sensatas.

Cuando Ciudadanos pactó con el gobierno del PP las medidas que habrían de ponerse en marcha en esta legislatura en el Ayuntamiento de Granada, una de las más sobresalientes fue, sin duda, la novena que rezaba así: “El Ayuntamiento no autorizará el consumo de alcohol en la ciudad de Granada para la fiesta de la primavera o convocatorias masivas, actuando con absoluta contundencia contra quienes promuevan dichos acontecimientos en nuestra ciudad”. Este compromiso ya se suma a otros que se han alcanzado. Pero, en mi opinión, no hay que ver esto sólo como un logro de un partido político que ha forzado a otro que está en el gobierno para que haga una política a favor de una ciudad, ni hay que verlo sólo como un ejemplo de la tarea política municipal que puede sacar lo mejor y no lo peor de sus vecinos sino, principalmente, como el compromiso moral que la propia política tiene, sea cual sea su función, con respecto a los ciudadanos a los que se debe. Este compromiso pasa por tratarlos, digamos al menos de vez en cuando, con la dignidad que se merecen y no como meros compradores a los que hay que consentir el gusto y el deseo para vender lo que de ellos más se codicia: su voto. Los jóvenes, como cualesquiera ciudadanos, han de ser tratados de este modo facilitando que ellos mismos se traten de esta manera. En esta ocasión, al menos, podemos felicitarnos de ese acuerdo municipal con el que las huellas que quedaron de la fiesta de la primavera en Granada han sido esos colores tozudos que se pegaron a las calles y que anuncian una primavera o una juventud que, si no vienen mal dados los tiempos, nos traerá buenos frutos en su madurez.

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