20 años del día que nos cambió la vida: tres relatos de granadinos que vivieron el 11M en Madrid

Felipe, Manolo y Mamen rememoran dos décadas después el momento en el que se enteraron de los atentados, lo que sintieron, cómo prestaron ayuda o el trauma posterior

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Un agente de la Policía Municipal de Madrid evacúa las vías en uno de los cuatro ataques del 11 de marzo | Foto principal: Europa Press / Resto: Remitidas
Miguel López Rivera
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Hace veinte años nos cambió la vida en Madrid. A todos. Desde aquel 11 de marzo de 2004 en el que el yihadismo perpetró un ataque múltiple en cuatro trenes de Cercanías de la capital de España ya nada ha vuelto a ser como antes. La cicatriz del 11M es de las que dejan la piel marcada para siempre. Por el dolor de un país entero, pero también por la brecha abierta en la sociedad respecto a las tesis sobre la autoría de la masacre. Atocha, El Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia. Los nombres de las tres estaciones, y el de la calle Téllez, donde explotó el último convoy 500 metros antes de entrar en la primera de ellas, siguen presentes en la memoria colectiva.

El 11M supone un punto de inflexión en la historia de España. Antes de aquella mañana de infausto recuerdo, el yihadismo ya había golpeado en dos ocasiones. Ambas en 1985 y ambas en Madrid, con un balance de 18 muertos y 100 heridos en el atentado del Restaurante El Descanso, y un fallecido y 29 heridos por armas de fuego y explosivos en las sedes de las compañías aéreas Trans World Airlines y Alia Royal Jordanian Airlines. En un momento en el que ETA prácticamente capitalizaba el terror en todo el país, ninguna de esas dos acciones consiguió instalar entre la población española la psicosis del fundamentalismo islámico. La matanza del 11 de marzo sí.

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En aquellos trenes perdieron la vida 190 personas. Un bebé muerto a las 48 horas de nacer debido a las heridas sufridas por su madre se convirtió el 10 de mayo en la víctima 191. La magnitud de la tragedia la evidencia la 192, una joven alcanzada por una de las bombas de Atocha que estuvo diez años en coma hasta para acabar muriendo en 2014. El 3 de abril de 2004, además, el agente de los GEO Francisco Javier Torronteras perdía la vida en el asalto al piso de Leganés donde se atrincheraron los terroristas que casi un mes antes habían sembrado el caos en la red ferroviaria madrileña.

En total, 193 fallecidos y casi 1.900 heridos de diversa consideración, aunque el número de historias personales se cuentan por miles. Como la de Felipe, que vivía a escasos diez minutos de Atocha y dejó a los sanitarios los medicamentos que tenía más a mano. O la de Manolo, entonces jefe de Cirugía Pediátrica en el Hospital La Paz de Madrid, y toda una eminencia, que glosa la instantánea reacción del conjunto de la ciudadanía. O la de su mujer, Mamen, quien rompió a llorar en el trabajo cuando empezaron a aparecer los compañeros que, por el colapso general, llegaron tarde a la oficina esa mañana. Todos ellos tienen algo en común: son de Granada y se han ofrecido a contar cómo recuerdan aquellas angustiosas horas y los días posteriores. Porque el 11M golpeó en toda España.

Felipe López: "Sentí que la vida te puede cambiar en cuestión de segundos"

Felipe López es natural de Montefrío. Como tantos otros granadinos, en 1984 cogió las maletas y se plantó en Madrid, donde se costeaba sus estudios de Derecho con trabajos puntuales. Acabada la carrera, pasó por una editorial jurídica e inmobiliaria. También por una empresa de transportes. Se instaló en un piso cerca del Paseo de las Delicias. Dos líneas de Cercanías Madrid, la C-1 y la C-10, hacen parada en la estación del mismo nombre antes de continuar su trayecto hacia la de Méndez Álvaro y de ahí a Atocha. Su casa estaba a escasos diez minutos de donde comenzó a desencadenarse la tragedia.

"No escuché la bomba de Atocha porque Madrid es una ciudad muy ruidosa. Además, mi piso daba a una zona interior y lo que es la explosión no la oí. Me enteré cuando entraba a trabajar a las ocho y media de la mañana", rememora. "Entre las ocho menos y cuarto y las ocho en punto se oía muchísimo trasiego de sirenas y ambulancias. Un ruido cada vez mayor. Aunque estamos acostumbrados a ello, que fuera así, de esa envergadura, ya me empezó a extrañar", añade. Fue entonces cuando puso las noticias matinales y se enteró de que "había estallado un tren con una bomba en Atocha. Pero a esa hora era todo muy confuso". Lo siguiente, llamadas de socorro a los vecinos de la zona para que "acudiésemos con lo que tuviéramos de mantas, alimentación y agua". "Al principio te quedas bloqueado. También trabajaba a las ocho y media y no tenía mucho tiempo, pero me sentía mal de no poder ayudar. No tenía mucho a mano, pero cogí una caja de Ibuprofeno, Paracetamol y alguna otra medicación que tenía a mano, se la dejé a un agente y me fui corriendo. El tráfico estaba cortado y, voy a ser sincero, tenía el miedo de que se volviera a repetir y me pillara", admite.

Felipe tuvo "la suerte" de no llegar a ver escenas desagradables porque cuando intentó llegar a Atocha para ayudar "ya habían empezado a perimetrar la zona y controlar los accesos". Con todo, reitera que "al principio era todo muy confuso". "Lo primero que te viene a la mente es que era ETA. Pero luego empezaron las explosiones en otros puntos y pensé que eso se salía un poco de lo habitual de ETA", explica al teléfono con un nudo en la garganta pese a las dos décadas transcurridas. Y reconoce, casi reviviendo aquellos momentos, que "no te da mucho tiempo a pensar en cómo ha sido todo, sino que lo que se te crea es una sensación de inseguridad permanente en cualquier sitio en el que estés". "Sentí que la vida te puede cambiar en cuestión de segundos".

Las casualidades de la vida hicieron que, años después, Felipe se mudara justo dos calles más atrás del piso de Leganés en el que los terroristas se inmolaron. Confiesa que "el miedo y el shock te duran sólo las primeras semanas, pero luego es algo que te remueve un poco para el resto", pues "yo mismo cojo el Cercanías con frecuencia porque vivo al lado de en una estación". Por suerte, nadie de su entorno iba en uno de los trenes que explotaron, aunque su mente no podía dejar de pensar "en la gente que conoces que lo coge a esa hora o cinco minutos antes o después". De hecho, una vecina de Felipe era una de las médicas que acudió a atender a los heridos: "Estaba realmente impactada de lo que había visto, y eso que ella trabajaba en el Samur y estaba acostumbrada a presenciar escenas muy fuertes".

Manolo López: "Fue como el 11S para los neoyorquinos

Esas mismas escenas las podía presenciar cualquier día a lo largo de su carrera laboral Manolo López. En la sanidad madrileña son pocos los que no han escuchado alguna vez su nombre. Definido por un importante diario de tirada nacional de Madrid como "el Cristiano Ronaldo de los trasplantes", Manolo nació en Tetuán, pero nada más terminar la PREU se trasladó a Granada, donde conoció a su mujer y nació su primer hijo. Estudió Medicina en la Universidad de Granada y se fue a Madrid, donde ejerció hasta su jubilación como jefe de Cirugía Pediátrica del Hospital La Paz, considerado el mejor de España en múltiples rankings como el reciente World's Best Hospitals, que también situó al Virgen de las Nieves de Granada como el decimonoveno de España y el segundo de Andalucía. Debido a la lejanía de este complejo respecto a los focos de la matanza, y al hecho de que en aquellos trenes apenas iban niños, no le tocó atender grandes casos. Pero sí recuerda la coordinación de la sanidad madrileña y la respuesta de la ciudadanía y cómo el atentado ayudó a mejorar la respuesta ante futuros imprevistos.

"Para casos como el de Madrid siempre hay un operativo, pero nunca esperas que vaya a ocurrir. Todo funcionó moderadamente bien, y de lo que no, se sacaron grandes lecciones para mejorar la atención si en el futuro volvía a suceder, que ojalá que no", rechaza una y otra vez como si estuviera repeliendo una profecía o un posible castigo del destino. Manolo recuerda cómo la Comunidad de Madrid tuvo que pedir que no se fuera a donar sangre ante la inmediata reacción de la ciudadanía. "Había colas para donar", resume brevemente. Y respecto a la lectura positiva entre fatalidad, apostilla: "Mal no se hizo nada, pero es verdad que hay planes de actuación que no prevén determinadas situaciones. Hay problemas para los que no has pensado en ello y que de repente surgen. Y de ahí es de donde se sacaron seguramente lecciones. Lo bueno es que la red hospitalaria de Madrid tiene capacidad suficiente para atender a un volumen de heridos como el de aquel día. El problema ocurre más desde que se produce ocurre el atentado hasta que la persona herida o traumatizada llega al hospital. Es ahí de donde se debieron sacar las mayores conclusiones".

Este prestigioso cirujano recuerda que "la primera bomba estallaría sobre las siete y media de la mañana porque yo generalmente suelo llegar a las ocho al hospital". "Vivo relativamente cerca e iba andando. Justo tardaba media hora. Estaba a punto de irme cuando escuché en la radio que había habido una bomba en Atocha y que había habido muchos heridos. Me sonó raro y me quedé en casa para escuchar la noticia. En poco tiempo empezaron a dar más noticias y lo que parecía algo de poca gravedad, en pocos minutos se convirtió en lo que fue", relata de un tirón. Y agrega a modo de resumen: "Fue como el 11S para los neoyorquinos".

Recuerda que no sintió miedo, pero sí "muchas sensaciones", entre las que destaca la "incredulidad" y "rabia". "Tenías la sensación de que eso no podía estar pasando. Y menos a quien le había pasado, porque nadie se merece eso, pero mucho menos aún gente de clase trabajadora", comenta. Y a renglón seguido vuelve a glosar la red de atención hospitalaria madrileña: "Al menos en esa época, estaba muy bien desarrollada. Esperanza Aguirre creó muchos hospitales. La red era más que suficiente. Creo que cumplió su función. Por delante de estos grandes hospitales, el primer impacto le correspondió al Samur, el Summa. En este tipo de casos, son los primeros que se ponen en funcionamiento cuando hay una catástrofe".

Sin que medie pregunta, Manolo López aporta sus dudas respecto a la versión oficial que se ofreció de lo que sucedió aquella mañana en Madrid. "Tengo la sensación de que no se nos ha contado toda la verdad de los que ocurrió. Yo no me creo lo que se nos ha contado. Esto no es una cosa de tres chalados, algunos de los cuales se inmoló. No sé si fue ETA o dejó de ser. De lo que estoy convencido es de que esto fue una cosa muy compleja. Lo comparo con los atentados del 11S, que estuvieron años preparándose". Y abunda: "Primero hubo una manipulación clara. ¿Alguien se puede creer que el PP, que iba a ganar las elecciones, era el responsable de esto?". "Hubo una manipulación que convenció a millones de personas. Lo otro yo no lo sé. Lo que sí es que lo que nos han contado no es", zanja.

Mamen Prieto: "Me emocionaba ver llegar a mis compañeros de trabajo y comprobar que estaban bien"

La mujer de Manolo es Mamen Prieto, quien junto a su familia emprendió el camino a Madrid. Directora durante 37 años de un centro de formación privado, los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid le pillaron trabajando en Augusto Figueroa, una bocacalle de Hortaleza y Fuencarral, en el entorno de la Gran Vía madrileña. Su relato es un descarnado pero veraz testimonio que pone el vello de punta y el nudo en el estómago. "Estábamos en el trabajo cuando empezaron en Madrid a sonar sirenas y alarmas. '¿Qué pasa, qué pasa?', nos preguntábamos. Al principio pensamos '¡Una bomba en Atocha!' Eso fue lo primero. Luego vino Santa Eugenia, El Pozo… En ese momento, había mucha gente joven viviendo en el extrarradio porque aquella era una zona de expansión.Fue bestial, se colapsó Madrid y fue horrible. Horrible, de verdad. Horrible. Ojalá no vivir una experiencia así nunca más. Cada vez oías más y más y el miedo se apoderaba de ti. Una experiencia durísima", pronuncia con zozobra, como si estuviera volviendo a ver aquellas imágenes que incluso consigue reproducir en la mente del escuchante.

En la oficina de Mamen, la gente no terminaba de llegar pese a que ya habían pasado las ocho de la mañana, lo que aumentaba la ansiedad de los que sí estaban allí presentes: "No llegaban los profesores y tampoco llegaban los alumnos. Fueron unas horas muy angustiosas y lo primero que se me ocurrió hacer fue poner las noticias en la radio. Tengo la certeza de que muchísima gente directamente se volvió a casa asustada porque, además, es que estaba todo colapsado". Aunque, sin duda, lo más emocionante es descubrir el alivio en su voz ya entrecortada al rememorar lo que sintió conforme la gente empezaba a aparecer por la oficina. "Me emocionaba ver entrar a compañeros al trabajo y comprobar que estaban bien. Nos abrazábamos todos viendo que estábamos bien, fue algo verdaderamente emocionante", remata.

Afortunadamente, ningún conocido de Mamen falleció, aunque eso no quita que siga conmocionada por el dolor que le invadió aquel día. "Soy muy creyente y cada 11 de marzo voy a misa", acierta a expeler en un desahogo antes de reafirmar que "el miedo nos duró meses". "Yo habitualmente iba al trabajo en coche, pero sí es verdad que docentes y personal administrativo empezaron a coger buses, no querían usar el Metro. Se creó una psicosis y una angustia muy grandes. Los psicólogos estuvieron meses recibiendo consultas porque te puedo asegurar que de eso te queda un trauma. Madrid está muy preparada para situaciones de emergencia, pero es cierto que aquello la colapsó porque además era hora punta", rescata de la memoria. Y evita pronunciarse sobre las teorías discrepantes respecto a la autoría del atentado que algunos medios y políticos sostuvieron: "Pura incertidumbre. No sabías lo que había pasado. De hecho, todavía hay muchas lagunas. Lo que sí hubo fue un servicio estupendo por parte de la Comunidad de Madrid". Porque, "como habitualmente pasa en Madrid, nadie está preparado para algo así, pero rápidamente la respuesta de la ciudadanía y de los agentes sociales es unánime".