Jueves, 23 Marzo, 2017

La muerte ha perdido dignidad



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Un año más llega el Día de Difuntos y viene el momento en reflexionar sobre lo que somos: pura carne que un día estará muerta. Ya lo he dicho en otras ocasiones: antes nos moríamos mejor, por lo menos con más dignidad. Los abuelos morían como Dios manda, en las casas, en sus camas de siempre, rodeados de hijos y de nietos que le daban el último adiós entre hipos de desconsuelo y lloriqueos, que se convertían en gritos pelados cuando llegaba el cura para administrar los santos óleos. El abuelo agonizante ponía los ojos de ciervo herido y se iba al otro mundo al menos con la sensación de que alguien le iba a echar de menos. Después se le amortajaba, se le ponía más bonito que un ‘sanluis’ y se hacía pasar a la reata de nietos para que le dieran el último beso al abuelito. Luego llegaban varios hombres, se echaban la caja al hombro para llevar al interfecto augustamente a su última morada. Todo aquello tenía algo de dignidad, de solemnidad, de lección de vida. Ahora el abuelo se siente mal y enseguida se lo llevan al hospital, donde le ponen un pijama descolorido y lo llenan de tubos. Hasta que llega el médico y llama a los familiares para decirles en un fueraparte que no hay nada que hacer, que el abuelo la palma y que hay que tenerlo todo preparado.

Desde entonces el inminente finado está condenado a morir casi solo, con un vecino de cama que se queja de la mala suerte que ha tenido al compartir la habitación con uno que se va a ir pronto al otro barrio. Cuando muere el anciano lo sacan casi clandestinamente por la parte de atrás para que baje la moral de los otros enfermos y lo llevan a toda prisa al tanatorio, donde es velado en una sala tan fría como impersonal. A los niños, y esa es otra, ni siquiera se les permite que se acerquen al cadáver, no vaya a ser que el espectáculo de la muerte los deje traumatizados a los pobrecitos. Así van por la vida después, creyendo que no van a morirse nunca y que la enfermedad y el dolor es cosa exclusiva de los niños del tercer mundo. Esos niños que nunca han visto un muerto de verdad se convierten años más tarde en unos capullos que tocan madera o desvían la vista cuando ven pasar un cortejo fúnebre. Y en parte lo hacen porque piensan que la muerte siempre es cosa de otros. O se convierten en esos lilas que nunca van a los entierros, ni siquiera a los de los parientes más cercanos, porque se la tienen de muy sensibles y dicen que ese rito no va con ellos ni con su forma de ser, como si diñarla fuera algo de lo que hay que avergonzarse.

Eso si uno no muere en la más completa soledad, como le ha pasado hace unos días a Emilio de Santiago. En fin, creo que antes morirse tenía algo de aprendizaje, algo de preparación para cuando llegara esa inevitable cita con la parca. Ahora no queremos saber nada de los muertos, ni siquiera que son nuestros o que somos nosotros mismos que estamos aquí de prestado.

Comments

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  1. No te falta tema para escribir y compartir, hasta de “la muerte”, que según parece es lo ÚLTIMO que vivimos en esta vida. Yo voy a seguir todavía leyendo tus artículos como si no hubiese leído este.

  2. Andrés, lo pintas muy bien. Yo he visto morir en un alarido, en mi pueblo Campotéjar, a muchos abuelos. En casas pequeñas mal acomodadas y amortajados con el traje de novio, el que lo tenía. Los pobres no tenían para sedación, morfina..