El último de una estirpe en Granada

Felipe Luque, que conserva su tienda de hilados en el Realejo, mantiene una tradición familiar que se remonta a 1790

tienda Hilados Duque en El Barrio del Realejo en Granada
Felipe Luque en su tienda, ubicada en la calle Molinos del barrio granadino del Realejo | Fotos: Antonio L. Juárez
Guillermo OrtegaGuillermo Ortega
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Él no lo dice abiertamente, pero en el fondo sabe lo que es. A sus 58 años y sin descendencia, Felipe Luque Berruezo no oculta que, cuando se jubile y cierre la tienda que regenta en la calle Molinos, no quedará otra igual en Granada. Y lo que es aún más importante: nadie tomará el testigo de un negocio al que su familia se viene dedicando nada menos que desde 1790. Es el último de una estirpe.

Hay que remontarse muchísimo para hablar de la relación de Granada con los hilados. En tiempos de dominación musulmana, en el siglo IX, era, junto a Córdoba, el epicentro de la fabricación de hilo de seda. La tradición no acabó cuando llegaron los cristianos aunque, paulatinamente, la seda se fue sustituyendo por la lana.

Hubo un auténtico gremio de hilanderos, que tenían sus fábricas en la calle Solares, a dos pasos de Molinos. Allí se instalaron los antepasados de Felipe Luque y allí mantuvieron su negocio desde 1790 hasta 1964, cuando se trasladaron muy cerca del que ahora es el polideportivo Bola de Oro.

Ese espacio se vendió en 1995 y el hilandero, que hasta entonces había trabajado como técnico electrónico, montó la tienda de Molinos. No supuso problema el cambio de oficio. “Conocía esto porque desde niño había trabajado con las máquinas, el proceso del hilado no me era en absoluto ajeno”, comenta.

Desde entonces, el interior de la tienda no se ha retocado gran cosa. El mobiliario es austero (sillas y mesa de madera para el escritorio, suelo de terrazo), y la decoración casi brilla por su ausencia. La aportan las lanas, eso desde luego. Lana pura de oveja, que es de color crudo -“si te dicen que es blanca te engañan; esa es acrílica”, advierte- tintada de todos los colores del arco iris, que se acumula en las estanterías empaquetada en enormes ovillos. Un espectáculo para la vista.

El interior de la tienda es una sinfonía de colores y un espectáculo para la vista.

Es lo que más vende. También algodón, yute y acrílico para los pequeños ovillos. Esos son fundamentalmente los que compran los particulares que hacen punto, muñecos, tapices… Utilidades no faltan. Los más grandes, que el propietario compra directamente a las grandes fábricas “para ahorrarme intermediarios y gastos”, lo vende a su vez a tiendas de tejedores de toda España. “A un precio inigualable”, añade, no tanto por hacerse promoción como por orgullo. Se nota que lo tiene y no ha dudado en despreciar género que le ofrecían para despachar “porque no era de calidad y yo no me dedico a vender por vender sólo para ganar más dinero”.

Con lo que saca en esa combinación de venta al por mayor y para particulares le da, aunque desde luego las cosas no son como antes. “Mi padre llegó a hilar mil kilos de lana al día y se consumía todo en Granada”, afirma mientras señala a ese señor, que ahora tiene 87 años y, aunque está jubilado, raro es el día que no se pasa por el local para ver cómo va todo.

Aunque reconoce que en los últimos años ha habido un repunte de la artesanía y las manualidades, lamenta que sólo queden telares industriales en núcleos muy aislados (por ejemplo en La Alpujarra) y que apenas se enseñe el oficio “salvo en la Escuela de Arte, donde sí se hace”. Pero, por otra parte, sabe que esos artesanos tienen a su tienda como referente. “Me conocen, aunque sea del boca a boca entre unos y otros, y me compran género”, resalta.

Otro rincón del establecimiento.

Felipe Luque piensa en la retirada, es inevitable. Mientras tanto, se sigue llevando alegrías como la que le dio una turista asturiana que, camino de la Alhambra, vio desde el autobús la tienda y no dudó en bajarse. “Hacía tapices y no sólo me compró lana para ella, sino para un montón de amigos y compañeros de oficio a los que dio el toque a través de sus redes sociales. Fue un gran momento”, recuerda.

Y cuando llegue la jubilación, se retirará a su casa, que está al lado de la tienda, en un barrio, el del Realejo, donde “el comercio tradicional se ha ido perdiendo y ya nada más que ponen bares”. Quienes quieran lana pura de oveja a partir de entonces tendrán espacios en internet donde adquirirla. “Pero desde luego no al mismo precio que aquí”, recalca.

 

 





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