Llanto por las virtudes y coplas por la caída de doña Susana

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Imagen Ilustrativa de Susana Díaz | Archivo GD
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Confieso que hasta el último momento sostuve que finalmente Susana Díaz no optaría a la secretaría general del PSOE. Me equivoqué claramente. Pensaba entonces que no había garantías de un resultado que la catapultase al liderazgo nacional del partido. Se intuía que el ‘golpe de Estado’ que en octubre descabezó a Pedro Sánchez había generado una corriente interna de simpatía en torno a la figura del defenestrado. Tal vez en su primer cálculo la presidenta de la Junta de Andalucía se veía entrando bajo palio y por aclamación general entre vítores de la militancia, madrileña calle Ferraz arriba, hasta el primer despacho de la planta noble de la sede socialista. Pero avanzado aquel otoño previo a la presentación de su candidatura ya se palpaba que las cosas no serían tan fáciles, hasta el punto que la presidenta de la Junta sopesó durante varias semanas la conveniencia o no de lanzarse a la batalla.

Lo hizo finalmente. Y en su decisión debió pesar el apoyo de los barones y los ‘pesos pesados’ que otrora hicieron del PSOE el partido preferido electoralmente por los españoles. “Ya no podía volverse atrás”, me decía un significado socialista granadino y ‘susanista’ confeso tras el ‘bofetón’ del domingo, evocando aquellas dudas de otoño en que, tras presentar candidatura, pensé que quizá la presidenta manejaba datos de imposible acceso para el común de los observadores. Nadie se apunta a una guerra si hay posibilidad de perderla.

Con esto no quiero decir que intuyese una derrota de la envergadura que marcaron las urnas el domingo. Pero que Díaz podía perder… eso lo sabía mucha gente. Imposible que ella no lo supiese. Se dejó llevar, sin duda, por una ambición política infinita pero -sobre todo, pienso- por el ‘carro de pelotilleros’ que acompaña a toda persona en el poder. Contra toda evidencia y desafiando la imagen que te devuelve el espejo, creo que a todos si cada día no menos de mil personas nos dijesen lo guapos que somos probablemente terminaríamos por creérnoslo.

A Susana Díaz debieron decirle los aduladores que la empujaron a esta aventura fallida que todo el ‘aparato’ del partido estaba engrasado a su favor. Pero en el PSOE ya se puede hablar de tradición: Borrell frente a Almunia, Zapatero frente a Bono… Días antes de primavera apareció por Granada el ex todopoderoso Alfonso Guerra. En la selva de micrófonos que se formó a su alrededor recuerdo haberle preguntado: “¿Es cierto que Susana Díaz es la candidata del ‘aparato’ y Pedro Sánchez el de la militancia?”. Escribo de memoria pero respondió esquivo, como estuvo en aquella ocasión ante los periodistas, y más o menos así: “Eso es una tontería y usted lo sabe”. A la vista de la diferencia menguante entre el número de avales recolectados y el de votos reales cosechados la jornada del domingo, parece que la tontería no era tanta…

Al PSOE andaluz le ha ido bien en las citas electorales autonómicas con Susana Díaz al frente, es cierto, si se mira la botella medio llena de una cifra superior a los votos del PP. Sí. Pero si se mira la botella medio vacía de cómo se encoge el número de votos cosechados elección tras elección el optimismo va menguando… Hay muchos socialistas que no lo han querido ver. Tampoco en el seno interno del PSOE -que yo sepa- se elevaron voces críticas con suficiente decibelio cuando en 2015 se enfrascó en aquella insensatez de disolver la Cámara regional y convocar elecciones anticipadas, tan solo por conveniencia personal y para colocarse en una posición vencedora de cara a su propio partido a dos meses de los comicios municipales. Ya aquel tiro le salió por la culata cuando la suma total de votos, aparte de una nueva reducción de apoyos, puso la política andaluza durante muchas semanas en vilo y al borde de una repetición electoral de la que -visto lo visto- el orgullo y autoestima de nuestra Doña Susana no sufrió merma.

Daba el reloj las once de la noche este pasado domingo y el espejo devolvió a la presidenta de la Junta la imagen de toda una cruda realidad. A mí en la desgracia ajena -por más que el damnificado se la haya labrado a pulso- me invade un sentimiento de tristeza infinita por el caído. En este caso, la caída. Y no ha hecho más que empezar.