Lunes, 17 de Diciembre de 2018

            

Las hermanas de la Magdalena

La mala malísima es la hermana Bridget, la superiora, que sólo muestra un par de momentos no ya de humanidad, sino de duda,



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Irlanda, años 60. Tres chicas, Margaret, Rose y Bernardette, son ingresadas el mismo día en uno de los asilos de las hermanas de la Misericordia, más conocidas como hermanas de la Magdalena, ya que están al cargo de las llamadas “lavanderías de la Magdalena”; institución cuya razón de ser era en teoría la rehabilitación de las llamadas “mujeres caídas”.

Las tres han pasado por situaciones difíciles, pero lo que ignoran es que lo peor apenas ha empezado, y no está previsto que acabe algún día, pues en el convento también viven mujeres ya ancianas, que entraron de jóvenes y han envejecido allí.

Después de saberse que una interna ha conseguido evadirse, Margaret decide imitarla, pero esa misma noche tiene lugar una terrible escena: el padre de la chica fugada (interpretado por el director de la película), la devuelve al convento entre golpes, insultos, y amenazas de dejarla lisiada si vuelve a escapar de nuevo. Para él, la vergüenza sufrida a causa de su hija y la opinión que la Iglesia y la sociedad puedan tener sobre su persona, importan mucho más que ella.

Tras sufrir aún más represalias al día siguiente, rapado de cabeza incluido, ella opta por sobrevivir convirtiéndose en novicia, camino que al parecer tomaron algunas de las chicas retenidas en estos centros.

Esto sirve de recordatorio y advertencia para Margaret, que se da cuenta de que ya no tiene un hogar al que volver.

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Por desgracia, aunque las  historias de las protagonistas son en parte ficción, la existencia de las lavanderías de las hermanas de la Magdalena no lo fue. Se estima que unas 30.000 mujeres fueron retenidas en estos centros en Irlanda. El último de ellos cerró en 1996, y no fue porque nadie se replanteara la existencia de semejantes lugares (prisiones para mujeres que han infringido el sexto mandamiento), sino porque la popularización de las lavadoras domésticas hizo que estas lavanderías dejaran de ser rentables. En 1993 un convento cercano a Dublín puso a la venta parte de los terrenos pertenecientes dicho lugar, y allí se descubrieron 155 tumbas anónimas, pertenecientes a las internas. Esto hizo a la opinión pública posicionarse en contra de la orden, pero no afrontaron ninguna consecuencia real por ello.

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Estar en uno de estos lugares era peor que estar en la cárcel, ya que mientras en prisión el penado conservaba algunos derechos básicos, podía comunicarse con el exterior, y sabía cuándo iba a acabar su condena, estas condiciones no se daban allí. Las reclusas estaban completamente aisladas y olvidadas para el mundo exterior, un mundo que por otra parte las despreciaba profundamente.

De cara al público, las chicas estaba “bien cuidadas” y la gente suponía que recibían un sueldo por su trabajo. Se hacían fiestas de vez en cuando en las que se grababa a las chicas jugando entre ellas, o las paseaban por el pueblo (rodeadas por policías) en ceremonias religiosas, en apariencia de cierta armonía tanto entre ellas como con el mundo más allá de los muros del convento. La mala publicidad para la orden era una preocupación para sus miembros, así que guardar las apariencias de una cierta normalidad era importante.

Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, el intentar comunicarse de alguna forma con alguien del exterior era una de las faltas más duramente castigadas, y tampoco se favorecía la amistad entre las mismas internas.

La hermana Bridget advirtiendo a Margaret de que nunca debe interrumpirla: ¿Nadie te ha dicho que es de mala educación, o estabas demasiado ocupada prostituyéndote? Sólo yo decido quién se va, y antes de eso pasará muchísimo tiempo…

Si bien en un primer momento (a finales del XIX) la aparición de las lavanderías fue bienintencionada y allí encontraron asilo y ayuda tanto antiguas prostitutas que querían cambiar de vida, como mujeres víctimas de malos tratos o circunstancias familiares complicadas, pronto la cosa cambió, el ingreso y la vuelta al exterior dejaron de ser voluntarios, y allí llegaban enviadas por su propia familia a la que habían “deshonrado”, o por recomendación de algún sacerdote que las veía como un “peligro moral” para la comunidad.

El sitio donde estas mujeres deberían haber encontrado refugio se convirtió en otro lugar más donde recibían violencia y abusos de todo tipo (también sexuales), tanto por parte de las monjas y sacerdotes que lo dirigían, como un tipo de violencia más horizontal, pues entre ellas también había escalas y privilegios, y las que querían llevarse bien con las autoridades del lugar, oprimían al resto. La superiora era la dueña de sus vidas y la que podía decidir su libertad ¿Pero quién quiere perder a un trabajador que le sale gratis?

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Aunque el estado de Irlanda ha accedido a indemnizar a las supervivientes, y el cardenal Sean Brady ha pedido perdón en nombre de la Iglesia Católica irlandesa, no ha habido consecuencias legales para los culpables.

Esta película, del director Peter Mullan y realizada en el 2002, está basada en el documental “Sex in a cold climate”, de Steve Humphries; donde se hablaba por primera vez de estos lugares a partir de testimonios de tres supervivientes. Mullan afirma que decidió rodar la película con actores que no fueran muy conocidos y de forma que la historia y los personajes hablasen por sí mismos, sin buscar “señalarlos” como buenos o malos mediante planos o juegos de luces y sombras. No obstante, los personajes aunque son muy creíbles están definidos.

La mala malísima es la hermana Bridget, la superiora, que sólo muestra un par de momentos no ya de humanidad, sino de duda, en toda la película. Es un personaje que no se plantea que pueda estar siendo cruel, al contrario, según su punto de vista, está llevando a cabo una misión al servicio de Dios, la de apartar a las muchachas tentadoras del mundo, ya que los hombres son débiles y hay que quitar la ocasión de que pequen.

Es muy interesante un hecho que ocurre hacia la mitad de la película (no diré más para no hacer spoiler), gracias al cual vemos que ella misma es muy consciente del lugar que ocupa en el mundo. Es dura con quien la sociedad se lo permite (con otras mujeres), pero no le importa caer en la injusticia antes que enfrentarse con otros pecadores varones y de más alto rango que ella. Es una mujer completamente al servicio de un sistema machista, y lucha activamente por defenderlo y mantener así los privilegios que este sistema le otorga a ella en agradecimiento por su necesaria ayuda.

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En otra escena que me parece muy significativa, Bernardette escucha una conversación entre las religiosas en el refectorio, y mientras unas abogan por ser más condescendientes con las chicas en algunos aspectos, otras defienden la disciplina. Pero la hermana Bridget zanja la cuestión mandando callar a las monjas. Ese asunto ni siquiera está en discusión; ella es la ley allí.

Si no hubiese “entregado su vida a Dios”, hubiera sido un ama de casa sometida a su esposo, pero ya que no pudo ser vaquero como deseaba de niña, al menos ahora tiene poder sobre otras. A ella parece que le compensa.

Las tres chicas protagonistas son tres arquetipos también muy bien definidos; la justa, la buena, y la rebelde.

Margaret es la justa, es completamente inocente, lo sabe, y no se deja convencer de lo contrario. Está allí por culpa de su primo, quien la violó, y de un sacerdote que vio en su internamiento la salida para ese problema familiar. Del primo no sabemos si tiene que afrontar alguna consecuencia por sus actos, suponemos que no, para eso está Margaret, para ser el chivo expiatorio de todos los pecados de su familia.

Cuida de las demás chicas, especialmente de Crispina, una chica con necesidades educativas especiales, aunque no puede evitar que debido a su discapacidad se convierta en el blanco perfecto para todo tipo de abusos.

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Margaret, tras su violación, cuando empieza a entender que lo peor está por llegar…

Rose es la buena. Tiene un noble corazón que le impide juzgar a nadie ni devolver el daño recibido, se mete en problemas precisamente por su bondad y se siente culpable por haber sido una pecadora, ya que es madre soltera. Fue presionada y chantajeada emocionalmente para dar a su hijo en adopción, pero nunca ha dejado de pensar en él. La hermana Bridget le cambia el nombre a Patricia porque ya tienen una Rose (esta era otra práctica habitual).

Bernardette es la rebelde, la más contradictoria, y la que más cambios experimenta durante la película. Empieza siendo una huérfana coqueta y pícara, pero inocente, y la amargura por no poder cambiar la triste situación en la que se halla y por el ambiente de alienación y desesperanza que se vive entre las internas, hacen que se cueza dentro de ella una cierta mezquindad, que muestra con quien puede. El dolor no nos hace mejores personas, más bien suele pasar lo contrario.

Ya que las monjas son invulnerables, dirige sus ataques hacia algunas de sus compañeras más conformistas. Bernardette siempre conserva la actitud desafiante frente a la opresión, y no entiende la sumisión ni la apatía, y menos aún el “colaboracionismo” de algunas internas que parecen sufrir algo parecido al síndrome de Estocolmo. A pesar de que tienen un carácter muy diferente, Rose y ella llegan a ser buenas amigas.

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Ahora que nos hemos librado de tu vanidad y tu arrogancia, eres libre

Con estos y otros personajes se va intentando reconstruir la historia de todas esas chicas que fueron encerradas, vejadas, y olvidadas para que pagaran por los pecados de una sociedad machista e hipócrita; mujeres que fueron víctimas indefensas de una “caza de brujas” puritana.

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Muchachas casi siempre de origen humilde, miembros de hogares con muchos hermanos y huérfanas o niñas expósitas, a las que la sociedad veía como un problema resuelto por estas amables monjas. Una sociedad que ignoraba lo referente a las condiciones de trabajo y de vida de las chicas a las que mandaba con tanta facilidad a estos centros, pero de la que se puede afirmar que estaba de acuerdo con ser engañada.

La mayoría de las que con grandes dificultades pudieron salir y rehacer sus vidas, tuvieron que huir de Irlanda para librarse de la vergüenza que suponía el haber pasado por uno de los centros de las hermanas, y vivieron arrastrando calladamente los traumas que las vejaciones allí sufridas les dejaron. También se contaba con esto, el estigma les hacía guardar silencio.

Es un hecho que estos sucesos no se dieron únicamente en Irlanda, sino también en Reino Unido, Estados Unidos, y Suiza, entre otros países. En el nuestro también existieron centros que sin ser lavanderías, funcionaban de forma parecida, y donde también se produjeron malos tratos contra las chicas a las que supuestamente se protegía (aquí la responsabilidad es compartida entre la Iglesia y el régimen de Franco).

Por eso, aunque es una película algo dura, con escenas de violencia física y verbal que dejan bastante mal cuerpo, es importante verla para que recordemos tener en cuenta las realidades que se esconden de nuestra vista, que no por estar ocultas dejan de ser ciertas.

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Un artículo de Belén Martín de Cineptos Zinescrúpulos

 

 


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