Sábado, 27 Mayo, 2017

El bien precioso de la familia cristiana

Foto: Wikipedia
Pedro Vaquero del Pozo


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Lo ha dicho Antonio Cañizares, arzobispo-cardenal en Valencia, cardenal primado en Toledo antes y más antes arzobispo de Granada, nuestra Granada. Ha dicho que estamos dominados por el imperio gay y cierto feminismo que amenazan el “bien precioso de la familia cristiana”. No le bastaba con dejar a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU el papel de defensora de la familia. Tenía él que echar su cuarto a espadas, pues entiende que a esta institución societaria le acechan peligros que se esconden bajo el poderoso brazo de poderes fácticos como son el imperio gay y feminista.

Pero ¿dónde está definido el concepto de familia cristiana? Para empezar, ni siquiera el concepto “familia” es unívoco. Depende de autores. Según el antropólogo estructuralista Claude Lévi-Strauss la familia se define por su origen, que es el establecimiento de una alianza entre dos o más grupos de descendencia a través del enlace matrimonial entre dos de sus miembros. Los elementos constitutivos de la familia son la relación que se configura por dos o más individuos (monogamia o poligamia) unidos por el vínculo del matrimonio, de la afinidad y convivencia de hecho intelectual, emocional y/o sexual, la relación de estos padres con sus descendientes y/o ascendientes (consanguinidad o filiación de diversos tipos, bien por consanguinidad, bien por adopción o por simple acogida), así como relación de los hijos entre sí. Y no me parece una fuente fiable de veracidad un prelado que, como todos los de su gremio, han renunciado de salida a conformar una familia. Y sin embargo se atreve a pontificar sobre quiénes son sus enemigos: los gays y las feministas.

No es fácil configurar una familia. La prueba de ello son las estadísticas de familias frustradas, deshechas, reconfiguradas, etc.; y las secuelas psicológicas, culturales, sociales y económicas que tiene ese fracaso. Cañizares, sin haberlo probado totalmente (porque parientes sí tendrá o habrá tenido), está dispuesto a dogmatizar sobre la familia. Me resulta más acertada la postura del papa Francisco que descubre modestamente su incapacidad para juzgar a un gay. Don Antonio Cañizares, por el contrario, no solo se cree capaz, sino que desde su pedestal purpúreo distingue entre familias cristianas y no cristianas, y enumera al menos dos tipos de enemigos; por cierto, con escasa precisión: engloba a todos los gays en el imperio que conforman, pero no dice si excluye a los que aún están dentro del armario); y distingue “cierto feminismo” como el enemigo detectado, excluyendo por tanto a otro tipo o tipos de feminismos que no precisa. Imprecisión que descubre lo que nos temíamos, y es la impericia del cardenal  para abordar con magisterio estos asuntos.  

Coincide Cañizares con Engels en el diagnóstico del decaimiento histórico del poder de la familia como agente conformador de la conciencia y mentalidad individual y colectiva, aunque difiere en los motivos de esa deconstrucción: para Engels es el rol de acumular riquezas de forma individual, no colectiva por la sociedad. Si el poder de la familia decae es porque este rol es insostenible, “encierra los elementos de su propia ruina”, ya que la lucha de clases impone su decadencia. La experiencia, la razón y la ciencia conspiran para implantar una sociedad democrática en su gestión, fraternal e igualitaria en derechos y saberes, alejada de roles esclavos como el de la mujer en el seno de la familia, o el del sometimiento de los hijos a los padres.  

Obviamente Cañizares, en las antípodas de Engels, define como motivos de ese declive la acción de los enemigos de la “familia cristiana” porque intenta preservar el “orden natural” de las cosas: la heterogamia y monogamia en las relaciones sexuales y sociales, la supuesta superioridad del hombre respecto de la mujer (en cuanto a roles sociales, pues otra cosa es la letra menuda de la igualdad ante la ley, etc.)… el papel acumulador individual de la riqueza, en última instancia.

Cañizares se queda en la denuncia de los pecados contra el sexto mandamiento, no pasa al séptimo, ese que dice “no robarás”, pese a ser arzobispo de Valencia, la tierra donde sus amiguetes de la derecha conservadora y meapilas han protagonizado múltiples escándalos de corrupción y robo al erario público. Genio y figura: cuando llegó a Granada lo primero que hizo fue quitarle la parroquia de San Ildefonso a un cura progre para dársela al Opus. Y seguirá haciendo de las suyas.

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