¡Hasta pronto, Barcelona!

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Sagrada Familia de Barcelona | Foto: Remitida
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Siempre que viajo, da igual lo cerca o lejos que esté de casa, vuelvo confirmando cada vez con más fuerza que no es el lugar lo que más ruido va a hacer en tu memoria, en tus recuerdos. Son las personas.

Las que vayan contigo, si es que viajas acompañado, y las que vas descubriendo a lo largo del viaje que, de alguna forma, también te acompañan.

María José (Mj en lo sucesivo ) y yo volvimos de Barcelona antes de ayer, y antes de contaros qué me llevo de este viaje, que son muchas cosas, voy a hablaros un poco de ella.

Muchos de los que estéis leyendo esto la conoceréis de verla por mis historias de Instagram; la rubia despampanante de pelo largo y ojos verdes oscuros a la sombra y clarísimos al sol, la del pecho bonito y ropa deportiva de todo menos discreta, con la que voy a trabajar y también al mercadillo, con la que me paso la vida riendo, pero que si tengo que llorar, lloro; la que imita a Gloria Sierra y a Pedro Piqueras, la de la risa contagiosa, la amante del futbol, las salchichas, la salsa picante y los buenos chuletones para comer. La que me acompaña a bajar a los perros, da igual la hora, a mandar paquetes de Vinted o al fin del mundo.

Nos conocimos hace dos años y medio en mi primer día de trabajo y nuestra relación se ha ido reforzando día tras día. Creo que la clave del éxito de nuestra amistad, aparte de una aceptación y una comunicación sanísima por ambas partes, es no tener nada que ver la una con la otra.

Nos llevamos 10 años, empezando por ahí.

No compartimos hobbies ni gustos musicales. No nos gusta la misma ropa ni el mismo color de coche. No tenemos a ninguna persona en común porque nunca hemos frecuentado los mismos sitios. Nos gustan tipos de hombres completamente opuestos.

Ella es más nocturna y yo más diurna. Ella, celosa de su intimidad y yo, un libro abierto.

No bebe café, sólo ColaCao y encima FRÍO. Caliente, si eso, en casa, y muy de vez en cuando.

Y así podría seguir un buen rato más, pero esta columna pinta larga y hay muchos detalles en los que me gustaría detenerme.

Como para todo hay excepciones, siempre, hay un cantante que nos gusta a ambas.

Rels B, muchos lo conoceréis.

Rapea, hace colaboraciones de reggaetón y, en este último disco, también se ha atrevido a tontear con ritmos africanos.

La verdad es que es el único de su estilo que me gusta, pero ¡cómo me gusta!

Hemos pasado el verano perreando en el coche de María al ritmo de “un rodeo” y cantando por la calle de la mano “lo que hay por aquí” con un auricular cada una, nos hemos imaginado dándolo todo en uno de sus conciertos, vestidas horteras y con pegatinas de colores en la cara, y hemos fantaseado muchas veces con que ojalá anunciase fechas pronto.

Una mañana, hace cerca de dos meses, estaba en la cocina tomándome un café, con un moño muy alto y muy deshecho y el ceño muy fruncido; me había despertado un poco triste y torcida no recuerdo por qué, lo que indica que, aquello que me pasara, no era tan importante.

En la pantalla del móvil me aparece una notificación de Instagram. Me meto y veo que es Mj etiquetándome en una foto de dos entradas para ir a ver a Rels B en Barcelona.

Empecé a andar de un lado al otro de la cocina mientras lo asimilaba. Y lloré, lo hice como una niña chica mientras le mandaba audios inentendibles diciéndole lo feliz que me hace y me sonaba los mocos incesantemente.

Y entonces, dos meses después, llega el día.

Jueves, 9 de noviembre. 22:00 pm.

El timbre suena. Es ella, tan arreglada, tan guapa. Con ese escote que quita el sentido, una falda, leotardos, botas y una mochila de dinosaurios en las que se suponía que llevaría todo lo imprescindible para los casi cuatro días que íbamos a pasar fuera de casa. Una sonrisa infinita en la que me quedaría a vivir sin dudarlo y los labios rojos como su jersey.

Como el avión salía a las 6 de la mañana, nuestra amiga María nos recogería sobre las 2:30 para llevarnos al aeropuerto de Málaga. No tenía ningún sentido que nosotras, que vivimos literalmente a dos minutos, quedásemos tan tarde, así que cenamos juntas y luego hicimos tiempo descansando en el salón mientras hacíamos como que veíamos la tele, pero en verdad estábamos las dos pegando cabezazos.

Suena el móvil, es María avisándonos de que ya están abajo. Rober, su novio, también viene.

Qué satisfactorio es ver que personas a las que quieres tienen relaciones sentimentales sanas, ¿verdad?

Ellos con una cara de sueño monumental y nosotras al borde de la hiperactividad.

Llegamos al aeropuerto de Málaga; estaba poco transitado, y eran muchos más los reencuentros que las despedidas.

Para Mj era su primer vuelo en avión, y todavía no sé a quién le hizo más ilusión vivir ese momento, si a ella o a mí por el mero hecho de poder compartirlo con ella. Pasamos el control.

Yo llevaba zapatillas de tela y no me las tuve que quitar, pero ella llevaba botas y sí tuvo que hacerlo.

Estoy guardando mis cosas de nuevo en la mochila cuando me giro y la veo con esos patucos ridículos azules de papel que te dan, y con su falda, sus leotardos y su escote.

Rompí en una carcajada que llamó la atención de los que estaban a nuestro alrededor.

Lo peor, es que hasta así, con esas pintas, estaba guapa.

No había empezado el viaje y ya habíamos patrocinado el primer ataque de risa de tantos que estarían por llegar.

No podía parar de reír, ni ella al verme a mí. Tampoco podían hacerlo quienes nos miraban a ambas, que fueron bastantes personas.

- “Tengo que empezar a asumir que vamos a dar siempre la nota, estemos donde estemos, queramos o no”-, pensé.

El vuelo, de 1:15 h de duración, lo empezamos de la mano y lo terminamos con el cuello casi partido, yo apoyada en la ventana y ella en su propia mano.

- Viernes: primer día.

Barcelona nos recibió con un cielo rosa fucsia precioso, intenso, acogedor y algo expectante también.

Teníamos que hacer tiempo hasta poder entrar al apartamento, así que nos sentamos en el primer sitio que vimos a desayunar.

Yo tomé una flauta enana de fuet y ella una de tortilla francesa. Café para mí, Cacaolat para ella.

Un 5 en una escala del 1 al 10.

No se podía esperar más de un sitio que está en mitad de Plaza Catalunya y cuya clientela es principalmente turista extranjera.

Sobre las 10:30 nos cogimos el tren hacia la estación de la Floresta, tal y como Ana, la dueña del apartamento, nos había indicado. Allí estaría ella para recogernos con el coche y llevarnos a casa.

La Floresta es una pedanía de Sant Cugat, en mitad de la sierra de Collserola. Un sitio con un encanto especial, repleto de cuestas y de perros asomados por las verjas de las casas.

Llegamos con tiempo de sobra como para sentarnos en uno de los dos bares que hay en la mini plaza del pueblo a tomar un segundo desayuno: esta vez, croissant de mantequilla y café. Muy rico.

Quién me conoce sabe que pocas cosas hay en este mundo que me gusten más que sentarme en un sitio desconocido a observar a gente desconocida.

Y esa plaza da para mucho: la señora mayor con anillos de oro en sus manos que habla con la chica que va descalza, el argentino canoso que vende plata, el chico que, pitillo en mano y rayo de sol en la cara, dibuja sobre un caballete.

Perro número uno, perro número 2, perro número 30. Todo el rato perros, ¡qué fantasía!

Olor a marihuana, olor a café, olor a chimenea, olor a croissant.
Personas que, aparentemente, no tienen nada que ver entre ellas, pero que, en realidad, lo tienen todo; las ganas de vivir lejos de la ciudad, de respirar aire puro, de respetar y ser respetado, de ser feliz y dejar a los demás serlo.

Llega la hora de encontrarnos con Ana. Ana es mexicana afincada en Sant Cugat desde hace unos 15 años, aunque su acento se mantiene intacto.

No nos dijo a qué se dedicaba (tampoco nosotras le preguntamos), pero su coche, su ropa y su casa nos chivaron que mal del todo no le va. La gran mayoría de las casas de la Floresta son enormes, todas diferentes, y están rodeadas de vegetación, predominando el color amarillo y el rojo en esta época.

La de Ana es una de dos plantas de la que ella ha hecho dos viviendas independientes, donde vive ella, arriba, y la que tiene como alojamiento turístico, abajo. Apartamento pequeño, pero con todo lo necesario, aunque en el anuncio ponía que había una cama de 1,60 y la realidad es que eran dos colchones de 80 juntos cuyo grosor os prometo que no superarían los 25 centímetros.

El baño precioso, eso sí, como de diseño. Polvo también había para poner un puesto, la verdad.

Pero con una terraza con unas vistas capaz de curar cualquier mal, en la que lo único que vas a escuchar es a muchos tipos distintos de pájaros cantar y, si tienes la mala suerte que tuvimos nosotras de pillar al vecino en obras, algún que otro martillazo lejano.

Comimos algo y nos echamos a dormir, lo necesitábamos.

Yo llevaba desde las 8 de la mañana del día anterior en pie. Sobre las 18 teníamos que salir del apartamento para ir con tiempo al concierto, cuya apertura de puertas era en el Palau Sant Jordi a las 19. Qué inmensamente grande todo: los pasos de peatones, las avenidas, las estaciones de metro, los vagones, los trayectos.

Y qué bonito, cuánta magia.

Vivimos un concierto inolvidable, rodeadas de 18.000 personas, todas cantando al unísono.

Nos emocionamos, nos reímos hasta llorar, interactuamos con todo el que se ponía a nuestro lado; pagamos 7 euros por un bocadillo frio y 4 por una botella de agua, conocimos a dos chicas, una de ellas de Guadix, y antes de irnos de vuelta a casa nos comimos un McDonald`s con la otra.

Todo fluía mucho, constantemente.

No podía evitar pensar que quizás resulta que sí, que atraemos lo que somos.

Nos cogimos el tren de vuelta a casa y le hicimos el amor a la bazofia de cama.

No me moví ni una sola vez.

Mj casi que tampoco, a excepción del espasmo gigante que le dio que fusionó a patada voladora y que acabó en mi espinilla. Estoy segura de que estaba soñando que jugaba al futbol y marcaba un gol.

- Sábado: segundo día.

A las 9, como buenas viajeras, estábamos en pie.

El plan era ir a desayunar a la cafetería del día anterior y cogernos un tren para ir a Barcelona y visitar algunos de esos sitios que teníamos en la lista de cosas imprescindibles que ver.

Justo estábamos llegando a la cafetería y buscando con la mirada una mesa cuando la camarera se asoma por la ventana y grita: ¿Alguien quiere pollo braseado para su perro?

Fue uno de esos momentos, supuestamente efímeros e insignificantes, que me hizo volver a reparar en la cantidad de cosas bonitas que pasan cada día, a cada instante, cerca nuestra.

En el peso que pueden llegar a tener si realmente te detienes en ellas.

Yo sabía que en la mochila de Mj no podía caber todo lo necesario para cuatro días, que algo se le tenía que haber olvidado. O eso, o que simplemente había decidido prescindir de cosas que ella considerara que no iba a necesitar.

¿Sabéis que fue lo primero que hicimos cuando llegamos al centro? Ir a Primark a por unos vaqueros y unos leggins porque sólo se había llevado faldas.

Eso sí, el edificio es precioso, nada que ver con el Nevada.

Menos mal que me conoce como si me hubiese parido y se encargó de hacer la compra rápido. Me iba a dar un soponcio.

¿De verdad todas esas personas que había allí, que eran cientos y cientos, y que hacían cola hasta para entrar, no tenían otro momento para ir a comprar? ¿U otra tienda? ¿De verdad necesitaban tanto esa prenda de ropa como para querer prestarte a eso?

Vale, me callo. Nosotras no tuvimos más remedio.

Después, Google Maps en mano todo el tiempo, anduvimos por el barrio de Gracia, fuimos a ver la Pedrera por fuera, la Catedral…

Nos perdimos mil veces y disfrutamos mil y una de hacerlo.

Cuando dudábamos de si estábamos en la dirección de metro correcta, preguntábamos al primero que viésemos.

Una de estas veces, estando en la estación a punto de cogernos el metro, nos asaltó la duda: ¿seguro que es en este lado?

Vimos un punto de información y para allá que fuimos.

El señor que nos atendió, un cubano súper educado, nos identificó el acento andaluz nada más abrir la boca.
- Vosotras sois andaluzas y estáis aquí de visita, ¿no?- nos preguntó.
- Sí, somos de Granada. Estuvimos ayer de concierto y ya aprovechamos y nos quedamos hasta el lunes.
- Vais a volver. Hay algún motivo de peso que va a hacer que volváis a Barcelona, ambas. Juntas. Y no va a ser un concierto. Guardaos esto que os digo.

Se hizo el silencio durante unos segundos, me miró y me dijo: tú tienes algo muy fuerte ahí dentro, tu sensibilidad.

Y se quedó más ancho que pancho mientras a nosotras nos iba a estallar la cabeza.

Nos lo dijo muy tranquilo, muy seguro de lo que decía. Sin esperar respuesta por nuestra parte.

Me llega a nombrar cualquier otro adjetivo y, bueno, igual no me hace pensar tanto, pero sensible... que si algo soy en esta vida es eso…

Bien entrada la tarde, y después de unos cuantos kilómetros andados, nos volvimos a casa.

El viaje en tren más divertido que recuerdo hasta el momento.

Nos sentamos al lado de una señora y Pirata, su perro, con más modales que cualquier humano.

Nos contó que su hija, que ya tenía veintitantos, no había conseguido nunca que tuvieran un perro en casa. Nunca hasta ahora. Y que había puesto a toda la familia y a la vida en casa patas arriba.

Nos contaba cuánto bien les había hecho su perro con un amor que le rebosaba. Lo miraba como miro yo a los míos y los eché de menos muchísimo. En realidad, los echo de menos desde el momento que se los lleva Pepe para quedárselos dos semanas hasta que vuelven a estar aquí. Vamos, que los echo de menos todo el rato.

Perdón por el inciso. Sigo.

Pocas paradas después de la nuestra se montaron dos hombres de cincuenta y pocos; iban bebidos, pero bebidos guay, como ojalá fuera todo el mundo cuando bebe más de la cuenta.

Se encontraron con dos chavales que fueron alumnos suyos y ¡madre mía la que les dieron!

Ambos tenían un humor bastante inteligente ante el que era imposible no reparar. Además, estábamos codo con codo.

Hablaban y nos miraban buscando nuestra sonrisa. Se bajaron donde nosotras y nos preguntaron si necesitábamos algo.

Dijimos que no, cuando en realidad necesitábamos ubicarnos más que el comer.

Resulta que llevábamos día y medio subiendo muchísimas cuestas innecesarias, todas muy empinadas. Nada de “cuestecillas”, no, no. Cuestas de las que llegas a andar para atrás porque tu mente cree que así se te hace más liviano.

La cobertura a veces se perdía y el maps iba con retraso, eso unas veces. Otras, a mi amiga se le ocurría un camino alternativo para evitar esas cuestas que en realidad NO EXISTÍAN EN NUESTRA TRAYECTORIA y acabábamos subiendo 20 minutos de pendiente gratis.

No fue hasta el último día, y esto no me honra, pero tampoco me avergüenza, que nos dimos cuenta de que nuestro camino era prácticamente llano, y que se hacía en 7 minutos y no en 17.

Todo esto nos ha hecho reír hasta caer al suelo, literalmente. Concluido el sábado, nos dimos una ducha caliente y nos fuimos a dormir sobre las 23.

- Tercer día: domingo

Amanecemos con doscientas contracturas, pero felices.

Todo está saliendo mejor de lo planeado.

De nuevo, desayuno en la Floresta y a Barcelona a seguir viendo cosas.

Ya va oliendo a final.

Visitamos el barrio gótico y sus alrededores. Me fascinó. También la Sagrada Familia (qué locura arquitectónica) y la Rambla.

Conforme puse un pie en La Rambla se me cogió un pellizco en el estómago que me acompañó un buen rato. No lo disfruté, no podía parar de pensar en el atentado.

Al medio día nos cogimos un tren (leído así parece que nos pasábamos el día viajando, pero eran trayectos de unos 18 minutos) y fuimos a Sant Cugat a comernos una milanesa en un sitio argentino que tenía muy buenas reseñas.

Las dos somos amantes del buen comer y lo disfrutamos muchísimo. Estaba pá’morirse de rico.

Teníamos cansancio acumulado y decidimos irnos a casa sobre las 18, pero una vez allí pensamos que, ya que no íbamos a volver hasta dentro de mucho, y descansar ya descansaríamos en casa, por qué no íbamos a la otra parte de Sant Cugat, la bonita, a visitarla y cenar allí.

No sé cómo lo hicimos que entramos a la estación por una puerta que no habíamos visto antes, y que nos llevaba directas al andén.

Una vez allí nos dimos cuenta de que no habíamos tenido que picar el billete, pero tampoco vimos ninguna máquina donde hacerlo.

Total, de esto que cuando quieres darte cuenta tienes el tren delante y dices: bah, me subo.

Sin pensar, claro, que no podía ser tan fácil.

Al bajarnos quisimos buscar una salida como la entrada que habíamos descubierto en la otra estación, con salida directa a la calle.
Negativo. 10 minutos buscando y nada.

Había poca gente.

Mientras hablábamos qué hacer, una familia inglesa que ya había salido se percató de nuestro problema y el chico nos dijo que le pidiésemos al próximo que fuese a salir que nos dejase salir pegados a ellos.

Le dimos las gracias por el consejo y se fueron.

En 3 o 4 minutos, no pasó nadie, era domingo, y una estación poco transitada.

De repente, el chico extranjero y su familia vuelven a aparecer.

Se habían ido intranquilos por si no podíamos salir y volvieron solo para comprarnos un billete, picarnos y que pudiésemos salir.

Llevé a cabo la declaración más grande de amor que he hecho en mi vida, encima en inglés.

Nos abrazamos a él como si no hubiera un mañana y le estuvimos dando las gracias hasta que desapareció de nuestro campo de visión.

Vaya lección de humanidad.

Te queremos, tronco. Seguimos haciéndolo.

Nos dimos un paseo para liberar tensiones, comimos algo y nos volvimos a casa, esta vez sí, por la puerta correcta.

Ya era hora de ir sacando la ropa del armario y guardándola en la maleta, de mirar las mil fotos que habíamos echado y empezar a desechar las que no valían, de decir adiós a una ciudad que nos dio mucho en muy poco.

- Cuarto y último día: lunes

El despertador sonó a las 8. El de Mj, porque la noche de antes me obligó a quitar el mío porque dice que se asusta.

Como son las cosas que resulta que su melodía es la misma que la mía y era un dato que ella había pasado por alto; ¿es para amarla, o no?

Nos fuimos a la que era ya nuestra cafetería a tomar el último desayuno, al menos de ese viaje.

Esa mañana nuestro único plan era hacer tiempo hasta las 16 que tuviésemos que irnos al aeropuerto.

Dejamos las mochilas en unas consignas y nos fuimos a pasear y a visitar el mercado de la Boquería. Qué rico todo, pero qué caro también.

Ya no nos reíamos como el primer día. De repente, una nostalgia extraña me visita. La sensación de que no me quiero ir, pero quiero volver cuanto antes.

Llega la hora de irnos al aeropuerto. Esta vez no hay patucos.

Nos pusimos en la cola de embarque y un trabajador de la aerolínea con la que volábamos se paseó entre los viajeros mirando el tamaño de las mochilas, cosa que no hicieron a la ida.

Tal y como denotaban sus andares, el chaval, que no superaría los 23 años de edad, era bastante chulo y pedante.

Me miró la mochila y rotundamente me dijo: esa mochila supera el peso y las medidas. Vas a tener que facturarla. Ve y pruébala allí (me señala la estructura típica que hay en todos los aeropuertos para que metas la maleta y compruebes si cumple con las medidas establecidas).

Le dije que donde tenía que caber era debajo del asiento, tal y como ponía en el billete, y que le aseguraba que cabía.

Bajo su insistencia, y con mi agobio haciéndose cada vez más notorio, fui a comprobarlo.

No cabía.

Volví a mi puesto en la cola, con toda la expectación alrededor que se suele crear en esos momentos, y la mujer que había a nuestro lado me dijo que no me agobiara, que abriera la mochila y repartiera cosas.

El chaval que había al lado me dijo que él llevaba una bolsa, la del duty free, prácticamente vacía, que le diera las zapatillas.

Dos completos desconocidos me dieron la tranquilidad y la solución que yo sola no hubiese podido encontrar.

Volví de nuevo a probar si cabía y: ¡et voilá! Cabía.

Le guiñé un ojo al trabajador pedante y volví a la cola a abrazarlos riéndome muy alto.

Si no llega a ser por ellos, la broma de la mochila me hubiera costado 70 eurazos.

Laura y Rafa, que así se llaman, sumaron una más a la lista de lecciones de humanidad de este viaje.

Gracias, de corazón, que es donde os voy a llevar siempre. Os recuerdo y sonrío mucho.

Cuando creíamos que ya no nos podía pasar nada más, que nuestro sentido del ridículo se había quedado en Barcelona, llega el momento de montarnos en el avión.

Esta vez no volaríamos juntas, aunque sí muy cerca.

Una llevaba el asiento 26B y la otra 28E. O al revés, nunca lo tuve muy claro.

Tanto es así que le dije a Mj que su asiento era uno que en realidad era de una china muy graciosa y entrañable.

Y como nosotras de todo tenemos que hacer un show, cuando quisimos darnos cuenta teníamos a medio avión riéndose con nosotras y a un caballero diciéndonos que le habíamos alegrado el viaje.

Gracias, Barcelona.

Por tu magia, tu gente, tu ocultismo tan sumamente bello.

Por todo el pasado que regalas y todo el futuro que brindas.

Por dejarnos ser feliz entre tus calles, sintiéndolas nuestras.

Por quedarte un trocito de mí y darme uno de ti.

Por tu belleza infinita, la literal y la metafórica.

Por cada par de ojos en los que me he detenido y también por los que lo han hecho en mí.

Gracias, Mj, cari, hrmnk, nena, vida.

Escribir esta columna ha sido volver a ir contigo a Barcelona, de la mano.

Viajar contigo esta primera vez ha sido la confirmación de que quiero que lo hagamos muchas veces más, hasta que seamos viejas, sin tener en cuenta que yo siempre lo seré 10 años más que tú.

Qué fácil es todo contigo, cómo disfruto la vida a tu lado.

Cómo disfruto vivirte.

¡Te adoro!