Alardes de ignorancia

Feijóo habló con Ayuso y el resto de 'barones' del PP antes de urgir este lunes a Casado a tomar una "última decisión"
Nuñez Feijoo e Isabel Díaz Ayuso en un acto institucional | Foto: Archivo
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Asistimos en los últimos tiempos a una situación paradójica entre alabanzas al conocimiento y el alarde de la ignorancia. Hemos elogiado en noticias, artículos de opinión, debates, y en nuestras conversaciones cotidianas, los avances de la ciencia en relación, por ejemplo, con las vacunas contra la COVID19. El reconocimiento hacia los científicos y el personal sanitario fue palpable en su momento, llegando a convertirlos en auténticos héroes. Aunque esa gratitud no se haya traducido, en tantos casos, en mejorar sus condiciones de trabajo o reforzar el sistema público sanitario.

También en Granada la importancia de la ciencia, ligada por ejemplo a la inteligencia artificial, está ocupando informaciones y conversaciones, gracias a la apuesta que la Universidad y las instituciones locales y provinciales están haciendo para situar a nuestra ciudad y nuestra provincia en la senda de un desarrollo en clave de futuro. Es decir, el basado en el conocimiento.

Tras todos todos esos avances hay años de investigación callada y serena, de trabajo de largo recorrido, de reflexión, innovación, creatividad, de contraste de pareceres, y de gran altura de miras por parte de investigadores e investigadoras y de la institución universitaria que los respalda.

Pero, al tiempo, se producen declaraciones, que ocupan muchas horas en los medios de comunicación y se introducen en nuestra vida diaria, en las que se maneja con total soltura la ignorancia. En ellas se frivoliza sobre el conocimiento consolidado y se desprecia con ello la investigación y a las personas que la realizan. Es preocupante que lo hagan ciertas organizaciones y personas individuales, pero lo es aún más cuando ese alarde procede de algunos dirigentes que debieran ser exquisitos en sus declaraciones y valoraciones.

Sirvan de ejemplo las recientes declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid en las que afirmaba que “la emergencia climática responde a una gran estafa”, tildando el ecologismo de ideología totalitaria. De poco han servido en este caso los miles de artículos, libros, informes de personas expertas de todo el planeta, ni los análisis y recomendaciones de organismos internacionales. El cambio climático es uno de los problemas más debatidos por la comunidad científica internacional en la actualidad, y lugar común de nuestras conversaciones y preocupaciones ante las evidencias que ya sufrimos en nuestro día a día.

No menos perplejidad me produjeron las palabras de Nuñez Feijoo a la hora de definir como “pelea de abuelos” el golpe de estado de Franco, la guerra de España y la posterior dictadura. La frivolización de hechos tan dramáticos, que costaron vidas, exilio, dolor, y sumieron a nuestro país en una profunda miseria económica e intelectual, han causado estupor y repulsa. ¿Acaso desconoce los miles de libros y artículos escritos por historiadores españoles y extranjeros sobre esos años de nuestra historia? Reducir a “una pelea de abuelos” esas terribles décadas, para criticar la ley de Memoria democrática, va más allá del manejo de la ignorancia para obtener una supuesta ventaja política. Es un desprecio completo a las víctimas de aquellas décadas, pero también a los investigadores e investigadoras que llevan años trabajando para arrojar luz sobre un periodo de nuestra historia que intencionadamente se pretendió ocultar. No es un cuento de abuelos, es historia con mayúsculas, esa que necesitamos conocer para explicarnos nuestro presente y evitar la repetición de episodios tan trágicos.

El alarde de la ignorancia forma parte de una estrategia a escala internacional- ahí están, entre otros, Trump y Bolsonaro- que tal vez consiga votos, pero tiene peligrosas consecuencias. La simplificación de las ideas, la descalificación del conocimiento o la reducción de la complejidad histórica y social a meras “historietas” fomentan un pensamiento acrítico, la desinformación de la ciudadanía y terminan por socavar la democracia. No olvidemos que muchos conflictos derivan, con frecuencia, de la intolerancia que se origina a partir de la ignorancia. Decía la filósofa María Zambrano en un texto sobre “la vocación del maestro” (1965) que toda ignorancia tiende a liberarse en agresividad. Ejemplos recientes tenemos. Huyamos de ese peligro.







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