Esperando a Godot, la obra cumbre de Samuel Beckett, el viernes y el sábado en el Teatro Alhambra

Gabinete
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El estreno mundial de “Esperando a Godot” (París, 1953) coincidió con un momento histórico de absoluto desconcierto y soledad individual. Una terrible guerra acababa de aniquilar los sueños de creación libre. El hombre dudaba de su propia identidad y buscaba razones para seguir creyendo en sí mismo, ya que sólo así podría continuar con su existencia; esperando un futuro que debía llegar.

Estamos ante una obra desconcertante que nos habla de fragmentación, contradicción, incomunicación, destemporalización, desubicación... En medio de un espacio desolado –un cruce de caminos, con árbol enclenque incluido-,  dos vagabundos hundidos y sin presente, esperan... esperan... y esperan... a que llegue Godot. Pero nunca llega. Y lo más dramático es que durante ese tiempo de espera, en este “no espacio”, no ocurre nada... ¡aparentemente! Sólo repeticiones de las mismas situaciones, acciones y emociones.

Con estos elementos dramáticos, Beckett utiliza a sus personajes para explicarnos el significado de la vida moderna, con su tedio y su sin sentido. Y nos lo presenta en una obra tremendamente cómica.

Es aquí donde descubrimos nuestra mirada. Una mirada grotesca, surrealista, absurda, tierna y muy, muy viva. Nuestra propuesta arranca en nuestro presente. Venimos de un momento histórico de una gran actividad y creatividad.

Es como si hubiéramos vivido una colosal fiesta y de golpe despertamos al día siguiente y nos damos cuenta de que todo ha sido un sueño y la vida nos enfrenta, de nuevo, a nuestros miedos y a nuestro mezquino universo. Nuestro punto de partida es el momento en que se desmorona nuestra (irreal) realidad.

Es como la resaca del día después. Es el momento en que las melodías de la orquesta del Titánic acompañan a su hundimiento.

Nuestro “Circo Godot” ha sufrido una gran destrucción y las víctimas de la catástrofe son seres de pista, que se jugaban la vida haciendo reír a sus iguales, intentando alegrarles la existencia con sus músicas y sus entradas de payasos. Nos invitaban a ver la vida desde otro ángulo, donde el juego era su arma principal y su espontaneidad, fuente de creación. Sin embargo, ahora estos personajes se sitúan sobre la cuerda floja, para representar un acto lleno de concentración, equilibrio, riesgo y poesía-, sin renunciar a su esencia –el ser divertidos, absurdos y sorprendentes- guiados siempre por las palabras que Beckett ideó para estos “supervivientes”.